Marzo, 2008

Revistas Literarias: Tebaida y Extramuros.



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En esta oportunidad, semblanzas profundas busca hacer un recorrido pretérito por la producción poética y literaria del norte grande, con especial atención, a la gestada en nuestra región (Arica y Parinacota) a través de revistas y publicaciones comprendidas entre las décadas del sesenta y ochenta, con un marcado quiebre, producto del golpe militar. Las más emblemáticas, Tebaida y Extramuros; que con el tiempo se han convertido en un referente de culto, no sólo por su calidad textual y estética, sino también por lo complejo que es para los lectores e investigadores, conseguir información de ellas, sus protagonistas y las publicaciones físicamente.

Un arduo trabajo de recolección de los retazos históricos de nuestra poética nortina, me llevó a recorrer bibliotecas, tanto edificios de concreto como espacios virtuales, realizar entrevistas a gente vinculada académicamente a los gestores, y realizar fértiles diálogos con escritores locales que participaron y desfilaron por las páginas de estas cruzadas, que buscaron ante todo, soslayar el centralismo y la disgregación literaria del país, promoviendo lazos interculturales de amistad y talento, capaces de romper barreras locales e internacionales en pos de un sueño, el amor por las letras.

Pese al marcado sino trágico de toda publicación cultural, el financiamiento y la difusión, gracias a su presencia somos conocedores preferenciales del contexto y esplendor creativo, marcado en el caso de Tebaida, por el altruismo filosófico y la férrea amistad cual motor, para dar paso a un legado que hizo frente al llamado “apagón cultural” con vísceras y coraje. Extramuros fue capaz de crucificarse y sin miedo gritar que la sensibilidad lírica no puede taparse con un dedo. De forma tal que destallan en sus versos y párrafos, los primeros pasos de poetas y narradores, que más adelante brillarían independientes, por su oficio y obra.

Tebaida – Chile-Poesía.

En la década de los sesenta, se formula un movimiento nacional poético que confabula a favor de la creación, el crítico literario Iván Carrasco en su publicación Tendencias de la poesía chilena del siglo XX, señala “que los poetas al incorporarse en dispares condiciones a una escena literaria reconocida y admirada por su calidad, se enfrentan a figuras vigentes incluso vivas, a una crítica variada y a una investigación académica rigurosa” por ende surge un proceso heterogéneo, de gran riqueza poética que se tradujo en la organización de grupos literarios que tomaron contacto con sectores poblacionales y estudiantiles, con quienes compartieron su arte y conciencia de la situación contingente del país mediante recitales y diálogos con difusión primordial, a través de revistas literarias apoyadas por las universidades.

En puntos estratégicos, ciudades universitarias, surgen revistas especializadas que podríamos llamar hermanas, por la cercanía en sus génesis y la comunicación postrera que sostuvieron. Entre ellas se destacan TRILCE de Valdivia, que al alero de la Universidad Austral, tiene por fundadores en el año 63 a los poetas Omar Lara y Carlos Cortínez, ARÚSPICE de Concepción que permitió a escritores según el mismo Lara, desarrollar sus carreras literarias sin abandonar el hogar. En Santiago estuvo ORFEO, a cargo del poeta lárico Jorge Teillier y su amigo Jorge Vélez. Fundada en 1963, ORFEO tuvo un espíritu pluralista que buscaba estar al alcance de todo el mundo y desde luego, no hay que olvidar a nuestra atalaya del desierto “TEBAIDA de Arica”.

Con el apoyo de la Universidad de Chile con sede en la ciudad, se dio inicio a esta empresa fundada por un grupo de amigos encabezados por la calidad humana y profesional de Alicia Galaz Vivar , su legado incluye no sólo poesía sino estudios a nivel internacional. En la Universidad de Tarapacá hay excelentes tesis que fueron supervisadas por ella y una antología de Góngora, bibliografía indispensable incluso en España. Esta académica universitaria, abocada al área de literatura y autora de “Jaula Gruesa para el Animal Hembra" junto a su pareja Oliver Welden, poeta radicado hoy en Europa y ganador del premio nacional "Luís Tello" con su obra "Perro del amor", encargado en esa entonces del área de extensión de la casa de estudios fronteriza, dieron en la capital, las primeras pinceladas al proyecto, los acompañaba el “tipógrafo huraño” Miguel Morales Fuentes"" poeta que reside actualmente en Antofagasta. El nombre propuesto a la revista, hacia referencia a la antigua Tebas y buscaba ser una fortaleza de amistad, cuyo principal vehiculo era la poesía.

La idea no pudo concretarse en Santiago pero avanzo hacia el norte haciendo una escala en Antofagasta donde su sumaron grandes figuras del arte nacional, Don Andrés Sabella (autor de la novela Norte Grande), Luís Moreno Pozo, Guillermo Ross-Murray, Mario Bahamonde (autor de la Antología de la Poesía nortina) y el poeta visual Guillermo Deisler , completísimo artista y xilógrafo que estaría a cargo de ilustrar todas los números y completar el panorama creativo con sus publicaciones independientes, tituladas Ediciones Mimbre, las cuales fueron un trampolín de intercambio para muchos escritores de ese tiempo, difundidos a lo largo y ancho del continente. No hay que olvidar al Relacionador Público del grupo Victor Bianchi Gundián, trágicamente desaparecido en un accidente automovilístico y al cual dedicarían el primer número.

Editada por primera vez en 1968, Tebaida llega a Arica de la mano de esta legión de talentos. La profesora Alicia Galaz y su equipo son una red nortina con proyecciones australes y encuentran en este primaveral paraje al destacado escritor José Martínez Fernández cuya trayectoria habla por si misma, publica actualmente “Palabra escrita” y oficia como corresponsal del Morrocotudo. También se les une en la ciudad un joven creador, que en palabras de Arturo Volantines solía vestir de negro, escuchar más que hablar y poseer una fuerza interior y una poética aún por descubrir, Ariel Santibáñez . El trágico destino de este talento recuerda lo ocurrido con otros poetas latinoamericanos, el peruano Javier Heraud y el Salvadoreño Roque Dalton. Reunido el núcleo central, sus reuniones se llevan a cabo en lo que es hoy el campus Velásquez y desde el primer ejemplar, se conceptualiza y manifiesta la intención y espíritu que regirá a Tebaida en los nueve números que alcanzaron a publicar, los últimos, por la importante casa editora Nascimiento . Quedaron sin embargo en el tintero, casi listos, el décimo y onceavo, abortados por la ruptura constitucional y posterior dictadura.

Dentro de los logros de la publicación antes de su desintegración y diáspora, se cuentan giras por América, encuentros en Arica, con poetas Peruanos como Carlos Germán Belli, Alejandro Romualdo, Washington Delgado y Winston Orrillo, intercambios y diálogos con otras revistas de Chile y el mundo, lo cual conlleva la traducción de poetas norteamericanos como Hugh Fox y el francés Robert Guyon y la presencia de muchos autores destacados de nuestras letras nortinas, como Luís Araya Novoa, Alberto Carrizo, Héctor Cordero y a los que integran la llamada generación del sesenta, Gonzalo Millán, Waldo Rojas, Omar Lara, Oscar Hahn autor de esta Rosa Negra, también académico de la universidad de Chile, sede Arica hoy radicado en Norteamérica. Además, se presentan en sus páginas hitos de la poética nacional como la respuesta polémica de Gonzalo Rojas, a Nicanor Parra “Gracias y desgracias del antipoeta”,

Extramuros –Revista internacional de poesía.

ext
Durante la dictadura, estos grupos que surgieron y llevaron a cabo su actividad en ciudades universitarias, amparados por dichas instituciones, permitieron a los poetas nuevos, espacios públicos extendiendo el atiborrado canon de la poesía chilena más allá de los límites del feudo Santiaguino. Cumplieron una labor fundacional y dieron aires nuevos a la poesía Chilena. La pregunta que corresponde es ¿Qué pasó con esos grupos tras el 11 de septiembre de 1973?


El golpe de estado provocó dos cambios sustantivos en el panorama creativo, primeramente, se habló de «apagón cultural» producto de la represión, la censura y el control de la actividad de artistas y pensadores lo cual se maxificó, debido a la bifurcación de nuestras letras. Se señala una «poesía del exilio exterior» escrita por autores y militantes políticos expulsados de Chile y acogidos o apoyados en el extranjero, frente a una poesía de contingencia orientada a la resistencia dentro del país, llamada también «poesía del exilio interior» por la particular condición de vida de sus autores, contexto de producción y ámbito cultural e ideológico reducido.

En este panorama de disgregación, surge diez años después del fin de Tebaida, estamos hablando de los primeros años de la década de los ochenta, una nueva revista literaria en nuestra ciudad. La publicación, Extramuros revista internacional de poesía , es una voz que contradice y se opone con fuerza a esa idea de silencio cultural. En ella se presentan autores del norte que integraron la desaparecida atalaya del desierto, los más jóvenes de Tebaida, serán los primeros de la generación siguiente: José Martínez Fernández y Héctor Cordero. Junto a ellos, nuevos valores comienzan a destacarse siendo hoy prominentes figuras nacionales. Componen esta promoción la de los ochenta, Mayo Muñoz (autor de poetas en dictadura) Arturo Volantines (gran impulsor de la labor creativa del norte, autor de "Lo que la tierra echa a volar en pájaros" y ganador de numerosos premios literarios), Guillermo Ross Murray (Iquique) Florencio Faundez, Toño Cadima, Walter Rojas, Ivan Villalobos, Priscilla Marikovic y los escritores Jorge Paniagua y Ramón Seguel Vorpahl encargados de la parte narrativa y la crítica literaria.

Además de la poesía de estos escritores emergentes, hoy consagrados, hay reseñas a la carrera de indispensables poetas nacionales como Pablo de Rokha y la novelista Isabel Allende, que daba sus primeros pasos con la casa de los siete espejos (1975) y La casa de los espíritus (1982) Se presentan revisiones a clásicos como Oscar Wilde y las ilustraciones de portadas estuvieron a cargo de Doris Seura y Mayo Muñoz. Extramuros alcanzó un periodo de publicación de tres años aproximadamente, logrando diez números.

El poeta Carlos Amador Marchant nacido en Iquique y autor de los libros poéticos “Pisando Tierra” 1977; y “Galpón de Redes Marinas 1979 (Premio Nacional de poesía Universidad del Norte de Antofagasta) fue quien presidio a este grupo y oficiaba como coordinador de la obra de difusión poética. CAM Publica también por esos años, gracias a la editorial de la Universidad de Tarapacá "Después de mi Casa” La misma institución será la dirección postal de la revista. Extramuros sostendrá en su periodo de vida, conversaciones epistolares, de apoyo y colaboración, con más de trescientas revistas y autores de todo Chile y el mundo (España, Argentina, Venezuela, México y Francia). Marchant y sus amigos poetas llevaron esta labor de forma desinteresada con el afán primordial de no dejar morir el arte y las letras en la puerta norte de nuestro país, muchas veces a costo de su propia seguridad y sin miedo a dar la cara.

Considero luego de esta ardua revisión, en mi calidad de profesor de Literatura, escritor e investigador literario afincado en Arica, que es indispensable apoyar y fomentar estudios y proyectos que pongan especial atención a nuestro contexto de producción presente y pasado. Estudios y publicaciones, abocadas a la forja de una identidad cultural y social sin escamoteos y perspectivas centralizadas que ignoran la labor pretérita y actual pues tal como demuestran los hechos, la presencia de revistas y grupos como Tebaida y Extramuros, continua vigente a través de los autores de este periodo (Marchant, Morales Fuentes, Martínez Fernández, Volantines) hoy consagrados alrededor de Chile y el mundo y muchos con fuerte presencia cultural en Arica, tal es el caso de colectivos fecundos como Rapsodas Fundacionales , SECh Arica , M.A.L y los que operan de forma independiente y en proceso de maduración, tal es el interés de quien les habla y su grupo Clepsidra . Como autor joven y a cargo de talleres y publicaciones literarias, me sumo con humildad a muchos más que siguen escribiendo la historia literaria de esta parte de Chile y el mundo.

Autor: Daniel Rojas Pachas.

Insensatez.


Ese soy - lo que no es, fijo virus y rodaja, sorbiendo la pulpa, tungsteno amargo que besa con inmensa gracia pasiva, titilando en balance y esnifada la mortaja, prefiguran y presiento, quién será el guardián de sueños. Porfían y consiento, la fantasmagórica pretensión, ese mapa de jadeos y perjuraciones, callado, duro y mintiendo, cobro la matriz de nuestro acabose, fin de todas las miradas y tiempos globales, santidad de niño que juega con madera, el canto y pájaro estribillo, en su mano baila, confundida la sordera del fuego y en cuerda floja se debate la conversión de estos pies al hilo, campos en detrimento del ruido, campos en que se concentra el hielo. Apagado de pasiones, también prueba, también grita y en éxtasis gime mi esfera, gime tu nombre indefenso y castrador y consigue, consumido en el dulce estelar, detritus de todos los rincones, la cosmográfica oposición al hurto, extremidad al fondo del cordón satelital, cordón de esta dama de la que ya te hable y que es lo que no es y como yo, que tampoco quiero saber, rompe en cascadas vagas y ciertas percusiones, ruidos y lamentos que además lloran y ríen y vuelven a conjurar el rito oscuro, necesario, amado y perdido del no conocer.




Autor: Daniel Rojas Pachas.


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Relaxo-Visión 8 - la imagen del día.




Wilfredo Lam.
(Cuba, 1902-1982)

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Autorretrato.


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Reflejos de Dhambala


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La espada de Kiriwina



El cerdito - Juan Carlos Onetti.



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El cerdito Juan Carlos Onetti.



La señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín parduzco. Miró el reloj que le colgaba del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en los temporales de invierno.

Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de sus aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras; ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no trascurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán de nieto. Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panques que envolvían dulce de membrillo.

Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada, la anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes y sin aumentar su fuerza. Por fin, por que había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepados los escalones. Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; para aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando el nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimientos de las manos.

Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de su cocina.
Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio: -Dale otro golpe. Por si las dudas.

Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno a su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra y desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.



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Recordando al Poeta Visual: Guillermo Deisler (1940-1995)

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Podemos señalar a Deisler como un precursor y motivador ferviente del arte y cultura, gran poeta visual, creador de imágenes, capaz de dar al lenguaje dimensiones cognoscitivas y emocionales, que van más allá de la mera significación


Guillermo Deisler, uno de los más interesantes artistas plásticos de Chile, nació en la Región Metropolitana el año 1940, ganó Medalla de Bronce en escultura, en el Salón Nacional de Bellas Artes de Santiago y poseen obras suyas en el Museo de Arte Contemporáneo. Logró además el reconocimiento internacional, siendo uno de los que, con mayor énfasis, puso a nuestro país en la escena del arte alternativo mundial. Fue expositor xilográfico en importantes capitales culturales latinoamericanas (La Habana, Buenos Aires, Lima.) Intercambio sus Ediciones Mimbre (1963) con el artista uruguayo Clemente Padin y otros destacados, argentinos y brasileños, adeptos a la vertiente visual de la poesía, posicionando la experimentación poética e interdiscursividad Chilena (cruce de géneros, en este caso, lirismo, pop art, publicidad, arquitectura y pintura) en un plano no conseguido antes y quizá no superado del todo aún.

Por ello no es de extrañar que su figura sea junto a otras honrosas excepciones nacionales como La Nueva Novela de Juan Luís Martínez, las obras "plásticas" de Eugenio Dittborn (Pinturas Aeropostales) y Sybil Brintrup (Vaca Mía), y El Archivo de Zonaglo de Gonzalo Millán, lo más destacado en dicho campo de la experimentación creativa.

Deisler, hoy en día, es recordado con respeto y cariño por muchos que trabajaron a su lado o conocieron su obra. En Europa es sumamente reconocido, su trabajo forma parte de numerosos estudios y colecciones. Se le rinden homenajes y exposiciones en museos de Francia y Alemania, lugares en que vivió tras el golpe de estado. Pues Deisler, como muchos, fue detenido y luego de un año, enviado al exilio, viviendo sucesivamente en Francia y Bulgaria, hasta establecerse finalmente en la ciudad de Halle (República Democrática Alemana) lugar en que falleció en 1995.

