Vuelo final.



Aquí, saltando, desde la infinitesimal oquedad, un olor a rancio, de tu cuerpo y el mío, muertos aparejados, soñando con un silencio, que no se esparce, que no riega nuestra piel y sin embargo, constricto-decisivo, contagia al resto y su caminata, famélica-mente, siempre despierta a la fuerza, escuchando tecno-señales, mecanismos ovíparos, desde el infra-versal-dorso, de otros vacíos. Estos se conectan con la garganta de un tío podrido en Inglaterra, (a veces vivo) Y en cualquier punto-periodo, que haya gestado sonrisas y sonidos y de vez en cuando, algún movimiento, no necesariamente cariño, al estilo perra londinense… suena, Aunque tantos, repetidos, salten como furias perversas… al compás de sus llamados berrinches aguardentosos, vuelvo sin oír, a tu perfil, grueso, mudo, siniestra afilada maraña, de húmedos cabellos y ojos extasiados. Pálidos, inmensos, como la muerte que quisiera, y congratulándome, en el crepúsculo, vuelvo a montar la ligereza del gemido secreto, ese mohoso vehículo de huesos y músculos superpuestos y se repite, en cadena se repite la cuestión hasta el hartazgo, esa tenacidad ciega, que nos ponemos e imponemos, consumiendo cada celular vestigio de algo tierno, equivoca-mente, llamado así, nueva-mente- todo mente y por qué, no llana y simple-sin mente, repetidos, como tantos otros absurdos desarrapados, no somos sólo vivos, mendigos en la desembocadura de nuestra aberración, de nuestro íntimo claustro, sin olores, sin la tensura de tus garfios y las garrapatas del expreso a-Marte.

Autor: Daniel Rojas.


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