Hay que destacar además, que su vida profesional, genio y condición humana, no sólo deslumbró a la capital de nuestra larga y estrecha franja austral así como a importantes países del viejo mundo. En distintas épocas y con múltiples proyectos, estuvo íntimamente ligado a nuestro contexto, el norte chileno. Trabajó en la Universidad de Chile, sede Antofagasta como docente y director del Departamento de Artes Plásticas y Manuales. Y en un caso más cercano a nuestra ciudad frontera, el autor participó activamente junto al Consejo de Dirección de la Revista Tebaida . Labor que se enmarca dentro de la llamada época de oro de la poesía ariqueña . Esta publicación fue dirigida por Alicia Galaz, destacada poetisa, investigadora literaria y catedrática de la Universidad de Chile, Sede Arica y apareció por Nascimento, en la capital, entre 1968 y 1973. Aún hoy, sigue siendo una de las empresas literarias más destacadas y reconocidas del norte junto a otros empeños como Extramuros.

En Tebaida, participaron además Oliver Welden, Ariel Santibáñez y José Martínez Fernández. Por sus páginas desfilaron además muchos poetas chilenos y de otros países. Se destaca el poema de Gonzalo Rojas contra Nicanor Parra, la selección de poetas peruanos, norteamericanos y los nacionales: Lihn, Teillier, Waldo Rojas, Gonzalo Millán, Sergio Hernández, Omar Lara y prácticamente toda la generación del 60.

En definitiva, podemos señalar a Deisler como un precursor y ferviente motivador del arte y la cultura. Gran poeta visual, creador de imágenes capacitado para dar al lenguaje dimensiones cognoscitivas y emocionales que van más allá de la mera significación . Su trabajo implica una modificación activa en el campo de la lectura, la página se descompone y más allá de ser un simple soporte del texto, se recubre de diversas trayectorias, lo cual implica una ruptura provocativa a la linealidad y una invitación sublime a la polisemia y heteroglosia (multiplicidad de significados y discursos, respectivamente) Hay también en su obra, un desafío abierto al rol del lector. El cual debe abandonar la comodidad de mero ente repectivo en el circuito de la comunicación, para emprender decisivo el papel de co-creador, ante formas innovadoras que golpean su sensibilidad.

En cuanto a la temática, Deisler busca subvertir el código y gestar formas libres de expresión, se manifiesta esa desconfianza en el lenguaje y las estructuras previas y anquilosadas, que se ven como armas, imanes y vehículos panfletarios del poder. Visión que ha caracterizado a la filosofía y arte desde la mitad del siglo recién pasado. No debemos ver su obra entonces, como una simple ilusión, escapismo o capricho tendencioso, sino como una alternativa deconstruccionista y re-creadora de los elementos que ya conocemos pero que en clara rebeldía y compromiso, encauzan con original fervor y forma, la profundidad del dolor humano, el anhelo de paz, de renovación, de crítica a los absurdos en la historia y las promesas que siempre descansan en la memoria individual y colectiva como una utopía o genuina acción .

Componen la destacada obra de Guillermo Deisler: "GRRR", poesía visual, Santiago, 1969; "Antología de la Poesía Visiva en el Mundo", Universidad de Chile, Antofagasta, 1971; "Le Cerveux", Nouvelles Editions Polaires, París, 1975; "Packaging Poetry", poesía visual, edición de autor, Plovdiv, Bulgaria; "Make-up", poesía visual, Halle, 1987 y "Unlesbar & Sprachlos", poesía visual, Halle, 1990, edición de autor. Tambien entre 1987 y 1995 inicia el proyecto artístico colectivo de poesía visual y experimental UNI/vers(;) Peacedream-Project, edición que alcanza los 35 números con trabajos originales de artistas de todo el mundo.

Consideró indispensable contribuir a la difusión de la obra y memoria de un artista plástico completísimo: dibujante, grabador, diagramador y también impresor y editor. Por ello he incluido a la nota un video que humildemente edité, y que reúne material de este autor, de forma que el público pueda conocer la magnitud de su arte.

Autor: Daniel Rojas Pachas.


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Lihn - Porque escribí.




"PORQUE ESCRIBÍ"
ENRIQUE LIHN

Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.

Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendía la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.

Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
-¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria-.


Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces.
De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.

La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudaran
de mi existencia real
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.

En su origen el río es una veta de agua
-allí, por un momento, siquiera, en esa altura-
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.

Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso ha sta escribirlo,

porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.

Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.

Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.



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Pablo de Rokha.



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Suramérica

santo de plata viviendo en la electricidad geometría que se retuerce dirigiéndose con palomas sin índice originario en la aventura todavía silencio de banderas todavía luna tan luna del comercio hacia el hombre hacia el hombre todavía la esmeralda casada y el navío en carácter indemostrable todavía la lógica que tiene paredes con tunas sin embargo la casa estricta con los calendarios del radiotelegrama adiós es posible nunca se parece al huracán la violeta eléctrica camarita con ojos frondosos la nieve inútil entonces al taita choapinos del balneario ahora los peumos sinceros que se oponen al charlestón el urgente adolescente océano y whisky obscuro cara de llanto a la madera juro por los sueños cruzados arando filosofía de ferrocarriles elegantes arreando las yeguas desnudas soy como los telégrafos y lo mismo que las guitarras que se parecen al mar encima de lo antiguo sobrecogido paloma de luto del atardecer asfaltado estrellas con melena de episodios y adentro de las victrolas 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bicicleta estaba más nerviosa que el crepúsculo ahora se iba cayendo del alambre de la velocidad cuando yo la afirmé y la empujé con la mirada pegándole trancazos de espíritu afeitado de angustia en lagares sombreros maduros arriba de los pueblos techados de abejas cebolla del sexo tan redonda debajo del verano panza de vino con trigo es historia más arada que vientre de botella yo cosecho solitarias maquinarias literarias con zapallos oceánicos poniente de sauces mundiales mistela de tiempo color redondo color peludo llanto sin lengua panal lagar trigal todo lo rojo con cloroformo pero con ganados con graneros con pescados vino de cebada bien alegre vino de manzanas escuela de potros melena de choclos urgencia de toros sin cultura era la niña bonita como un automóvil caramba la olla panzuda de legumbres con barros morados u oxigenados güiras de maqui pial de raigun infantil como coco caramba atando buey asado caramba y todo el sol adentro de los higos cuadrados de miel oh bonito comparable a una laguna de tinta o a las bolas redondas de las vitrinas de los boticarios mugrientos gran mujer lechera nido de gallina es decir empolladora ulpo de harina grande tobillo de maleta de licores finos guitarra de ciriaco contreras tendida a orillas de los peromotos mojados avanza tu cesto de lechugas ahora entonces sol con loros redondos alegremente sin violetas corazón agua de porotos peumo del alma chamanto de los puñados americanos anca del cielo valiosa como un todo tallada en chile potrero de animales desnudos provincias de jesucristo tan andadas polcas de gallos que son cementerios tremendos postal del pariente pobre palmatorias de la familia sin catre dorado invierno de aceitunas y el domingo de los empleados públicos que es como los gramófonos demócrata del murciélago sin corbata ay la tristeza solterona a donde vamos a enterrar el horizonte cuando se clausuren los caminos además es el automóvil quinchado de teatinas el guaina de la manta trizada y los novillos que 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clandestino niña del año virgen a la manera de los teléfonos calzón de jersey con labios racimo de los besos pintados que parecen botellas de humo aguafuerte del obrero sin familia un dolor mercantil como de ciudades como planta que tuviese deudas o como recuerdo sin guaguas ahorcado lo mismo que casa de ladrones semejante a esas maletas tan cargadas de kilómetros comparable a la criada con espanto y a dios vendiendo la gran tierra soberbia historia de huesos son los palos de fósforos empinándose significa dinamita hoy pobre inútil y atornillado medallones de costumbres terreno con terremotos miedo del alma que ignora y que afirma sol exacto la vida afuera yo lo mismo ahora antaño antaño sombra en triángulos bueno palidez de palidez la luna parada mirándonos en el instante se presiente eso lo aquello matemático en geométrico coyuntura de ocasos con vidrios u ojo con muerto la soledad perentoria que se dirige a la letra u como el rocío al agua florida adentro la pulga morena produciendo los otoños a la manera del charqui asado con la melancolía aquella sí con la melancolía aquella tan nublada del hombre que cruzó llorando pitando viajando los pueblos siempre en el instante de lo amarillo más morado arma de fuego semejante a la carabina lluviosa en lo dramático a la ametralladora conmovida cerrada la cara cruzada tumba de guerrero pero asirio pero egipcio biblia del mar que es entonces plano y alto sin altura lo mismo que las plataformas y también la mano inmóvil del orador chalet muy feroz a cualquiera o auto blindado torre de peones de bronce y es la espada te espada no la espada que hace deslindes absolutos acuchillando lo imaginario en tajos idiotas como patadas tina de baño palmera del enero motociclista es la fruta urbana del tráfico y son las regaderas municipales es la goma lavada del comercio la que alegra las vidrieras del ánimo chorros de jardines sumados de mujeres violetas sin calzones agua de sexo de colegiala perdularia ropa interior de las novelas deporte del hombre enorme a aradura como todo el ruido se va para arriba la máquina astronómica sonando se añade a los regimientos o esas mujeres sanas y puras y a los asnos dormidos voy copiando a los brutos chúcaros esquivando las lazadas que enarbola el arreador de los treinta puñales parece que la mañana fuese a degollar a ese con las cuchillas tan filudas que anda trayendo y que el dios le ayuda con su actitud de criado no es un solo filo sólo quien nos rebanó ya las últimas tripas es la sierra esfera circular de los aserraderos la atmósfera deviene agua demasiado destilada demasiada agua hombre blanco claro parado liviano delgado chaqueta de hierro que es enormemente fragante antigua cama de novios lo que parece negro y es negro lo otro lo todo tan difuso horriblemente cruz actitud morada destacándose arriba del abajo perteneciendo no en suceder astronómico lo corriendo certidumbre de neblinas de aluminio sueño de lámpara la cosa que se sumerge desde siempre la máquina metafísica y la obscuridad ay la obscuridad soberbia de lo totalmente iluminado rigiendo las metáforas que son caminos que son sentidos que son estilos semejante a la electricidad con tanta alma plana la presencia ultravioleta que arrastra sacos de figuras indescriptibles como el olor del vidrio mijita estructura de mosaico o sea las rayas cruzadas de la geometría cuando son dados cuadrados alucinados algo que sucede a la espalda del cementerio un bulto variable pasado a química y muy lejos ahora demoroso como los zapallos giratorio como las dínamos pensamiento de vaselina redondo como los focos lo mismo que la palabra gozo pero con planos supuestos que devienen sucediéndose así es el huevo del aviador yo lo comparo en lo inminente en lo imposible efectivo o cuando ladrando los perros fraternales pareciendo abstracta la patagua que hay arriba aquello que abre las puertas abiertas partir la sandía buscando la sandía que está toda adentro toda afuera y no está trepidación de ferrocarril a mansalva no se oye en el entendimiento cuando se oye que llora inmóvil dios inusitado comparémoslo a muchas botellas a los palos parados de los teléfonos más artistas prolongándose en los espejos subterráneos y al alma frondosa y enronquecida del vino se encuentra en los extramuros de la distancia alrededor de lo desusado y lo preterido coronando cuentos de viejas con braseros con inviernos con causeos debajo de los ponchos acuosos parece que nadie conoce el huevo que pone el huevo que pone y vive adentro por eso de repente se derrama la tinta o sentimos que el ataúd nos saca la lengua carajo el alfalfal de los carros lecheros sobre la vereda aterrizan las damas listadas en las vitrinas del tenis y el hall de los papagayos americanos bulla de botones de dioses entonces contra la concha redonda a cada grito que pego le pongo un collar azul a una muchacha hip hip hurra a a ahora los pescados entusiasmados de sentirse muertos pescan la última luna con los ojos y se sumergen en la piscina de las risas vecinas del vecindario es el tomate rojo de la poesía quien brama lo mismo que los notarios satisfechos el sol en panne otoñal alumbra como la fruta madura los guardianes blancos llevan la aurora al cinto y un entusiasmo de cabrones inútilmente griegos hincha los pechos de los pinos honrados cada uno tiene un jarro de agua sí un jarro de agua y sonríe como un planeta bien vestido semejante a un rascacielos a un presidiario a una sardina yo ando cantando recamando contracantando con mis papeles subterráneos mis pantalones rojos mi sombrero amarillo mis alpargatas verdes y mi chaqueta transparente color dios y mi voz negra espesa como aguardiente de cadáver aquella nueva enferma tan rubia entre las sábanas de río que era lo mismo que las yeguas tordillas relinchando la infancia y los médicos rojos alumbrando la clínica politécnica entonces la enfermera-cloroformo llenando de llamas blancas mirando en actitud de dado de cacho el hospital vendado de heridas la asistencia pública partiendo los vidrios nublados sobrevinieron las neuralgias arrasando los veranos ahora las botellas color dolor más enfermas copretéritas agua de paico y heridas maduras son los carros de cosechas contentos como entierros de hombres jóvenes el membrillo de los aguaceros anticipados rodeada de vinos y quesos la señora está soberbia y profunda como un catre de bronce dormida en pupilas de heliotropo campana del aguacero toda de tonadas paridas o de albahacas tan aplastadas que deviene canto de pavo o de gallo afónico galopan las tías muertas en sus yeguas como eras arreboladas y los pueblos caídos del naranjo adentro el violín de la primera violeta cuando era virgen como la piedra soltera yo era valiente y alegre y venía enarbolando aquella gran verga de montañez confianzudo estaba más delicada que el celuloide tibio peleé a guantadas con el animal de madera y me acosté encima gritando lo mismo que los burros adentro del horizonte abierta la ponía en actitud de balcón sobre la uva y los choclos y era lo mismo que echar peumo al fuego y era lo mismo que entrar al corral de las ovejas con el sol en la mochila oh cuando dormimos entre los hinojos y las nieblas mimbreras agrupándonos como los carneros negros debajo de los astros gritados de pavos azules o le reventaba sandías contra la risa aconteció la luna rotunda de las entrañas poemas sin ríos florales aquello que se escribe solo alimento de humaredas lo monótono fonócromo cuando la lana lanada deviene solo fofo todo y sucede nada o polvo lloroso con termómetros así como cuando todo se empapelase con ceniza con pizarras almacén de huesos de pianos de muertos calvicie de eclipse más plana que la vocabla aplanatada soledad con centro abajo a mucha máquina girando pero viene luego la yegua gloriosa pero mal herrada se cae en lo mismo como las caídas dolorosa elipse giratoria en ese instante I sucede la niña morena toda tan desnuda y es como entrar al mar lloviendo algo así confusorio excesivo algo así disparado o como entrar a la montaña a caballo en un bastón de quillay florido yo salgo debajo de sus calzones de diamante como quien saca la cabeza del río con la alegría alborozada de los borrachos asoma a la hora del tranvía de azahares con mucho contento cuando hay una blancura más blanca que de costumbre herida de sol lunada como las bolas redondas de noche pantorrillas de transatlántico telas de melones adolescentes y agua guatita de naranjo y cabellera que extiende lenguas de sexo hasta aguas altas del pie que florece puñalito de apancora distinguida o insecto en la media obscura es alegre como la industria maderera y caliente como el ladrillo de las fábricas o lo mismo que asta de burro o lo mismo que las papas asadas al rescoldo entonces me revuelco en su belleza con esotra gran audacia de los cerdos chicha de maqui con zarzamoras por los sobacos y la resina embotellada del eucalipto entre medio de las piernas abiertas en actitud de alas más anchas y todo lo peludo que deviene cuando me acuesto el alma inútil encima del aroma ultramarino menea la caricia sus remeros de uniforme omnipotente pongo la noche lloviendo con lluvia alegre y negra en sus ojos totales distanciándola es la poesía geográfica del vagabundo alumbrada de colores negativos el terciopelo de miel oscura que define toda la presencia levantándola y se extiende como la eternidad en los muertos honestos y todos los puertos de su audacia con gallos parados arriba del horizonte cielo del atleta muy pintado de granjas en deporte volante de azogue desenrollándose en la llamarada de los pájaros con la cinta ruidosa y al mar el alba angosta siempre cabellos de bencina gritos de máquinas trágica-báquica son urbano con pasto segado el automóvil le lame las manos felices y cuando aboca la ciudad rebuznan los aeroplanos domésticos como el mar bien comido antigua mujer sin soledad notable no se dirigía a ella ni a ella entera sin embargo porque tenía ruido en el sexo y era lo mismo que las chirimoyas sostengo que se parecía a una palabra de espaldas a la lengua de los choros viciosos al público de las plazas preñadas de septiembre y a las potrancas americanas orino su memoria con respeto de animal encarcelado color guitarra color ciruela color tinaja voy a almorzar sobre tumba hecha de cueros de puñales imponentes zapallos de ceniza del continente tubos de pus acerbo atravesando el horizonte de chunchos y cuervos fatales pulmones de cementerio que son tambores de dioses podridos en ataúdes que se divierten a una altura más desenfrenada yo distingo yo formulo todavía no es bastante seguramente aun hay presencias que se defienden con espanto aúlla dios aportillado en lo subalterno enarbolando los métodos de la lágrima y el crujido de la vida nos torna sensibles como las maletas o como lo mismo afuera luz adentro reprochándose organizado rodaje de metales contradictorios atmósfera de taquígrafos con mucho apuro de morirse acaricio la máquina virgen con la gran plumera entonces cien dificultades me comprenden y yo domino la materia como los viejos notarios a todas las bolas afligido de toronjiles y de arrayanes cuotidianos todo merodea y lo contengo y lo deseo todo y todo me define contento desde la otra orilla que ley preside mi sistema desaforado emana un orden del desorden y las últimas velocidades son reposo por eso aprendo a manejar autos altos soy lo mismo que el corazón de todas la uvas nervios de planeta vegetariano tampoco vihuela de asesino sol pintado pintado pero que alumbra mucho a esta órbita de astro responde la naturaleza como al bramido de la eternidad la oscuridad de los toros nocturnos encima de ese ambiente electrificado acumulo abismos sobre abismos con intención de hombre alegre que defiende su alegría la españa embanderada de choapinos remontándose diucas con pueblos durmiendo olvidados en lo urbano cajas de fósforo de los inviernos anteriores un presente melancólico de malezas que son los vagabundos más vagabundos de la botánica lloviendo castañas felices ausencias de horno de tardes rurales letreros con romero predominando sobre los rascacielos y las cicutas y las ortigas del desengaño gran agua de culén gran agua contenta gran agua no manzanilla con nublados pero seca pancutra breva muerta llorando los ponchos orégano azul del lugar que es alegría arrugada apellido sin dentistas pocillo de aguardiente con cedrón y con limón de aguardiente que entristece la mujer limita el oriente con el poniente al poniente con el oriente y al sur con camas de agua madura huele a navío el calzón de la niña cerrada luna con sangre en el corpiño y la aorta exagerada del sol hinchado de rameras es un canasto de pan de cemento el corazón de las esposas y un establo de almas en alcurnia acodadas en las ventanas del crepúsculo todas las novias ahorcan gatos amarillos y el amor se parece a una camisa de fuego arroz con pimentón sí sí y patos joviales enrojeciendo las espadas ciudades de mujeres entreabiertas papagayos de anilina comiendo chirimoyas alegres y aromas inusitados torcazas de vino que son desnudos con ajos morados y perejil estridente es la canción nacional de la empanada pastoreando sus abejas encima de lagares filosofales que parecen panzas de santos felices oh potros sonoros tetas del gusto sin retórica que suceden huevos de águila eminentes el clavel partido que huele entonces a rajadura de vírgenes y la albahaca pisada tan manzana arriba las espuelas de bravura cuyo sable con pañuelos se remonta sobre el alma trazando la última cueca el beso es como el maqui maduro cuando han dormido las culebras en los macales deja la boca de las niñas teñidas de negro y el corazón como los pájaros a la hora preñada de las escopetas alma del pigüelo olorosa a aceitunas de mayo que son lo más íntimo que existe cielo de vaca con ojos obscuros de madres ese entusiasmo se parece a las papayas o a los renuevos de eucalipto y también a pajares incendiados barriga de manzano con nietos castaños jubilados y la patagua alimentada con guairabos duraznos anidados las higueras siriocaldeas sonando como grandes vientos tan cargadas de choroyes parlamentarios que devienen fiestas del dieciocho de septiembre y los toros besando la virginidad de las vaquillas nadie le conoce y anda adentro y afuera rodeándolo mirándolo buscándolo lo mismo pisándose la voluntad semejante a las ametralladoras que se suceden que se persiguen fuera del tiempo y a los matrimonios con muchos hijos a la fruta muy desnuda o muy profunda al agua cansada o al animal que asusta niños.


Escrito en 1927. Extraído de “Epopeya del fuego, antología” selección de Naín Nomez, editorial Universidad de Santiago, 1995.


Poeta Joven: Rodrigo Rojas Terán.



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En esta edición de semblanzas profundas, hemos procurado atender al llamado de la poesía y centrarnos en una promisoria y emergente figura de las letras locales y por que no decir, joven autor en vías de crecimiento, capaz de proyectarse a la cadena cultural del país.

Nacido en Arica en 1987, Rodrigo Rojas Terán, a su corta edad, se proyecta como un creador de oficio, su sensibilidad humanista y su amor por la lectura, lo han hecho un autodidacta especializado en la poética nacional, de preferencia, la línea de vanguardia, encabezada por La Mandrágora además de los herméticos pero bellos versos de Humberto Díaz Casanueva y Rosamel del Valle. La generación del 50, configurada por Teillier y Lihn, no escapan a su agudo ojo y la vertiente más experimental que coquetea con los códigos visuales y la performance deconstruccionista, también ha pasado por el filtro de su criterio, nutriéndolo como poeta.

Rodrigo, en una amena y distendida charla, me contó sobre sus primeros pasos, cursaba en ese entonces segundo medio, tendría alrededor de catorce o quince años y se aproximó de la mano de Neruda, encantado por el tópico del amor y la adolescente necesidad de expresarse, a lanzar unos primeros atisbos de lirismo. Casi como un juego, recuerda esos pasajes plagados de imágenes directas y lugares comunes. Con gran sencillez y apelando a lo más básico fue descubriendo el arte de crear mundos con el lenguaje, sin embargo, su inquietud era bullente y requería tan sólo una mano amiga, un sincero consejo o estimulo para crecer. En su búsqueda personal, hay dos hitos que el destacó y recuerda con cariño. El grupo Rapsodas encabezado por dos conocidos y destacados maestros y creadores de Arica, Don José Morales Salazar y Luís Araya Novoa, quienes lo acogieron como una segunda familia, ayudándolo a crecer y despuntar con confianza y disciplina. El segundo espacio, la biblioteca municipal. Como en un cuento Borgiano, este recinto del saber, se volvió el refugio e incubadora de su arte, allí pudo dialogar con voces y vidas imperecederas abriendo las puertas de la percepción como estipula el visionario ingles William Blake .

Gracias a esos dos caminos que confluyeron en un momento casi decisivo y podríamos decir crítico del desarrollo de una persona, pudo ir gestando una visión más amplia de la literatura y una vocación que lo lleva a afirmar tajante, que nuestro país tiene una deuda con sus creadores. Para él la poesía, sobre todo la nacional, que el deslinda en una edad de oro que va desde 1930 a 1970, significa la convergencia de hombres y mujeres que han podido captar con sus obras, mejor que nadie, la realidad existencial y profunda, de esta larga y delgada franja inmersa en un basto globo. Un paralelo mágico y fértil, que debe ser rescatado. Su frontera, simplemente la traza la negligencia y desidia, del que no quiere ver más allá de su intolerancia.

El arte no es para las elites, las puertas de la cultura y el arte, están abiertas para todo el que sincero quiere leer, aproximarse a la música y la pintura, señaló, para luego contarme que en el 2006, recordando sus comienzos, participó en las charlas poéticas entregadas a jóvenes en la D4. La idea era motivar a otros y transmitir la pasión por leer y escribir, ambas hacen de este mundo un lugar mejor, enriquecen nuestras vidas, recalcó.

Pensar de esta forma, sentir la poesía como una necesidad espiritual, le han dotado de una ética y estética personal, de manera que el mismo y su mundo, sea una construcción, un camino íntimo que va labrando a través del arte. El crecimiento no debe ser tan sólo intelectual o académico sino de preferencia, vital. Parafraseando a Jorge Teillier, entendemos que: “La poesía es la verdadera vida”, verdad que puede ser vivida en la tranquilidad de la aldea o en el bullicio de los bares, en la soledad de los bosques sureños o de los solitarios domingos urbanos 'mirando los últimos reflejos del sol en los vidrios'”.

A la fecha, paradojalmente, su vida se debate en dos faenas en apariencia contrapuestas, la sensible labor poética y la ruda vida del minero, empero, pese a su distancia imaginaria, ambos mundos se comunican por esa capacidad de captar y transformar la realidad. Su poética se ha nutrido de tales experiencias, de aquel mundo eriazo que en la camaradería provee de luz. Vida consagrada al cobre que el respeta pero en la cual no desea encasillarse, por ello se prepara para el ingreso a la universidad en el área de pedagogía y lenguaje, también vislumbra la participación en concursos, encuentros y recitales de poesía y ante todo a madurar su estilo en función de lo que él entiende como la prosecución de una poesía final, capaz de comunicar lo más preciado, la emoción.

La obra de Rojas Terán.

En la poética de Rodrigo Rojas Terán, el verso libre y lo que el ojo inexperto podría calificar de buenas a primeras como una metáfora hermética y cerrada, revela por el contrario y con gran nitidez, al hacerse uno participe activo del diálogo e interpretación, la calidad humana del poeta, su herida y convicción.

La palabra fluye como aliado para la construcción de una atmósfera que transita en lo más profundo del ser, el drama existencial de ser arrojado a la vida, al crecimiento a veces agreste y desolado de paisajes derruidos, inhóspitos, demasiado amplios y portentosos para una joven o infantil mente. Aunque en ese desamparo, en esa vastedad inconmensurable del silencio, se halla también el espejo limpio de la inocencia, recamado por la ternura y delicadeza del que aún no cuestiona y se limita a la sorpresa y fantasía de cada elemento a descubrir y atesorar. La memoria y el tiempo son incipientes retazos que dan forma a un tejido bello que es la persona misma, sus sueños y esperanzas.

Un camino que con el pasar de los años y ante el cantar de la experiencia se diluye, se retrae y se ve filtrado por la conciencia cínica, utilitaria y lógica del adulto. El puente hacia ese pasado, hacia ese recodo perdido y felicidad, es la poesía, mágico y onírico lenguaje, capaz de desafiar y subvertir el pensamiento. De manera que se va gestando al interior del hablante lírico, una nostalgia, un desdoblamiento, entre el autor, Rodrigo Rojas como ser empírico y real, y Rodrigo como caminante, forastero, extranjero eterno en el seguimiento de un yo más autentico, en lo posible, libre de la contaminación del hombre activo, carente de reflexión, asesino inconsciente de ese añorado primer yo, el niño.

En ese devenir, los paisajes arraigados confrontan al mundo moderno su ruido y la cisura que provoca y cómo eludir la muerte, esa precariedad intrínseca del hombre y posibilidad ineludible. Todos estos elementos se dan cita para universalizar esta poesía que condensa un fuerte apasionamiento, introspección y contacto con las múltiples dimensiones de lo humano, desde el solipsismo que se reconoce en desamparo a lo gregario que acoge o lastima aquella intimidad. Desde lo lárico que busca expresarse ante lo cosmopolita y urbano, que tantas veces potencia por oposición, la otredad de esta antípoda pero que tantas otras, la mayoría, la invade y destruye.

En definitiva, como lector y crítico vislumbro la obra de Rojas Terán como, una alternativa renovadora de la tradición, asentada en los lindes de lo que el mismo llamo la edad de oro de la poesía chilena, pero desde una perspectiva moderna. La del joven hombre del presente que con mayor prontitud y desmesura, ve profanada la inocencia personal y de su mundo. De manera que lo lírico se conjuga a lo lárico y el refugio y añoranza no involucra sólo el espacio material, un bosque, una estación de trenes, un hogar perdido en el desierto o la llanura, ese hogar es el poeta, ese que mira más allá de la palabra gracias a la palabra.

Autor: Daniel Rojas Pachas

ESCRITURA DEL TIEMPO

"Y ahora recordando mi antiguo ser, - los lugares que yo he habitado y que aún ostentan mis sagrados pensamientos, comprendo que el sentido, el ruego con que toda soledad extraña nos sorprende, no es mas que la evidencia que de la tristeza humana queda". Omar Cáceres (1904-1943)

¿Qué sucede o qué se implora en ese relámpago casi impreciso,
moribundo, donde otro ser eternamente oculto se derrama?

No consigo ser otro que yo mismo
en ese momento único del sueño,
pues veía un espejismo en transito que no alcanza a callarse
sin más que el volumen excesivo de mi sangre
en completa y profunda resonancia.
Existe algo tan personal como el sueño que se desea a voluntad,
un último rumor a instantes de que un sueño sea descifrado
a orillas del primer escalofrió que nos delata
y la habitual eternidad que no se sabe, pero que se comparte nuevamente.
¿Puede ser que para otro mundo pueda llevar lo que he soñado? *
Lo irreparable de esto, es que debo decirlo sin adornos,
sin configuración alguna a que el pasado y el presente
se nombren nuevamente, libre de dictar o comunicar
lo que nunca se debiera haber dicho,
pero que finalmente se conserva en mi interior
como un inevitable hueso en perpetua hondura.
¿Cuáles son las razones del paso del tiempo? Pues ello prevalecerá
a la luz del instinto, en que yo sea otro "insensiblemente llevado a ser otro, también." *
"Pero las frases que faltaron decir en ese momento, me surgen todas"*, pero me duele
sentirlas y recordarlas tan distantes, y distintas en ese momento único del sueño,
natural y verdadero:

* Versos tornados desde un poema de Fernando Pessoa .

Poema escrito Sabado 26 de enero 2008.- Arica. Rodrigo Rojas Terán.

Murmuros.



Duplicado sin interés,
el rechazo y goce,

rechina fulminado, cuanta tabla y vaso mide la opacidad del reloj.

En tronido y tropel,
el cuerpo del machete y la mujer,
hecha vulgar difamación,
arrancan un feroz pedido y temor mortal.
Murmuran códigos, crujen siluetas y
zumbando el abrazo, sigue la humorada hasta el fin…
Diminutos cristales de espumante voz, las fluidas,
dan gracia a tanto torpe dedo;
arriba, la danza restalla los tacos sobre viejas baldosas.
Bajo la falda,
confiados,
sensibles y humedecidos,
serenos soñamos la conjunción del sol.

Autor: Daniel Rojas Pachas.


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Juan Darien. Horacio Quiroga.



quiroga


Aquí se cuenta la historia de un tigre que se crió y educó entre los hombres, y que se llamaba Juan Darién. Asistió cuatro años a la escuela vestido de pantalón y camisa, y dio sus lecciones correctamente, aunque era un tigre de las selvas; pero esto se debe a que su figura era de hombre, conforme se narra en las siguientes líneas.

Una vez, a principio de otoño, la viruela visitó un pueblo de un país lejano y mató a muchas personas. Los hermanos perdieron a sus hermanitas, y las criaturas que comenzaban a caminar quedaron sin padre ni madre. Las madres perdieron a su vez a sus hijos, y una pobre mujer joven y viuda llevó ella misma a enterrar a su hijito, lo único que tenía en este mundo. Cuando volvió a su casa, se quedó sentada pensando en su chiquillo. Y murmuraba:

-Dios debía haber tenido más compasión de mí, y me ha llevado a mi hijo. En el cielo podrá haber ángeles, pero mi hijo no los conoce. Y a quien él conoce bien es a mí, ¡pobre hijo mío!

Y miraba a lo lejos, pues estaba sentada en el fondo de su casa, frente a un portoncito donde se veía la selva.

Ahora bien; en la selva había muchos animales feroces que rugían al caer la noche y al amanecer. Y la pobre mujer, que continuaba sentada, alcanzó a ver en la oscuridad una cosa chiquita y vacilante que entraba por la puerta, como un gatito que apenas tuviera fuerzas para caminar. La mujer se agachó y levantó en las manos un tigrecito de pocos días, pues aún tenía los ojos cerrados. Y cuando el mísero cachorro sintió el contacto de las manos, runruneó de contento, porque ya no estaba solo. La madre tuvo largo rato suspendido en el aire aquel pequeño enemigo de los hombres, a aquella fiera indefensa que tan fácil le hubiera sido exterminar. Pero quedó pensativa ante el desvalido cachorro que venía quién sabe de dónde y cuya madre con seguridad había muerto. Sin pensar bien en lo que hacía llevó al cachorrito a su seno y lo rodeó con sus grandes manos. Y el tigrecito, al sentir el calor del pecho, buscó postura cómoda, runruneó tranquilo y se durmió con la garganta adherida al seno maternal.

La mujer, pensativa siempre, entró en la casa. Y en el resto de la noche, al oír los gemidos de hambre del cachorrito, y al ver cómo buscaba su seno con los ojos cerrados, sintió en su corazón herido que, ante la suprema ley del Universo, una vida equivale a otra vida.

Y dio de mamar al tigrecito.

El cachorro estaba salvado, y la madre había hallado un inmenso consuelo. Tan grande su consuelo, que vio con terror el momento en que aquél le sería arrebatado, porque si se llegaba a saber en el pueblo que ella amamantaba a un ser salvaje, matarían con seguridad a la pequeña fiera. ¿Qué hacer? El cachorro, suave y cariñoso -pues jugaba con ella sobre su pecho- era ahora su propio hijo.

En estas circunstancias, un hombre que una noche de lluvia pasaba corriendo ante la casa de la mujer, oyó un gemido áspero -el ronco gemido de las fieras que, aún recién nacidas, sobresaltan al ser humano-. El hombre se detuvo bruscamente, y mientras buscaba a tientas el revólver, golpeó la puerta. La madre, que había oído los pasos, corrió loca de angustia a ocultar el tigrecito en el jardín. Pero su buena suerte quiso que al abrir la puerta del fondo se hallara ante una mansa, vieja y sabia serpiente que le cerraba el paso. La desgraciada mujer iba a gritar de terror, cuando la serpiente habló así:

-Nada temas, mujer -le dijo-. Tu corazón de madre te ha permitido salvar una vida del Universo, donde todas las vidas tienen el mismo valor. Pero los hombres no te comprenderán, y querrán matar a tu nuevo hijo. Nada temas, ve tranquila. Desde este momento tu hijo tiene forma humana; nunca lo reconocerán. Forma su corazón, enséñale a ser bueno como tú, y él no sabrá jamás que no es hombre. A menos... a menos que una madre de entre los hombres lo acuse; a menos que una madre no le exija que devuelva con su sangre lo que tú has dado por él, tu hijo será siempre digno de tí. Ve tranquila, madre, y apresúrate, que el hombre va a echar la puerta abajo.

Y la madre creyó a la serpiente, porque en todas las religiones de los hombres la serpiente conoce el misterio de las vidas que pueblan los mundos. Fue, pues, corriendo a abrir la puerta, y el hombre, furioso, entró con el revólver en la mano y buscó por todas partes sin hallar nada. Cuando salió, la mujer abrió, temblando, el rebozo bajo el cual ocultaba al tigrecito sobre su seno, y en su lugar vio a un niño que dormía tranquilo. Traspasada de dicha, lloró largo rato en silencio sobre su salvaje hijo hecho hombre; lágrimas de gratitud que doce años más tarde ese mismo hijo debía pagar con sangre sobre su tumba.

Pasó el tiempo. El nuevo niño necesitaba un nombre: se le puso Juan Darién. Necesitaba alimentos, ropa, calzado: se le dotó de todo, para lo cual la madre trabajaba día y noche. Ella era aún muy joven, y podría haberse vuelto a casar, si hubiera querido; pero le bastaba el amor entrañable de su hijo, amor que ella devolvía con todo su corazón.

Juan Darién era, efectivamente, digno de ser querido: noble, bueno y generoso como nadie. Por su madre, en particular, tenía una veneración profunda. No mentía jamás. ¿Acaso por ser un ser salvaje en el fondo de su naturaleza? Es posible; pues no se sabe aún qué influencia puede tener en un animal recién nacido la pureza de un alma bebida con la leche en el seno de una santa mujer.

Tal era Juan Darién. E iba a la escuela con los chicos de su edad, los que se burlaban a menudo de él, a causa de su pelo áspero y su timidez. Juan Darién no era muy inteligente; pero compensaba esto con su gran amor al estudio.

Así las cosas, cuando la criatura iba a cumplir diez años, su madre murió. Juan Darién sufrió lo que no es decible, hasta que el tiempo apaciguó su pena. Pero fue en adelante un muchacho triste, que sólo deseaba instruirse.

Algo debemos confesar ahora: a Juan Darién no se le amaba en el pueblo. La gente de los pueblos encerrados en la selva no gustan de los muchachos demasiado generosos y que estudian con toda el alma. Era, además, el primer alumno de la escuela. Y este conjunto precipitó el desenlace con un acontecimiento que dio razón a la profecía de la serpiente.

Aprontábase el pueblo a celebrar una gran fiesta, y de la ciudad distante habían mandado fuegos artificiales. En la escuela se dio un repaso general a los chicos, pues un inspector debía venir a observar las clases. Cuando el inspector llegó, el maestro hizo dar la lección al primero de todos: a Juan Darién. Juan Darién era el alumno más aventajado; pero con la emoción del caso, tartamudeó y la lengua se le trabó con un sonido extraño. El inspector observó al alumno un largo rato, y habló en seguida en voz baja con el maestro.

-¿Quién es ese muchacho? -le preguntó-. ¿De dónde ha salido?

-Se llama Juan Darién -respondió el maestro- y lo crió una mujer que ya ha muerto; pero nadie sabe de dónde ha venido.

-Es extraño, muy extraño... -murmuró el inspector, observando el pelo áspero y el reflejo verdoso que tenían los ojos de Juan Darién cuando estaba en la sombra.

El inspector sabía que en el mundo hay cosas mucho más extrañas que las que nadie puede inventar, y sabía al mismo tiempo que con preguntas a Juan Darién nunca podría averiguar si el alumno había sido antes lo que él temía: esto es, un animal salvaje. Pero así como hay hombres que en estados especiales recuerdan cosas que les han pasado a sus abuelos, así era también posible que, bajo una sugestión hipnótica, Juan Darién recordara su vida de bestia salvaje. Y los chicos que lean esto y no sepan de qué se habla, pueden preguntarlo a las personas grandes.

Por lo cual el inspector subió a la tarima y habló así:

-Bien, niño. Deseo ahora que uno de ustedes nos describa la selva. Ustedes se han criado casi en ella y la conocen bien. ¿Cómo es la selva? ¿Qué pasa en ella? Esto es lo que quiero saber. Vamos a ver, tú -añadió dirigiéndose a un alumno cualquiera-. Sube a la tarima y cuéntanos lo que hayas visto.

El chico subió, y aunque estaba asustado, habló un rato. Dijo que en el bosque hay árboles gigantes, enredaderas y florecillas. Cuando concluyó, pasó otro chico a la tarima, después otro. Y aunque todos conocían bien la selva, respondieron lo mismo, porque los chicos y muchos hombres no cuentan lo que ven, sino lo que han leído sobre lo mismo que acaban de ver. Y al fin el inspector dijo:

-Ahora le toca al alumno Juan Darién.

Juan Darién subió a la tarima, se sentó y dijo más o menos lo que los otros. Pero el inspector, poniéndole la mano sobre el hombro, exclamó:

-No, no. Quiero que tú recuerdes bien lo que has visto. Cierra los ojos.

Juan Darién cerró los ojos.

-Bien -prosiguió el inspector-. Dime lo que ves en la selva.

Juan Darién, siempre con los ojos cerrados, demoró un instante en contestar.

-No veo nada -dijo al fin.

-Pronto vas a ver. Figurémonos que son las tres de la mañana, poco antes del amanecer. Hemos concluido de comer, por ejemplo... estamos en la selva, en la oscuridad... Delante de nosotros hay un arroyo... ¿Qué ves?

Juan Darién pasó otro momento en silencio. Y en la clase y en el bosque próximo había también un gran silencio. De pronto Juan Darién se estremeció, y con voz lenta, como si soñara, dijo:

-Veo las piedras que pasan y las ramas que se doblan. .. Y el suelo. .. Y veo las hojas secas que se quedan aplastadas sobre las piedras...

-¡Un momento! -le interrumpió el inspector-. Las piedras y las hojas que pasan: ¿a qué altura las ves?

El inspector preguntaba esto porque si Juan Darién estaba "viendo" efectivamente lo que él hacía en la selva cuando era animal salvaje e iba a beber después de haber comido, vería también que las piedras que encuentra un tigre o una pantera que se acercan muy agachados al río pasan a la altura de los ojos. Y repitió:

-¿A qué altura ves las piedras?

Y Juan Darién, siempre con los ojos cerrados, respondió:

-Pasan sobre el suelo. . . Rozan las orejas. . . Y las hojas sueltas se mueven con el aliento... Y siento la humedad del barro en...

La voz de Juan Darién se cortó.

-¿En dónde? -preguntó con voz firme el inspector- ¿Dónde sientes la humedad del agua?

-¡En los bigotes!-dijo con voz ronca Juan Darién, abriendo los ojos espantado.

Comenzaba el crepúsculo, y por la ventana se veía cerca la selva ya lóbrega. Los alumnos no comprendieron lo terrible de aquella evocación; pero tampoco se rieron de esos extraordinarios bigotes de Juan Darién, que no tenía bigote alguno. Y no se rieron, porque el rostro de la criatura estaba pálido y ansioso.

La clase había concluido. El inspector no era un mal hombre; pero, como todos los hombres que viven muy cerca de la selva, odiaba ciegamente a los tigres; por lo cual dijo en voz baja al maestro:

-Es preciso matar a Juan Darién. Es una fiera del bosque, posiblemente un tigre. Debemos matarlo, porque si no, él, tarde o temprano, nos matará a todos. Hasta ahora su maldad de fiera no ha despertado; pero explotará un día u otro, y entonces nos devorará a todos, puesto que le permitimos vivir con nosotros. Debemos, pues, matarlo. La dificultad está en que no podemos hacerlo mientras tenga forma humana, porque no podremos probar ante todos que es un tigre. Parece un hombre, y con los hombres hay que proceder con cuidado. Yo sé que en la ciudad hay un domador de fieras. Llamémoslo, y él hallará modo de que Juan Darién vuelva a su cuerpo de tigre. Y aunque no pueda convertirlo en tigre, las gentes nos creerán y podremos echarlo a la selva. Llamemos en seguida al domador, antes que Juan Darién se escape.

Pero Juan Darién pensaba en todo, menos en escaparse, porque no se daba cuenta de nada. ¿Cómo podía creer que él no era hombre, cuando jamás había sentido otra cosa que amor a todos, y ni siquiera tenía odio a los animales dañinos?

Mas las voces fueron corriendo de boca en boca, y Juan Darién comenzó a sufrir sus efectos. No le respondían una palabra, se apartaban vivamente a su paso, y lo seguían desde lejos de noche.

-¿Qué tendré? ¿Por qué son así conmigo? -se preguntaba Juan Darién.

Y ya no solamente huían de él, sino que los muchachos le gritaban:

-¡Fuera de aquí! ¡Vuélvete donde has venido! ¡Fuera!

Los grandes también, las personas mayores, no estaban menos enfurecidas que los muchachos. Quién sabe qué llega a pasar si la misma tarde de la fiesta no hubiera llegado por fin el ansiado domador de fieras. Juan Darién estaba en su casa preparándose la pobre sopa que tomaba, cuando oyó la gritería de las gentes que avanzaban precipitadas hacia su casa. Apenas tuvo tiempo de salir a ver qué era: Se apoderaron de él, arrastrándolo hasta la casa del domador.

-¡Aquí está! -gritaban, sacudiéndolo- ¡Es éste! ¡Es un tigre! ¡No queremos saber nada con tigres! ¡Quítele su figura de hombre y lo mataremos!

Y los muchachos, sus condiscípulos a quienes más quería, y las mismas personas viejas, gritaban:

-¡Es un tigre! ¡Juan Darién nos va a devorar! ¡Muera Juan Darién!

Juan Darién protestaba y lloraba porque los golpes llovían sobre él, y era una criatura de doce años. Pero en ese momento la gente se apartó, y el domador, con grandes botas de charol, levita roja y un látigo en la mano, surgió ante Juan Darién. E1 domador lo miró fijamente, y apretó con fuerza el puño del látigo.

-¡Ah! -exclamó-. ¡Te reconozco bien! ¡A todos puedes engañar, menos a mí! ¡Te estoy viendo, hijo de tigres! ¡Bajo tu camisa estoy viendo las rayas del tigre! ¡Fuera la camisa, y traigan los perros cazadores! ¡Veremos ahora si los perros te reconocen como hombre o como tigre!

En un segundo arrancaron toda la ropa a Juan Darién y lo arrojaron dentro de la jaula para fieras.

-¡Suelten los perros, pronto! -gritó el domador-. ¡Y encomiéndate a los dioses de tu selva, Juan Darién!

Y cuatro feroces perros cazadores de tigres fueron lanzados dentro de la jaula.

El domador hizo esto porque los perros reconocen siempre el olor del tigre; y en cuanto olfatearan a Juan Darién sin ropa, lo harían pedazos, pues podrían ver con sus ojos de perros cazadores las rayas de tigre ocultas bajo la piel de hombre.

Pero los perros no vieron otra cosa en Juan Darién que el muchacho bueno que quería hasta a los mismos animales dañinos. Y movían apacibles la cola al olerlo

-¡Devóralo! ¡Es un tigre! ¡Toca! ¡Toca! -gritaban a los perros-. Y los perros ladraban y saltaban enloquecidos por la jaula, sin saber a qué atacar.

La prueba no había dado resultado.

-¡Muy bien! -exclamó entonces el domador-. Estos son perros bastardos, de casta de tigre. No le reconocen. Pero yo te reconozco, Juan Darién, y ahora nos vamos a ver nosotros.

Y así diciendo entró él en la jaula y levantó el látigo.

-¡Tigre! -gritó-. ¡Estás ante un hombre, y tú eres un tigre! ¡Allí estoy viendo, bajo tu piel robada de hombre, las rayas de tigre! ¡Muestra las rayas!

Y cruzó el cuerpo de Juan Darién de un feroz latigazo. La pobre criatura desnuda lanzó un alarido de dolor, mientras las gentes, enfurecidas, repetían.

-¡Muestra las rayas de tigre!

Durante un rato prosiguió el atroz suplicio; y no deseo que los niños que me oyen vean martirizar de este modo a ser alguno.

-¡Por favor! ¡Me muero! -clamaba Juan Darién.

-¡Muestra las rayas! -le respondían.

Por fin el suplicio concluyó. En el fondo de la jaula, arrinconado, aniquilado en un rincón, sólo quedaba su cuerpecito sangriento de niño, que había sido Juan Darién. Vivía aún, y aún podía caminar cuando se le sacó de allí; pero lleno de tales sufrimientos como nadie los sentirá nunca.

Lo sacaron de la jaula, y empujándolo por el medio de la calle, lo echaban del pueblo. Iba cayéndose a cada momento, y detrás de él iban los muchachos, las mujeres y los hombres maduros, empujándolo.

-¡Fuera de aquí, Juan Darién! ¡Vuélvete a la selva, hijo de tigre y corazón de tigre! ¡Fuera, Juan Darién!

Y los que estaban lejos y no podían pegarle, le tiraban piedras.

Juan Darién cayó del todo, por fin, tendiendo en busca de apoyo sus pobres manos de niño. Y su cruel destino quiso que una mujer, que estaba parada a la puerta de su casa sosteniendo en los brazos a una inocente criatura, interpretara mal ese ademán de súplica.

-¡Me ha querido robar a mi hijo! -gritó la mujer-. ¡Ha tendido las manos para matarlo! ¡Es un tigre! ¡Matémosle en seguida, antes que él mate a nuestros hijos!

Así dijo la mujer. Y de este modo se cumplía la profecía de la serpiente: Juan Darién moriría cuando una madre de los hombres le exigiera la vida y el corazón de hombre que otra madre le había dado con su pecho.

No era necesaria otra acusación para decidir a las gentes enfurecidas. Y veinte brazos con piedras en la mano se levantaban ya para aplastar a Juan Darién cuando el domador ordenó desde atrás con voz ronca:

-¡Marquémoslo con rayas de fuego! ¡Quemémoslo en los fuegos artificiales!

Ya comenzaba a oscurecer, y cuando llegaron a la plaza era noche cerrada. En la plaza habían levantado un castillo de fuegos de artificio, con ruedas, coronas y luces de bengala. Ataron en lo alto del centro a Juan Darién, y prendieron la mecha desde un extremo. El hilo de fuego corrió velozmente subiendo y bajando, y encendió el castillo entero. Y entre las estrellas fijas y las ruedas gigantes de todos colores, se vio allá arriba a Juan Darién sacrificado.

-¡Es tu último día de hombre, Juan Darién! -clamaban todos-. ¡Muestra las rayas!

-¡Perdón, perdón! -gritaba la criatura, retorciéndose entre las chispas y las nubes de humo. Las ruedas amarillas, rojas y verdes giraban vertiginosamente, unas a la derecha y otras a la izquierda. Los chorros de fuego tangente trazaban grandes circunferencias; y en el medio, quemado por los regueros de chispas que le cruzaban el cuerpo, se retorcía Juan Darién.

-¡Muestra las rayas! -rugían aún de abajo.

-¡No, perdón! ¡Yo soy hombre! -tuvo aún tiempo de clamar la infeliz criatura. Y tras un nuevo surco de fuego, se pudo ver que su cuerpo se sacudía convulsivamente; que sus gemidos adquirían un timbre profundo y ronco; y que su cuerpo cambiaba poco a poco de forma. Y la muchedumbre, con un grito salvaje de triunfo, pudo ver surgir por fin, bajo la piel del hombre, las rayas negras, paralelas y fatales del tigre.

La atroz obra de crueldad se había cumplido; habían conseguido lo que querían. En vez de la criatura inocente de toda culpa, allá arriba no había sino un cuerpo de tigre que agonizaba rugiendo.

Las luces de bengala se iban también apagando. Un último chorro de chispas con que moría una rueda alcanzó la soga atada a las muñecas (no: a las patas del tigre, pues Juan Darién había concluido), y el cuerpo cayó pesadamente al suelo. Las gentes lo arrastraron hasta la linde del bosque, abandonándolo allí para que los chacales devoraran su cadáver y su corazón de fiera.

Pero el tigre no había muerto. Con la frescura nocturna volvió en sí, y arrastrándose presa de horribles tormentos se internó en la selva. Durante un mes entero no abandonó su guarida en lo más tupido del bosque, esperando con sombría paciencia de fiera que sus heridas curaran. Todas cicatrizaron por fin, menos una, una profunda quemadura en el costado, que no cerraba, y que el tigre vendó con grandes hojas.

Porque había conservado de su forma recién perdida tres cosas: el recuerdo vivo del pasado, la habilidad de sus manos, que manejaba como un hombre, y el lenguaje. Pero en el resto, absolutamente en todo, era una fiera, que no se distinguía en lo más mínimo de los otros tigres.

Cuando se sintió por fin curado, pasó la voz a los demás tigres de la selva para que esa misma noche se reunieran delante del gran cañaveral que lindaba con los cultivos. Y al entrar la noche se encaminó silenciosamente al pueblo. Trepó a un árbol de los alrededores y esperó largo tiempo inmóvil. Vio pasar bajo él sin inquietarse a mirar siquiera, pobres mujeres y labradores fatigados, de aspecto miserable; hasta que al fin vio avanzar por el camino a un hombre de grandes botas y levita roja.

El tigre no movió una sola ramita al recogerse para saltar. Saltó sobre el domador; de una manotada lo derribó desmayado, y cogiéndolo entre los dientes por la cintura, lo llevó sin hacerle daño hasta el juncal.

Allí, al pie de las inmensas cañas que se alzaban invisibles, estaban los tigres de la selva moviéndose en la oscuridad, y sus ojos brillaban como luces que van de un lado para otro. El hombre proseguía desmayado. El tigre dijo entonces:

-Hermanos: Yo viví doce años entre los hombres, como un hombre mismo. Y yo soy un tigre. Tal vez pueda con mi proceder borrar más tarde esta mancha. Hermanos: esta noche rompo el último lazo que me liga al pasado.

Y después de hablar así, recogió en la boca al hombre, que proseguía desmayado, y trepó con él a lo más alto del cañaveral, donde lo dejó atado entre dos bambúes. Luego prendió fuego a las hojas secas del suelo, y pronto una llamarada crujiente ascendió. Los tigres retrocedían espantados ante el fuego. Pero el tigre les dijo: "¡Paz, hermanos!", y aquéllos se apaciguaron, sentándose de vientre con las patas cruzadas a mirar.

El juncal ardía como un inmenso castillo de artificio. Las cañas estallaban como bombas, y sus gases se cruzaban en agudas flechas de color. Las llamaradas ascendían en bruscas y sordas bocanadas, dejando bajo ella lívidos huecos; y en la cúspide, donde aún no llegaba el fuego, las cañas se balanceaban crispadas por el calor.

Pero el hombre, tocado por las llamas, había vuelto en sí. Vio allá abajo a los tigres con los ojos cárdenos alzados a él, y lo comprendió todo.

-¡Perdón, perdóname! -aulló retorciéndose-. ¡Pido perdón por todo!

Nadie contestó. El hombre se sintió entonces abandonado de Dios, y gritó con toda su alma:

-¡Perdón, Juan Darién!

Al oír esto, Juan Darién alzó la cabeza y dijo fríamente:

-Aquí no hay nadie que se llame Juan Darién. No conozco a Juan Darién. Éste es un nombre de hombre, y aquí somos todos tigres.

Y volviéndose a sus compañeros, como si no comprendiera, preguntó:

-¿Alguno de ustedes se llama Juan Darién?

Pero ya las llamas habían abrasado el castillo hasta el cielo. Y entre las agudas luces de bengala que entrecruzaban la pared ardiente, se pudo ver allá arriba un cuerpo negro que se quemaba humeando.

-Ya estoy pronto, hermanos-dijo el tigre-. Pero aún me queda algo por hacer.

Y se encaminó de nuevo al pueblo, seguido por los tigres sin que él lo notara. Se detuvo ante un pobre y triste jardín, saltó la pared, y pasando al costado de muchas cruces y lápidas, fue a detenerse ante un pedazo de tierra sin ningún adorno, donde estaba enterrada la mujer a quien había llamado madre ocho años. Se arrodilló -se arrodilló como un hombre-, y durante un rato no se oyó nada.

-¡Madre! -murmuró por fin el tigre con profunda ternura-. Tú sola supiste, entre todos los hombres, los sagrados derechos a la vida de todos los seres del Universo. Tú sola comprendiste que el hombre y el tigre se diferencian únicamente por el corazón. Y tú me enseñaste a amar, a comprender, a perdonar. ¡Madre!, estoy seguro de que me oyes. Soy tu hijo siempre, a pesar de lo que pase en adelante pero de ti sólo. ¡Adiós, madre mía!

Y viendo al incorporarse los ojos cárdenos de sus hermanos que lo observaban tras la tapia, se unió otra vez a ellos.

El viento cálido les trajo en ese momento, desde el fondo de la noche, el estampido de un tiro.

-Es en la selva -dijo el tigre-. Son los hombres. Están cazando, matando, degollando.

Volviéndose entonces hacia el pueblo que iluminaba el reflejo de la selva encendida, exclamó:

-¡Raza sin redención! ¡Ahora me toca a mí!

Y retornando a la tumba en que acaba de orar, arrancóse de un manotón la venda de la herida y escribió en la cruz con su propia sangre, en grandes caracteres, debajo del nombre de su madre:

Y
JUAN DARIÉN

-Ya estamos en paz -dijo. Y enviando con sus hermanos un rugido de desafío al pueblo aterrado, concluyó:

-Ahora, a la selva. ¡Y tigre para siempre!


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Pink Floyd (time-dark side of the moon)








Ticking away the moments that make up a dull day
You fritter and waste the hours in an off hand way
Kicking around on a piece of ground in your home town
Waiting for someone or something to show you the way

Tired of lying in the sunshine staying home to watch the rain
You are young and life is long and there is time to kill today
And then one day you find ten years have got behind you
No one told you when to run, you missed the starting gun

And you run and you run to catch up with the sun, but its sinking
And racing around to come up behind you again
The sun is the same in the relative way, but youre older
Shorter of breath and one day closer to death

Every year is getting shorter, never seem to find the time
Plans that either come to naught or half a page of scribbled lines
Hanging on in quiet desperation is the english way
The time is gone, the song is over, thought Id something more to say

Home, home again
I like to be here when I can
And when I come home cold and tired
Its good to warm my bones beside the fire
Far away across the field
The tolling of the iron bell
Calls the faithful to their knees
To hear the softly spoken magic spells.



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Cámara de Tortura -Lihn



lihn



Su ayuda es mi sueldo
Su sueldo es la cuadratura de mí círculo,
que saco con los dedos para mantener su agilidad
Su calculadora es mi mano a la que le falta un dedo con el que me prevengo de los errores de cálculo
Su limosna es el capital con que me pongo cuando se la pido

Su aparición en el Paseo Ahumada es mi estreno en sociedad
Su sociedad es secreta en lo que toca a mi tribu
Su seguridad personal es mi falta de decisión
Su pañuelo en el bolsillo es mi bandera blanca
Su corbata es mi nudo gordiano
Su terno de Falabella es mi telón de fondo
Su zapato derecho es mi zapato izquierdo doce años después
La línea de su pantalón es el límite que yo no podría franquear aunque me disfrazara de usted después de empelotarlo a la fuerza
Su ascensión por la escalinata del Banco de Chile es mi sueño de Jacob por el que baja un án gel rubio y de alas pintadas a pagar, cuerpo a cuerpo, todas mis deudas
Su chequera es mi saco de papeles cuando me pego una volada
Su firma es mi entretención de analfabeto
Su dos más dos son cuatro es mi dos menos dos
Su ir y venir es mi laberinto en que yo rumiante me pierdo perseguido por una mosca
Su oficina es el entretelón en que se puede condenar a muerte mi nombre y su traspaso a otro cadáver que lo lleve en un país amigo
Su consultorio es mi cámara de tortura
Su cámara de tortura es el único hotel en que puedo ser recibido a cualquier hora sin previo aviso de su parte
Su orden es mi canto
Su lapicera eléctrica es lo que hace de mí un autor copioso un maldito iluminado o el cojonudo que muere pollo, según quien sea yo en ese momento
Su mala leche es mi sangre
Su patada en el culo es mi ascensión a los cielos que son lo que son y no lo que Dios quiere
Su tranquilidad es mi muerte por la espalda
S u libertad es mi perpétua
Su paz es la mía siempre y cuando yo goce de ella eternamente y usted de por vida
S u vida real es el fin de mi imaginación cuando me pego una volada
Su mujer es en tal caso mi gatita despanzurrada
Su mondadientes es ahora mi tenedor
Su tenedor es mi cuchara
Su cuchillo es mi tentación de degollarlo cuando me mamo un cogollo
Su policial es el guardián de mi impropiedad
Su ovejero es mi degollador a la puerta de su casa como si yo no fuera una maldita oveja extraviada
Su metralleta es mi novia con la que tiro en sueños
Su casco es el molde en el que vaciaron la cabeza de mi hijo cuando nazca
Su retreta es mi marcha nupcial
Su basural es mi panteón mientras no se lleven los cadáveres.


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Nana Gutiérrez Bonelli


http://media.ohlog.com/carrollera_nan.jpg


A Nana Gutiérrez Bonelli, este nana-artículo que busca rescatar de los anaqueles la imagen y genio de una destacada mujer, valiente poeta, irreverente e irónica, locuaz y profunda. Rupturista, orgullo de Arica y las letras nacionales.

Nana, anti-poeta de Arica contribuyó arduamente a la cultura de nuestra ciudad, motivó a otros artistas, participó en congresos logrando reconocimiento internacional, publicó junto a destacados escritores de Latinoamérica y el mundo y logró que su obra fuese traducida y publicada en más de seis idiomas.

Tenia un particular concepto de si misma y se mostraba frente a sus pares creadores, tal como lo señala en su trabajo “medida de la soledad” lo cual reafirma Andrés Sabella en el prologo que hiciera al poemario de la escritora, titulado “Manos Arriba”: alta y larga como un árbol con ansias de llenarse de relámpagos, un metro setenta para medir la soledad, delgadísima con lectura y cultura. El fragor de Nana, sus ideas de humor negro e imágenes nuevas, foráneas a lo que se tendía a considerar como el catálogo poético, rompió con cuanto molesto punto común y frase hecha se topó en su camino, y en el fluir de su desacramentalizado lirismo, no dejó poetisa con cabeza.

En el concepto de Nana, a veces duro pero no por ello menos justo, había que dar crédito y descrédito a quien se lo merecía, y en ese devenir, resulta justo hacer la distinción entre mujer poeta y poetisa, siendo esta última una parodia light de la primera, una impostura o figura a la moda que podía pasar desde la gruppy a go go de los premios nacionales de literatura a la niñita bien, discutiendo de arte en un salón de té. De tal manera que el problema del género, el rol atribuido a la mujer por una sociedad falocéntrica y el complejo ambiente literario no menos condicionado por esa lógica que va del machismo a la misoginia, fue otro punto de lucha en que Nana demostró junto a otras poetas como Rosario Orrego de Uribe, María Monvel, Gabriela Mistral, Olga Acevedo, Alicia Galaz Vivar y Aída Moreno Lagos, entre otras destacadas; que el poder creativo y literario, no es patrimonio exclusivo otorgado por la diferencia de un cromosoma.

Actitud trágica y desafiante, sonrisa esplendida, plena de soledad y reflexión ante la comedia humana, condición que sus compañeros en los avatares del lirismo y la prosa debieron reconocer, Lafourcade la incluyó en su polémica y dispar antología del nuevo cuento chileno, lo cual la ubica en la generación de 1950 junto a autores de inmensa trayectoria como José Donoso, Jorge Edwards y Guillermo Blanco entre otros. También formó parte de la Antología de la Poesía nortina de Mario Bahamondes, fechada en 1966

Por otra parte, Coloane, nuestro Jack London dijo -ha nacido el nana-poema, una autora disparando contra los prejuicios y Nicanor Parra, el consagrado maestro de los artefactos dramáticos, en su afán deconstruccionista, le regaló el título de su obra que vió la luz en 1968. En esta, Nana despliega con intenciones catárticas, el cinismo de Diógenes y la contratextualidad bulle con anhelo de bajar de las mechas a los poetas del Partenón. No se extraña en cada una de las páginas en que sus nana-poemas revientan al mundo, la sátira amarga a la elegía, al rito pulcro de la confesión, a la loa gratuita y homilía fúnebre. Asistimos al fin de los discursos oficiales, el descreimiento ante la comunicación esteriotipada, los tropos añejos y esos grandes ídolos de barro. Como señalara Sabella con acierto, Cruel ante aquellos que sin verdad vital, intentan verdad poética.

Sobre la obra de Nana

Nana, cuenta entre sus títulos, Calendario, obra que realizó junto al peruano Winston Orrillo, Correspondencia que también la llevo a trabajar en diada, en este caso, con Marco Denevi, novelista argentino, no hay que olvidar funeral del poeta, donde colaboró con Selden Rodman, historiador y traductor al ingles de Neruda y Borges. Finalmente su poemario más conocido, Manos Arriba, es el que nos ocupa en esta ocasión.

En Manos arriba, desde un principio, Nana nos provee de una visión intimista que nos empuja de bruces a la melancolía, pérdida y arrebato. En medida de la soledad, el hablante lírico se confunde con la poeta y su perspectiva del dolor. La dosis exacta del abandono y quien busque una respuesta de quién fue o estuvo tras las palabras, hallará en esos pasajes, los más privado del ser, su desamparo. A manera de autoconfesión, el poema inaugural de la obra, ahonda en un intuitivismo precioso y de gran calidad humana, allí subyace el afán de comunicarse con uno mismo y con un memorable anticlímax que apacigua toda expectación del lector, un tímido “amen” nos remite al requiescat in peace del solipsismo.

Viudo melancólico, otro poema de los veintidós que componen esta producción, nos pone de cabeza ante la alteridad y la añoranza, como Bolaño decía al referirse a su poeta predilecto Nicanor Parra, en él hay mucho tumba, mucho cementerio y luego más tumba, en Nana también percibimos esa oscuridad, pero no en un sentido moral o gravado por una visión maniqueísta del mundo y sus relaciones, sino como lo más normal, lo propio ante nuestra precaria condición. Es una medida de soledad pero del otro, la necesidad de ese cuerpo, ese aliento que desnuda un abismo de costumbre y paridad, ante quien fuese compañero del alma. Este viudo melancólico, posee imágenes sugerentes que revelan lo infantil del miedo y la ternura del dolor en pasajes como:

A veces se ríe y se tapa la boca. Le avergüenza que descubran que en los dientes lleva el nombre de la muerta o En la frente, lleva un letrero que dice: "—ayúdeme! Tengo miedo a la oscuridad"—

Los Nana-Poemas por su parte, forman en "Manos Arriba" una trinidad del absurdo, parecen casi pequeños diálogos de Ionesco y cada uno, curiosamente apunta a satirizar un punto común del arte y el circuito de la comunicación, en Nanapoema lunar, el blanco es el mensaje poético, la forma en que a lo largo del tiempo se ha construido estéticamente la lírica, la inspiración y los elementos que son materia prima y loa del vate; el mar, el desierto, los bosques y la luna alba y cristalina, que Nana, como buena abjuradora desfigura, valiéndose de su propia imagen. Su autoconcepto abofetea a la tradición al señalar que Selene no es más que una mueca infernal de su rostro, postrada ante la ingenuidad de los que se cobijan bajo esa luz. Luego, en nanapoema para un pintor surrealista, ajusta su mira y acribilla al artista, al emisor de esa digresión poética. Sin tapujos ataca a los movimientos y sus excentricidades, los manifiestos y existencias erráticas que paren la cultura, dioses de limo tras el papel y lienzo, finalmente en nanapoema para un recién presentado, el caído en sus letras es el remitente, el público mismo, acostumbrado a la pasividad, con expectativas formales y una estructura tacita que guía sus pasos en la comunicación al punto de volverlo algo tedioso y resabido, aquí también se vislumbra una postura crítica ante las relaciones humanas permeadas por los códigos de la cortesía

Finalmente un gran poema titulado Para Dios 1967 simula un diálogo distendido con la última figura piadosa, en ella se temporaliza el stress del eje inmóvil a la luz del desasosiego mundano, la mejor forma de mostrar lo burdo cotidiano e inane de nuestro proceder, en una especie de confesión inversa, la poeta se vuelve el hombro fraterno y comprensivo de quien todo debiera sintetizar y comprender,

En medio de sus repetidas manifestaciones ambiciosas o hipócritas, sonara tu voz fuerte y segura y les dijeras: "—jNo les doy nada; nada les concedo!Ingénienselas, rebúsquenselas, arréglenselas como puedan.Yo apenas soy DIOS, no soy un mago! Y por ultimo, bájenme de esta cruzMe canse de estar colgado"—

Claro que hay mucho más, en la literatura de esta autora, en “Manos arriba” tenemos por qué escribo, el par para divorciados y divorciadas, colegial contemporáneo, Los poetas, las poetisas y denuncia, entre otros. Todos anti-poemas bastante actuales, capaces de resumir la lucha diaria del chileno y en forma cabal, del latinoamericano postmoderno, atravesado por multiplicidad de discursos asesinado por el cielo y los códigos. Otras obras recomendadas de la autora son: Insectario y el libro "por el rabo del ojo" elogiado en Italia por Pablo Neruda.

Para ser justos, sólo queda señalar que la obra de Nana resuma versatilidad, coraje y desparpajo lo cual la hace doblemente arriesgada y fértil, no se queda en la formula archiconocida y tampoco en el escándalo, escarnio o gratuidad del recurso que sorprende quizá una o dos veces al lector para luego volverse otra receta y tedio más. Nana apuesta a un distanciamiento estético, no entregar de buenas a primeras todo la potencia del contenido y para ello usa como primer aliado lo conocido, la retórica popular y lo que todos pensamos en algún momento pero no tuvimos el acierto o valor de espetar. De esa forma, tras la familiaridad y reconocimiento propio en la voz de la poeta, surgen las lecturas postreras, pues sus textos amenos y jocosos, dotados de melancolía y ternura, invitan a seguir siendo leídos y pensados, de manera que su sensibilidad penetre en cada anhelo, miedo, duda y por que no, rabieta sincera y burla justificada, lo cual privilegia el trabajo de esta autora, su dimensión aún vigente, capacitada para madurar y seguir abriendo puertas a una conciencia que se rehúsa a creer de buenas a primeras, en la mediocridad de las formas impuestas y los canones vetustos.

Autor: Daniel Rojas Pachas.

Las Poetisas. (Poema Completo de “Manos Arriba”)

OJO!
Han de saber Ustedes
que no hay nada mas deplorable
nada mas fastidioso
que las Señoritas Poetisas!
Estas Señoritas han invadido el mundo
han invadido los Círculos Literarios
han hecho morir del corazón,
a varios catedráticos!
Las hay de todos colores
y de todas tallas:
Poetisas de bigote
Poetisas sin escrúpulos
Poetisas con dientes postizos
Poetisas con faltas de ortografía
Poetisas flacas como
agujas de costureras tristes.
Poetisas en busca de un marido
Poetisas terror de Editoriales!
Poetisas que persiguen
a los Premios Nacionales.
Poetisas madres de familia.
Poetisas que van por las calles
ubicando a sus victimas.
Y las hay peores:
Poetisas Lolitas
Poetisas beatniks
Poetisas con pantalones
Saint Tropez
(capaces de volver loco a
cualquier Poeta del gremio)
Poetisas que escriben con el dedo.
Poetisas que sueñan con ser hombres
Poetisas recién dadas de alta
del Hospital Psiquiátrico.
Poetisas en tratamiento perpetuo.
Poetisas de provincia
Poetisas de la Antártida
Poetisas capaces de odiosos recitales.
Poetisas a punto de suicidarse
Poetisas de vuelta del suicidio.
Poetisas para bautizos
Poetisas adictas
a tomar Coca Cola.
Poetisas de pelo en pecho.
Poetisas picadas de viruela
Poetisas Beatles.
Pero, Ojo! Señores, todas ellas
terminaran con esta
maquiavélica invasión
con esta lluvia
con este vendaval
con este azote
con esta nueva especie atómica
acabaran os digo
Con todos los Géneros Literarios!
¡Dios Mío!


  • Publicado: Domingo, 16 Marzo 2008 07:55:21 GMT
  • En: No Categorizado
  • Permaenlace: Nana Gutiérrez Bonelli
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Cobre.




Sustraer el amargo destello,
la sana ensoñación y reloj atado.
La caminata,
largo y tupido cuello,
reverbera en copado
y terrible...
depone y sustrae,
cuanta achatada y sonrisa cara,
querida,
oneroso rostro de fémina herida...
el continente,
también lastimero, segundo a cuesta con lamentos.
En circulea fogata, sombría y terrible…
Con las manos atadas
de pies henchidos
y suelto en sílabas negras,
insospechado rebuzna,
resume y compendio a son,
los tumultos de gargantas
y las cunas de sierpe bicolor...
metamorfa de altura con enredadera de cabeza,
altiva, piadosa,
consiente y consiste,

en ir cubriendo de milímetro en mar

y de océano a cielo,
el cobrizo satélite,
cada pugna,
hollín encasquetado y extremidad hedionda,
unidas, mutiladas en su casta moribunda,
yerra y contrae la sal,
esa sol moneda,
sangre del principio eterno y principio...

Autor: Daniel Rojas Pachas.


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Augusto Monterroso.



mont


Biografía

Augusto Monterroso nació el 21 de diciembre de 1921 en Tegucigalpa, capital de Honduras . Sin embargo, a los 15 años su familia se estableció en Guatemala y desde 1944 fijó su residencia en México, al que se trasladó por motivos políticos.

Narrador y ensayista guatemalteco, empezó a publicar sus textos a partir de 1959, en ese año salió la primera edición de Obras completas (y otros cuentos), conjunto de incisivas narraciones donde comienzan a notarse los rasgos fundamentales de su narrativa: una prosa concisa, breve, aparentemente sencilla que, sin que el lector lo note en una primera lectura, está llena de referencias cultas así como un magistral manejo de la parodia, la caricatura y el humor negro.

Tito, como lo llamaban sus allegados, el gran hacedor de cuentos y fábulas breves, falleció el 7 de febrero de 2003 .



Obra y crítica

Es considerado como uno de los maestros de la mini-ficción y, de forma breve, aborda temáticas complejas y fascinantes, con una provocadora visión del mundo y una narrativa que deleita a los lectores más exigentes, haciendo habitual la sustitución del nombre por el apócope. Entre sus libros destacan además: La oveja negra y demás fábulas (1969), Movimiento perpetuo (1972), la novela Lo demás es silencio (1978); Viaje al centro de la fábula (conversaciones, 1981); La palabra mágica (1983) y La letra e: fragmentos de un diario (1987). En 1998 publicó su colección de ensayos La vaca .




El dinosaurio
[Minicuento. Texto completo]

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.


El Conejo y el León
[Fábula. Texto completo]

Un celebre Psicoanalista se encontró cierto día en medio de la Selva, semiperdido.

Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación logró fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su antojo no sólo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres de algunos animales, que comparó una y otra vez con las de los humanos.

Al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo; por otro, al León.

En un principio no sucedió nada digno de mencionarse, pero poco después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y, cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había venido haciendo desde que el hombre era hombre.

El León estremeció la Selva con sus rugidos, sacudió la melena majestuosamente como era su costumbre y hendió el aire con sus garras enormes; por su parte, el Conejo respiró con mayor celeridad, vio un instante a los ojos del León, dio media vuelta y se alejó corriendo.

De regreso a la ciudad el celebre Psicoanalista publicó cum laude su famoso tratado en que demuestra que el León es el animal más infantil y cobarde de la Selva, y el Conejo el más valiente y maduro: el León ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y que después de todo no le ha hecho nada.


La oveja negra
[Fábula. Texto completo]

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.

Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.


El paraíso imperfecto
[Fábula. Texto completo]


-Es cierto -dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno-; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.


El eclipse
[Cuento. Texto completo]



Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.



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Vg.



Se puede, en toda devastación común, por mucho que los carteles lo prohíban y los agentes del orden así lo dispongan, palpar el sentido interno y genuino brillo de la creación; esa brecha límite y delicada que nos impulsa desde la herida. Ella nos consume y da cuerda (como un burdo respirador artificial), aunque sea por unas cuantas horas más.


Allí, durmiendo sobre la cicatriz impuesta y oficial cordón, pace la actitud de abjurador, el irónico aprecio a las formas, la heteroglosia capaz de sintetizarse y en mi particular afán, esa vocación por el sonido (verso amparado por el desconcertante poder del ritmo) tal como Borges, en su filológica obsesión con el ALEPH o Rothko, queriendo desnudar el delirante misterio del rojo y es que ante el espejo, descreo

de este mono parlanchín, la funcional dialéctica y el imperio de la sintaxis coordinada. La suma ya no congrega mi pasión y en el fondo, muy al fondo de esta poza confusa, sincero intuyo, que debe haber algo más o mejor aun, NADA, donde antes creímos despuntaba una magnánima estructura de rascacielos definiendo la herida, el respirador, mi propia voz y silencio; con un patentado signo, el de todos, que en concreto, no son más que eso. Un vano ser.


Autor: Daniel Rojas.


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Sergio Pitol: Los Ferri




Los Ferri (Texto completo.)


Si alguno de ellos, no obstante el saber que tenían sus raíces cimentadas en el mal, llegase a sospechar la intensidad con que los detestaba, se hubiera quedado petrificado por el asombro. ¡Y a pesar del arraigo y la potencia de tai pasión le eran necesarios para existir! Todo contenido escaparía de su vida en el memento en que la familia desapareciera. Sin advertirlo, guiada por la pura corriente del deseo, se encontró discurriendo sobre las diversas posibilidades que podía abrirles la muerte en el viaje de regreso: una volcadura en la barranca, un derrumbe en la montaña, un cheque con otro vehículo, o de los dos automóviles entre sí; y ante la idea de la hecatombe se sintió recorrida por un acre escalofrío, pues sabía que el fin de ellos anunciaba definitivamente el suyo.



Varias muertes impregnaron su espíritu de una acerba y profunda pesadumbre, pero ninguna la hirió como la de Antonieta. Después del accidente que le costara la vida se había enclaustrado en su cuarto a llorar durante días y noches: porque Antonieta, de entre todos los Ferri, era sin duda la peor; hembra de placer como su madre, ávida de garañón con que pasear frente a su marido que se lo merecía por complaciente y servil; dominada por una inquietud y un nerviosismo que no le daban tregua, que la llevaban enloquecidamente de un lugar a otro, para de nuevo regresar con un lastre de fatiga y abatimiento, con unos ojos donde comenzaba a incubarse la demencia. Recordaba los regales que le hacía, abrigos, medias, pedrería, sedas, como si con ellos tratara de reforzar una relación de afecto que sólo existía en la imaginación de la otra, pues ella no hubo de ceder un ápice de su confianza y menos aún de su amistad, ¡no se diga ya de su cariño!, a aquella brillante expositora de la bribonería y el vicio. ¡Si tan sólo hubiera traído regales! Con la desvergüenza que heredara de la madre se complacía en corromper el aire de la casa con la presencia, las miradas, las carcajadas procaces, las muecas perversas de amigos hallados solo el diablo sabía dónde. Mujeres y hombres de comportamiento diferente a los que ella había conocido allá en su juventud, en los tiempos en que don José presidiera la familia y velara por el honor y el prestigio de unos techos actualmente ultrajados por la concupiscencia y la falta de temor al castigo de Quien todo lo sabe y lo ilumina. Y la tal Antonieta, esa perra, empedernido vaso de lujuria, que sumergía en el fango un apellido ilustre (el de hombres que a fuerza de puaos, de valor, de crueldad, habían logrado hacer de las tierras barrialosas del Refugio la gran hacienda que llevaba ese nombre), era de tal manera ilusa que creía que a cuenta de sus regalos y zalamerías ella la adoraba. Todos los Ferri, sin exceptuar a la misma Carolina, intoxicados por la vanidad y la soberbia daban en pensar, y no se medían para repetirlo a diestra y siniestra, que ella, Jesusa, los amaba como a sus propios hijos. Cuando Antonieta murió en aquel siniestro que tanto diera qué hablar a los vecinos, y del cual se ocupó hasta la prensa de la capital tratando de dilucidar si en verdad se trataba de un accidente o de una acción suicida, ella se refugió en un llanto inconsolable; después de unas cuantas semanas sus lágrimas cesaron, sus párpados se volvieron pedernales, y de sus labios no volvió a escapar lamento alguno, pero en su interior el rencor había ya rebasado todos los límites; era una sensación que desolaba y fortalecía; una constante angustia al palpar la ausencia de aquélla a la que había hecho objeto de su odio más decantado. "La pobre —comentaban está desesperada. Antonieta era su preferida y desde que murió no hace sino deambular por la casa como un alma en pena". Y, efectivamente, había pasado mementos sumamente tristes, ganada por un profundo pesar y desamparo, pero al poco se repuso, pues en la casa en que para su desdicha le había tocado servir no era Antonieta la única por quien pudiera interesarse; hasta llegó a juzgar desconsiderado y absurdo el que por esa joven, nacida para la voluptuosidad y los placeres, hubiese dejado un tanto al margen a los demás, que bien mirado eran iguales o peores que ella. Fue entonces, cuando salió de esa especie de postración en que la mantuviera la defunción de la ramera, cuando empezó a alimentar la sospecha (sospecha que más tarde se convirtió en una certidumbre absoluta) de que llegaría a sobrevivir al último de los Ferri. Había visto conducir rumbo al cementerio a siete de ellos. Representánbase a menudo el memento en que arrojaría un puñado de tierra al ataúd del último miembro de aquella familia maldita; entonces cerraría la casa, recogería sus bártulos e iría a reunirse con su prole al ranchito comprado con los ahorros de tantos años. Ya el tiempo se encargaría de cumplir con su destine. Soñaba con el que habría de ir un día a regodearse con el espectáculo de una casa ruinosa y abajada, de techos derruidos, ventanas sin cristales, y en el jardín, la maleza, que irrespetuosa, desenfrenadamente, se lanzaría triunfante a la invasión de la galería. Pero está visto que el Señor, con su sabiduría infinita, gusta de probar a sus criaturas y les hace desarrollar hasta más allá de lo indecible dotes de resignación y perseverancia, pues al parecer esas muertes no habían servido sino de poda a la sangre corrupta de los Ferri. Siguieron llegando al mundo, cada vez más ajenos, más turbios, menos parecidos a aquel hombre de galana barba, mirada noble y proceder severo que fue el último gran señor de la comarca; y, sin embargo, sabía que habría de estar aún sobre la tierra cuando ya de ellos solamente quedase el recuerdo. Sobreviviría a José, Pablo y Nina, los más pequeños, los de mirada más desconcertante y diabólica. El dolor se le adentraba en el cuerpo, pero ella, redescubierto el placer de permanecer en la cama durante las horas de trabajo, parecía no otorgarle ninguna importancia. El menor movimiento le hacía sentir las piernas cual si estuviesen al rojo vivo. En el recuento de los innumerables años transcurridos al lado de los Ferri, íbanse trasminando las sensaciones que su cuerpo afiebrado y doliente recogía.



A los primeros dueños no había llegado a conocerlos sino de oídas, a través de la rememoración infatigable que de sus hazañas hicieran su padre y su abuela. El mismo señor don Francisco había muerto cuando ella tenía apenas catorce anos, lo que no fue impedimento, como tampoco lo fuera la senectud de aquél, para que en las candentes noches de verano bajase a probar el frescor y la lozanía de su cuerpo. ¡Capaz a sus años de enloquecer de gozo a una mujer! En los de ahora, la casta y el vigor estaba diluidos del todo, cual si nada restase de la sangre de aquellos arrogantes patricios que hicieron florecer el erial y transformaron en una edificación imponente la modesta casucha con que se encontró el primer Ferri, convertida hoy en leonera, en sitio propicio para saciar de inmundicia los apetitos, para envilecer un nombre venerado por ella. Por eso ya nunca los acompañaba al Refugio, pues allí el pecado había tomado cabal posesión y se le sentía incrustado en las paredes, pendiente de los techos, flotando por los aires.



La última vez que los había visto en la hacienda se le reveló con mayor evidencia lo que eran: víctimas de una fuerza cuyo control no estaba en sus manes, de una sangre que les escocía en las venas, de una piel que los enloquecía. Sangre y piel que al ganar siempre los combates los arrastraba ineluctablemente a la violencia, a la caída. Cuando por las mañanas entraba en las habitaciones donde la víspera habían tenido lugar episodios amorosos, no dejaba de advertir que el olor percibido no era el de los cuerpos que se desean, no era el de la entrega, el de la búsqueda y el hallazgo imposible que en esos mementos dejara de insistirle la comparación con las noches en que se adormecía en los brazos de Francisco Ferri. Los niños de entonces, Carolina y Victoria, habían enfermado de paperas, y don Francisco le ordenó que se quedara a velarles el sueño. Doce años tenía apenas . Medio adormecida vio acercarse al anciano de venerable, hermosa barba; venía casi desnudo y ostentaba un cuerpo que como por milagro no habían logrado profanar los años. La tomó de las manes suavemente, la tendió en el lecho y la hizo perderse en un bosque. Luego le asignó una cabaña, alejada del resto de la servidumbre, donde asiduamente la visitó durante sus dos últimos años. Fue ella, Jesusa, quien disfrutó el privilegio de ser la única mujer que don Francisco conoció al margen de su vida conyugal. Después de una aparatosa caída de caballo que le costó la vida, su sobrino José se encargó de la administración y sólo esperó que los senitos de la niña Carolina empezaran a apuntar bajo la blusa para llevarla al altar, lo que evitó el desmembramiento de la hacienda.



Con José Ferri la vida del Refugio inició nuevos cauces. A sus antepasados los había caracterizado la obsesión de poder y de dominio. A su abuela le había oído decir que cuando llegó el primero (Pablo Ferri tenía por nombre) venía más pobre que una rata y era aparentemente un bueno para nada; decía haber deambulado como soldado por diversos países sin lograr la oportunidad propicia para hacerse de una fortuna que saciara su avidez. Nadie supo qué viento lo había llevado a la región, ni como trabó conocimiento con las hijas de don Aristarco Robles, perdidas como estaban en su rancho, lo cierto es que al poco tiempo estaba casado con una de ellas y era ya el señor del Refugio. Aquel temerario vagabundo debió haberse, una vez casado y obtenido las tierras, convertido en una bestia, en un demonio, en un recipiente de torturas, castigo, maldad y soberbia, pues, a los pocos meses de la boda, Eloísa se suicidaba arrojándose a uno de los barrancos del lugar. ¡Vaya Dios a investigar a fondo los motives! Él se ausento durante una temporada para volver más tarde con su madre y una parienta joven a la que había llevado desposado en segundas nupcias. La muerte de Eloísa, la soledad y el odio que seguramente acumularía hacia quien había llevado a su hermana al suicidio, acabaron por arrebatar la razón a Virginia, la otra hija de don Aristarco Robles. Al regresar Ferri al Refugio con esposa y madre, la demencia ganó definitivamente a la muchacha, que se lanzó a vagabundear por los campos y caminos visiblemente poseída por los demonios, pues su boca ya sólo supo emitir horrores y blasfemias, hasta que al fin un día desapareció definitivamente sin que nadie volviera a saber de ella.



Los Ferri habían sentado sus reales, hendido su simiente y el Refugio creció, abarcó pueblos y rancherías, cubrió llanos y praderas, ganó la montaña. Era un cáncer que rápidamente infestaba la región. El señor don Francisco y su hermano Jacobo, muerto en plena juventud, siguieron la obra del padre, preocupándose ya no exclusivamente de la tierra, de las cosechas, del castigo de los peones, de la cría del ganado. A ellos comenzó a importarles la dignidad y se la imbuyeron al padre, que una vez convencido desorbitó los limites y se convirtió en un extravagante fanático de ella, sin tener ya en la boca otras palabras que no fueran aquéllas: dignidad, honor, casta, apellido, prestigio, y para que las cosas no se redujeran a una mera palabrería hueca, comenzó a edificar alrededor de la casa otra que convirtió la primera en una sala de la vasta mansión. Cuando alcanzaron sus hijos la mayoría de edad los envió a Italia para que entre sus primas eligieran mujer, pues ninguna de las jóvenes de San Rafael le parecía lo suficientemente apropiada, no para el cuerpo de ellos, que eso era lo que menos le importaba, sino para su casa, para el buen nombre que deseaba tuviese su casa. Don Francisco regresó al cabo de algún tiempo casado con otra Ferri, y Jacobo con una tal Rosa de apellido extraño, una francesa cuya. Sola presencia lograba enfermar de disgusto a su suegro, y que débil y enfermiza como era murió, incapaz de resistir los percances de un parto, a los pocos días de dar a luz a don José. Para esa época la simple mención del nombre de los Ferri causaba verdadero pánico entre los pequeños propietarios de los alrededores, que ante las conminatorias proposiciones de aquellos hombres implacables optaban por vender la tierra al precio que se les imponía; sabían (ya había de ello muestras más que suficientes) que en el afán de ampliar los linderos del Refugio nada, ni siquiera la sangre, los detendría. Pero al tomar don José las riendas de la hacienda esa sed de expansión pareció extinguirse, pues el hombre se rehusó a adquirir una hectárea más, y como le era imposible mantener inactive el dineral que ano tras año vomitaban las tierras, comenzó a invertir en los ferrocarriles y en propiedades urbanas, y, por si acaso, como si sospechara el vuelco que iba a producirse, empezó a depositar fuertes sumas en el extranjero. Gracias a trajes medidas la fortuna familiar había logrado sobrevivir a la Revolución y a las posteriores reparticiones ejidales. (De la hacienda no había de quedar sino el casco, la vieja casona a la cual ella, desde hacía años, se negaba a volver.)



Seguramente podría levantarse, caminar, llegar hasta el teléfono y llamar a un médico. Pero no creyó que el esfuerzo valiera la pena: lo que tenía eran meres achaques de vejez, fatiga. Una vida afanada como la suya tenía que resentir los esfuerzos que por años había impuesto a su cuerpo. Nadie podía, a su edad, escapar a los caprichos del cuerpo.



Todos se habían marchado desde el día anterior a pasar el fin de semana en el Refugio. "Nos vamos de retire", le había dicho Carolina con la sonrisa procaz que acompañaba siempre a sus frases para enterarla de sus intenciones y convertirla en cómplice de sus falacias, como si se tratara de dos zorras; como si ella se complaciera también en invitar jovencitos a que le amenizaran el insomnio. ¡En lo que podía acabar una mujer! Contemplar su figura era ya pecar un poco: pintura excesiva en un rostro de profundas arrugas; una mirada torpe, resplandeciente a veces por las asombrosas cantidades de licor que a su edad aún ingería; tonos rojizos, amarillentos, azulados, verdosos en el cabello. Sortijas, broches, collares, pendientes, recamados de una pedrería ostentosa y extravagante. Una mano lánguida y descarnada apoyada en el puño de marfil de una cana de bambú, mientras la otra se prendía, ávida y rapaz de la manga del muchacho en turno. ¡La perra! ¡Hija de un padre que por vergüenza se hubiera colgado de las barbas de sospechar que había procreado semejante serpiente! Afortunadamente, cuando murió don Francisco era imposible imaginar lo que esperaba a su honra. Carolina era entonces una niña, y cabe decirlo, una niña magnífica. Ella, que había sido su nana, lo podía asegurar: melancólica, retraída, un tanto tristona; pero tal parece que al conocer las delicias del lecho hubiese descubierto que la carne era la carne, porque se empapó de alegría, descendió del limbo en el que parecía encontrarse suspendida y hasta llegó a romper el aislamiento por el que durante tantos años se caracterizara la vida familiar; comenzó a frecuentar, y se ingenio para que su marido la secundara, a los hacendados de los alrededores, y a asistir de cuando en cuando a las funciones teatrales de San Rafael, logrando colocarse de inmediato en la cúspide de la vida social de la región, porque aquellos rancheros deslumbrados, aunque públicamente confesaran lo contrario, se desvivían por intimar con la familia que hasta entonces sólo látigo y lejanía les había regalado. Cuando Carolina abrió por primera vez el Refugio a la curiosidad pública pareció que la vida entera de la comarca se cifraba en aquel acontecimiento. Nunca se comentó previamente alguna fiesta como lo fue aquélla. Durante días y días no se habló sino de los vestidos que las señoras llevarían, de los regales que se ofrecerían a la hacendada, de los comentarios que sería pertinente hacer y de los múltiples temas que habría cuidadosamente que omitir. Hasta la vetusta Domitila Cansino, tan grave del corazón como estaba la pobre, se levantó por primera vez en muchos años para asistir al sarao. La parca premió con creces su imprudencia y dos días después la acogía en su seno. La fiesta deslumbró a San Rafael, lo cual ya comenzó a olerle mal, porque si los Ferri se habían trazado una línea de conducta entre cuyos postulados estaba el aislarse del mundo, acrecentar sus tierras, construir y reconstruir su casa y engalanarla con joyas y gobelinos, muebles hermosos, cristalería y plata, sin necesidad de que seres extraños intervinieran en sus asuntos y entraran en su casa y se sentaran a su mesa a compartir la sal y el pan, era que el tal sino les estaba reservado. Pero Carolina no supo leer en el libro de los signos y se entregó con una temeridad que nunca ya había de abandonarla al culto del oropel y el desatino: desafío a la Estrella, rompió los moldes, quebrantó las formas, arrojó polvo al camino, desvió los cauces, y desde ese entonces todo se volvió miseria moral, desdeño y caos en el seno de la familia. Compró casa en la capital, y acondicionó ésa (donde ahora yacíaenferma) para que sirviera de escala en los viajes a México; se lanzó con ardor al conocimiento de Europa y atravesó varias veces el océano, unas con su marido, otras, las más, solo con ella, que hacía el papel de sirvienta y el de dama de compañía; sedienta de conocerlo todo, de no permitir que nada se le escapara, pero aún sin pecar; muy señora, dueña de su decencia, aunque eso si su lenguaje cada vez se tornaba más libre y comenzó a hablar de temas extraños aprendidos en el teatro, en las novelas o en el trato con gente de pensamiento extravagante; temas que luego con gran desenvoltura reproducía en las tertulias de San Rafael, a pesar de que ninguna señora de la población pudiera digerirlos. Pero aquellas pobres aves, por temor de caer en desgracia frente a la mujer de mundo, a su ídolo social, fueron resistiendo eso y más, y como los millones de los Ferri aumentaban en tanto que el patrimonio familiar de toda aquella gente quedaba hecho polvo por obra y gracia de la Revolución y de la ineptitud de las nuevas generaciones para conservar las heredades recibidas, llegaron a justificar todos los excesos, y, es mas, los hechos infames fueron considerados sólo motives de broma; así la fuga de Héctor cuando a los nueve años abandonó la casa para trotar durante más de un año·al lado de una partida de saltimbanquis, para volver luego a crear infinidad de problemas a su familia.



Ella venía actuando desde hacía muchos años como la espía de unos contra los otros, coadyuvando con el destine o tratando de encarnarlo para desunirlos, para debilitar los férreos lazos con los que parecían estar unidos, y aunque a la postre sus esfuerzos en tal sentido resultaban nulos el goce de la denuncia ya no se lo quitaba nadie. Los años le conferían la prerrogativa de decir cosas que no se le hubieran permitido a otra sirvienta, ni siquiera a una amiga, porque de todos era sabido y por todos aceptado que ella dejaba muy atrás esos calificativos, que era en realidad una de las columnas que sostenían la casa de los Ferri. Sus sudores, sus lágrimas, sus sobresaltos, su larga permanencia en el Refugio, sus amoríos con don Francisco por ninguno ignorados en aquella casa y sobre los cuales sus descastados sucesores se permitían hacer escarnio con bromas repugnantes, su abnegado deambular con la familia en los días amargos del exilio; todo ello le había ganado los méritos suficientes para que se le considerase como parte integrante de la casa, como una depositaria más de la cuota de maldad, intriga, rencor, de confusas pasiones soterradas necesarias al sostenimiento de los Ferri, únicas con las que se podía tratar de igual a igual con aquella gente castigada por la fiebre. El lacerante dolor en los tobillos y en las rodillas la martirizaba cual si le clavaran alfileres candentes. Se comenzó a quejar, a gimotear, a proferir apagados lamentos, creyendo sentir un momentáneo alivio, para darse inmediatamente cuenta de que de esa manera se sentía bastante peor, y no era que los dolores se le hubieran agudizado, sino que el ánimo fuésele de tal modo abatiendo que llegó el memento en que con terror se descubrió definitivamente postrada, incapaz de intentar el menor movimiento. Las piernas dejaron de transmitirle respuesta alguna y todo el cuerpo no fue sino un enorme saco de congojas. Con dificultades puso una mano sobre la frente y al sentir la intensidad de la fiebre se dejó invadir, perpleja, alarmada, por un difuso sentimiento de angustia. Se daba cuenta de su gravedad y no había nadie que pudiese llamara un médico para que acudiese a salvarle la vida, porque aunque el digerir la idea le costase un increíble esfuerzo, lo cierto era que comenzaba a penetrar en los socavones de la muerte.



Le era imposible aceptar el hecho ya que desde hacia mucho tiempo, poco después de la muerte de Antonieta, había llegado a convencerse de que habría de sobrevivir a los Ferri, de que llegara el momento en que de sus manos cayera en la fosa del último de ellos un puñado de tierra, y a abogar la sospecha de que un día podía ver la casa en la que ahora sola, abandonada, rumiaba su desesperación y su desdicha, humillada y vencida por la conjugada acción de los elementos. Al principio la revelación la cegó y llegó a exagerar sus pretensiones. Ahora sospechaba que no lograría ver en ruinas la casa del pecado, pero en lo que no podía equivocarse, ¡ni pensar que ello fuese una vana presun ción!, era en que habría de sobrevivir a los Ferri. ¿Por que, si no, ella nunca en su vida había sabido lo que era el mundo de los sueños, comenzó a soñar constante, desenfrenadamente después de la muerte de la puta, y siempre con el mismo tema? De la vieja casa del Refugio salía un ataúd que arrastrado por dos caballos se perdía en el horizonte. Aunque jamás contempló en el sueño un rostro o algún signo que hiciera posible la identificación del cadáver que dentro del ataúd viajaba, sabía que se trataba de uno de los Ferri. La noche en que Nina vino al mundo —ella no había querido irse a la cama sino hasta después de vería la recién nacida— soñó, y eso a las pocas horas del alumbramiento, que caminaba por los pastizales de la hacienda. Iba en busca de flores porque presentía que alguien estaba a punto de morir y era necesario adornar la tumba, cuando de pronto oyó el estridente y ya tan conocido piafar de los caballos. Alzó la mirada y se encontró con los dos negros corceles que arrastraban un pequeño ataúd de oro; se acercó y arrojó las flores, dalias silvestres, al pequeño cofrecito, sabiendo desde ese memento que allí iba el cadáver de la pequeña Nina, nacida hacía apenas unas cuantashoras. Si la Divina Providencia le enviaba esos sueños premonitorios, no cabía duda de que era para transmitirle un mensaje, para advenirle algo, y ese algo no podía ser sino la futura desaparición de la familia. Pero ahora sucedía que era ella quien moría, en tanto que la gente que la había envilecido al hacerla testigo de su maldad y su lascivia, seguía disfrutando alegremente de los goces de la vida. Dios no podía hacerle eso a quien había vivido siempre para Él, a quien no obstante el estar inmergido durante tantos años en las profundidades de un mundo pagano jamás creyó apartarse de sus santos preceptos. Dios cumplía siempre sus promesas y a ella le había hecho una. ¿Por qué entonces le había mandado noche tras noche esos desapacibles sueños? Aceptaba que en un principio se había dejado llevar por la imaginación hasta creer que llegaría el memento que podría presentarse frente a la casa en Niñas, años después de la desaparición del ultimo de ellos, cuando el tiempo ya hubiese podido realizar el desastre. Pero tal ilusión fue desechada por no haber sido ratificada jamás en los sueños.



Ya no sentía los dolores, ya no sentía el cuerpo. ¿Seria eso la muerte? Tendría que encomendar su alma al creador. Pero le fue imposible orar porque un extraño sopor de duermevela se apoderó de ella. Desde el fondo del cuarto oyó el relinchar de los caballos, más estridente que nunca, y luego los vio correr desbocadamente, entregados al placer del galope. No eran los habituales. Era un largo tren de alazanes y tras ellos, estrellándose, retumbando con las piedras del monte un ritmo sincopado de locura, una larga hilera de ataúdes de todos los tamaños. Despertó en un soplo. Dios cumplía al fin lo prometido. Los Ferri, todos los Ferri, habían muerto. Tal vez, como lo imaginara hacía poco, los dos automóviles habían sufrido un accidente y de él no se había salvado uno solo de los que por tantos años fueron sus compañeros en la vida. Veía el siniestro con tal nitidez que parecía que estuviese ocurriendo frente a sus ojos: coches incrustados uno dentro del otro y una enorme masa sanguinolenta, informe y contrahecha entre láminas metálicas y hierros retorcidos. Un nudo se le formó en la garganta. No sentía ninguna alegría de que ya se hubiese efectuado el hecho por mucho tiempo aguardado; si acaso, una desconsoladora tranquilidad al saber que el destine se había realizado y que podría morir en paz porque la Divina Voluntad se había cumplido una vez más, como lo prometiera a la más oscura de sus siervas. El telón había caído sobre seis generaciones de hombres que durante más de un siglo habían promovido el terror, la admiración, el odio, el amor, suscitando todas las pasiones, llevando a los limites la ternura y la violencia; vivido siempre en los extremes, y deparado los goces y dolores mas profundos al corazón de la que ahora, con mística devoción, encomendaba su alma al Señor. Se fue sumiendo en un tranquilo letargo que adivinaba era el pórtico de la muerte, el término de tantos trabajos y aficiones para encontrarse con el goce eterno. Las oraciones se confundían entre sí.



Comenzaba una y mil veces el Magnificat, para sin darse cabal cuenta confundirlo con la Salve o el Ave María. De aquel marasmo vino a sacarla el ruido de voces y de pasos. Se abrió la puerta y tres caras sonrientes asomaron para preguntar qué pasaba con ella; hacía ya una hora, dijeron los niños, habían llegado de la hacienda y a su abuela le había extrañado no verla en todo ese tiempo. No pudo oír más. Sintió el frío de la muerte y apenas tuvo tiempo para arrepentirse de sus oraciones, para tratar de borrar las con un borbotón de incongruentes maldiciones y sacrílegas befas dirigidas a Aquel que la había hecho víctima de tan cruel confusión. Y expire. En el trance final pudo ver aún a los tres niños reír inconteniblemente ante sus muecas.


México, 1957



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Narrador. Carlos Morales Fredes.



Carlos Morales Fredes es un escritor afincado en la región. Desde hace unos años viene cultivando con talento, fuerza y perseverancia la prosa, principalmente el relato breve que domina con ingenio e ironía. Esta aventura creativa lo ha llevado a participar activamente en las tertulias literarias del grupo Rapsodas Fundacionales y a la fecha cuenta con una publicación titulada Malicia, antología de cuentos que vio la luz en noviembre del 2005.

Este libro, comprende diez relatos cortos pero de gran potencia. No tardamos más de una hora o dos en leerlos y disfrutarlos de principio a fin, sin embargo la reflexión vital, esa capacidad de conmover y evocar, se impregna gracias a cuentos lapidarios e insospechados como "el regreso" y como olvidar la maravilla conmovedora y a la vez anhelante de "el circulo en el tiempo".

Las letras de Morales comienzan a devorar nuestra cabeza y finalmente, si oponemos el relato "Malicia" (homónimo del libro) con la historia de "el pan nuestro" vemos el transitar del hombre desde la crueldad racional a la inocente irrealidad y comprobamos así, que una obra consigue su propósito estético, al dejar una parte de si en cada lector.

El estilo de este autor resalta por su uso coloquial del lenguaje, lacónico y preciso, libre del barroquismo propio del escritor latinoamericano. Yo me atrevería a señalar que en él, hay cierta reminiscencia a Steinbeck y O.Henry. Cultores de las letras, de origen anglosajón. Ellos como Carlos Morales, fueron capaces de transportarnos con la descripción breve y el desparpajo de las existencias ficticias que proponen y que por su propio peso, se toman el derecho de transitar entre nosotros. Aunque Morales, que se declara un escritor intuitivo y un lector disperso, demostrará por originalidad, que más allá de influencias que probablemente son sólo azar o impresiones de este crítico; la magia de su narración reside en la propia experiencia. Un sentido irónico y atento, dotado intrínsecamente del arte de succionar y exprimir tras la anécdota, lo que los demás no vemos y que su voz de narrador nos abre.

Un trasfondo vital y hondamente humano, la soledad, la desesperación, la crueldad y redención, tras la rutina de sobrevivir y realizar actos tan comunes como comprar el pan, caminar de vuelta a casa, lavar los trastes y ser un padre severo. Pues de que otra forma, podría estructurarse el lenguaje sino de la manera en que Morales construye con honesto afán, mundos que vemos en la prensa con perplejo absurdo "pianista ciego mata a asesino sordo" dice con picardía una de sus historias entrañables. La idea de convivir con la cesantía y cuidar a un molesto perro o claro, desvivirse entre amigos y cervezas o en la más profunda soledad amparado por un baúl plagado de viñetas del pasado, víctima de un anhelo amoroso.

Todas esas desventuradas gestas anodinas, no serían más que un impostado ejercicio de retórica, si no gozaran de este contar con voz amiga o lo que se llama erudición de la calle.

El resultado, mundos cercanos y verosímiles para el lector, aún cuando el creador se da el lujo de abofetear a su público con dosis encantadoras de fantasía e irrealidad. Curiosamente, este elemento fantástico lo percibimos en relatos que sumergen a los protagonistas ante turbas o ciudades enteras sumidas en la incomprensión, carentes de empatía o reflexión, lo cual nos lleva otra vez desde una mirada en anverso, al tema de la desolación y desamparo, el sentirse disociado o ajeno en el mundo, un extranjero en las fronteras de la disolución del yo, un huérfano de si mismo que comienza la tarea agotadora de reconstruirse. Tal es el caso de algunos relatos aún no publicados y muy interesantes, como “Ausenciando”, estos dan fe de la labor constante y ante todo creciente de este autor que se ha declarado ante sus lectores como escritor de tomo y lomo, en un juego metatextual llamado "Recordando el futuro" El camino que se viene para su persona, parece estar trazado en la pluma y el papel, pues de manera implícita, el relato señala: que cansado de escribir currículos producto de la cesantía, comenzó a escribir cuentos.

Autor: Daniel Rojas Pachas.


MALICIA (cuento completo)

Agustino dijo no. Por el simple ejercicio de decirlo, cansado de asentir, de ser eternamente complaciente. Pasado el asombro que provocó su negativa, se armó un pequeño conato de rebelión ante su inusitado veto. ¡Porque no!, fue su replica a la protesta cargada de reproche.

Sabía que los niños podían llegar a ser egoístas, e incluso crueles, en su empeño por lograr sus propósitos. No quería ceder a sus requerimientos en desmedro de su propio tiempo y persona.

El tono de voz, alto y perentorio, acabó por abortar la incipiente insurrección, logrando afianzar su jerarquía, reintegrando el orden establecido. Las diminutas bocas retomaron, con una mansedumbre solapada, su rutina alimentaria, esta vez plenas de queso y pan, como antes de reclamos.

Terminado el desayuno, Agustino se levantó muy erguido, y con un movimiento de caballo de ajedrez sorteó el ángulo de la mesa y se dirigió a la cocina, seguido por la gata. Empeñado en mantener el halo de autoridad, no solicitó ayuda a la hora de lavar los trastos usados durante la ingesta matinal.

La pequeña jauría de muchachos se retiró de la mesa envuelta en un amurrado silencio, para dirigirse al patio de la gran casona.

Terminados los quehaceres de la cocina, se entregó a la tarea de alimentar a su regalona. Había parido tres gatitos, que prometían ser tan hermosos como ella. Sentía especial predilección por el animal. Incluso se preguntaba, con algo de remordimiento, si la prefería antes que a los chiquillos. Esa noche, durante la cena, intercambiaron miradas inescrutables entre sí, mientras él comía fingiendo indiferencia. Al final, sin pedírselo, ayudaron despejando la mesa, y mientras él se dirigía al baño, ellos se quedaron secando la vajilla.

El gatito, el más pequeño de los tres, su favorito por parecerse a la parturienta, flotaba inerte en la tina. Consternado ante la trágica visión, y después de retirarlo del agua, lo sepultó junto al pomelo.

Al otro día, durante el desayuno, ellos insistieron en su solicitud. Agustino dijo sí.

Autor: Carlos Morales Fredes - Libro Malicia (Noviembre del 2005)

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Taller Literario Clepsidra.


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Ayer culminó con éxito en la Universidad de Tarapacá el primer curso de narrativa del colectivo literario Clepsidra . El programa de estudio así como las clases, estuvieron a cargo del profesor y director artístico de esta entidad, Daniel Rojas Pachas.

Llevado a cabo de forma gratuita, durante toda la semana y de manera intensiva, dos horas y media de amena charla y entrega de elementos teórico-prácticos relativos al cuento y análisis de estructuras narratológicas, se concretó un acercamiento de la comunidad literaria de Arica. Escritores y ávidos lectores enfrascados en un nutrido diálogo con respecto a la perspectivas de creación y difusión y sobre todo aunados por el interés de mejorar la técnica y oficio.

"Lo más importante, de este primer proyecto, es el compromiso de continuar con empeños similares, en lo posible repetir la experiencia, cuyo principal fin fue promover y afianzar por iniciativa propia, la cultura local". Dijo el profesor.

Pudimos ver como destacadas figuras de las letras de la ciudad se dieron cita día a día, El grupo de escritores Rapsodas fundacionales encabezados por Luís Araya Novoa y José Morales Salazar, el escritor Nelson Gómez León y su esposa la profesora y también escritora Iris Fernández, el editor, cronista y creador de la voz de la pampa Reinaldo Riveros Pizarro, fueron algunos de los más de veinticinco asistentes con que se contó en cada sesión, lo que es un verdadero record en este tipo de empresas culturales. También es importante destacar la diversidad del grupo que reunió a escolares de media, universitarios y adultos de experiencia en el arte de narrar.

Antes de despedirse, el joven profesor recalcó la importancia de apoyar todo tipo de actividades tendientes a promover y potenciar la riqueza de nuestra región en el plano creativo, por eso dejo abierta la invitación al taller de conversación literario de Clepsidra que comenzará el próximo jueves 13 de marzo, también en las dependencias de la universidad, a partir de las 7:40 en el hall central, mayor información y consultas al mail: carrollera@hotmail.com



  • Publicado: Sábado, 8 Marzo 2008 07:30:35 GMT
  • En: No Categorizado
  • Permaenlace: Taller Literario Clepsidra.
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I.

Luminarias, cerros,
astros distantes,
en la hora reposada

gastan el gozne y el mirar

de arriba abajo, titilando, como secretas señales,
fugaz posa, que el tráfico nocturno
arrastra.
Es la virginal voz,
herida,
en el callejón de tonadas.
Abierta y con la cabeza,
de adentro hacia el mundo,
el delirio,
sin manos
sólo puede,
gemir lo incierto.

Autor: Daniel Rojas Pachas.


Daniel Rojas. escritor chileno, poeta arica, poeta ariqueño, delusión, música histórica, daniel rojas pachas,
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