Diciembre, 2007

Destello.




Restallan las
trompetas
y caravanas
eléctricas,
arrastran
el alma
herida, retorciéndose
por el suelo
la carne viva
de su quemado placer
y en la tormenta niebla
el mesías de este uni-versal
poético vertedero.
Errabundo
sigue
dirimiendo
la gesta del olvido.


Autor: Daniel Rojas P



Poeta+arica, poesía+ariqueña, escritor, Daniel+Rojas+Pachas, carrollera, música+histórica, Daniel+Rojas, escritor+ariqueño, escritor+chileno, poeta+chileno

Nos-otros.




Nos-otros.

Él inicio su viaje sin mayores expectativas… era un martes, llevaba cinco minutos de retraso y tendría que olvidar el desayuno, de lo contrario habría que escuchar al jefe y su iluminante perorata sobre la productividad. Él estaba harto de ser un cagatintas, llenar esos formularios que justifican archivos que a su vez permiten circulares para notificaciones que dan parte de un incidente a prueba para la formulación de nuevos manuscritos. Él sentía tener una deuda consigo mismo, le debían sus vacaciones, podría exigirlas y darse una oportunidad. Estaba inspirado, la noche anterior en el recorrido de vuelta a casa, había terminado de leer a Hemingway. La chica del cubículo de al lado se lo recomendó, quería decirle que le había encantado, nunca había conocido una prosa tan limpia, sincera. Gracias al barbudo y su historia del viejo lobo de mar, tenía una nueva forma de ver las cosas, debía darse un espacio para abrazar la vida. Seria un buen tema para conversar. No podía sacárselo de la cabeza, ella había sido grandiosa al convencerlo de comprar el libro, ese día que estaban por el centro haciendo un trámite. Ella le agradaba. Ella le coqueteaba. Él tenía reticencias, lo habían lastimado muchas veces. Solía confundir las señales de ellas. Nunca volvería a verla de cualquier forma, todo estaba cambiando…


Bajo las escaleras del tercer piso corriendo, recordó un fragmento de una canción de los Beatles, la tarareó hasta dejar el edificio como una silueta boceteada. Al llegar al almacén de la esquina, cambio de frecuencia mental,

recordó un pasaje de la obra: El viejo peleaba con los tiburones, triste por su presa arrebatada…no pudo sustraer la nostalgia, en la parada dio vuelta y de reojo alcanzó a divisar la ventana de su cuarto. Llevaba ya dos años viviendo solo en aquel departamento. Extrañaba las tranquilas mañanas provincianas en casa de su madre, sin embargo allí no tenia futuro laboral, y qué futuro se dijo burlesco. Opto por no hundirse en cavilaciones amargas… Renegó contra su jefe, se excitó ligeramente con la imagen de ella, tembló por el trabajo atrasado, imploró por la micro y su providencial aparición desde la otra cuadra, todo en un segundo. De improviso, volvió la vista, disipó su confusión y vio dos personas a su lado. Una silueta masculina y una pequeña figura anciana. La última le sonrió, era vieja, iba al mercado de seguro. Le recordó a su casera, le gustaba su casera, era una abuela amable, atenta, hacia juego con el barrio. Era un barrio tranquilo el suyo, barato y estaba cerca de una avenida importante. Eso facilitaba la toma de locomoción. Sus compañeros le envidiaban. Ella por ejemplo, vivía quejándose, debía tomar dos autobuses y salir de casa cuando menos una hora y media antes del comienzo de la jornada. Era afortunado, aunque… algunas noches, el ruido de los vehículos, los tacos y maldiciones acompasadas por el claxon, podían llegar a ser un molesto arrullo. Por otra parte, Él no era de esos que se dejan perturbar fácilmente. Le veía al asunto su lado positivo. Como jugando, en sus oscuras vigilias producto del estrés, le fascinaba mirar al interior de las micros desde detrás de sus cortinas. Ver más allá de los rostros y preguntarse por los horarios, rutas y destinos de los desconocidos. ¿Quién será esa señora encopetada de medias de red y labios escandalosos? ¿A dónde va ese tipo de perfil renegrido y encorvada mueca? parece apurado pero estatuario al mismo tiempo, ¿por qué la luna debe ser muda testigo del furtivo manoseo de un par de universitarios? ambos de barba, amparados por la soledad de la máquina y la indiferencia comprometida del chofer y su radio. De igual forma, algo pensarían de Él, aquellos rostros que veía cuando le tocaba ser pasajero. Desde la micro divisaba en los balcones y ventanas, miradas esquivas, algunas graciosas y consideradas otras juiciosas y preocupadas, penetrantes. Entonces no podía evitar pensar desde su vertiginoso vaivén, en la ociosidad, pausa y forma de ganarse la vida de aquellos, que como Él, durante sus peores insomnios, no tenían nada mejor que hacer que vigilar y tratar de construir pasajeras historias ficticias y reconstruir las suyas, sedentarias aunque también ficticias.


Él se encontró solo de repente, la vieja y su bolsa de mercado ya se habían esfumado, el otro tipo, nunca supo como era en verdad. Sin percatarse, había perdido más de media hora. -Hoy no iré al trabajo se dijo alegremente. La calma que experimentó al proponérselo, le sorprendió. Nunca había faltado sin razón. Siempre creyó que abandonar su puesto por negligencia o desidia le acarrearía una gran culpa y dolor.


Se sintió sorprendido y liberado, lleno de deseos antes ennegrecidos. Jamás lo hubiese imaginado… Quiso continuar sintiéndose así, dar rienda suelta al yo, si fuera posible. Sentía que lo era, ansiaba desencadenar su voz, arrancar el motor y perderse como un bólido en la bruma de su interioridad dormida. –Ah es más, no volveré nunca a ese sitio horrible, estoy harto me oyen, hasta aquí aguanto… no quiero volver… -gritó y abrazó el alivio que sólo un condenado a muerte puede saborear al ser perdonado en último minuto. En todo ese tiempo, pasaron cinco micros que hacían la ruta directo a su trabajo. La primera de ellas, -debo pensarlo… pensar qué en todo caso, qué debo pensar… La segunda - Intentar justificarlo no cambia nada, de qué me sirve sopesar pros y contras, lo único que esa oficina tiene a su favor… La tercera micro -…es la sonrisa, los hermosos labios de ella, el resto son miles de incomodas formas que te hunden en llanto… he sido injusto conmigo… vaya estúpido. No tengo por que ser un mártir anónimo. Lo repensó, pues todavía quedaba una brecha de arrepentimiento, por la cual colarse de golpe en su circular agenda, postrado ante su cuadrada mesa y obtusa realidad. Cuando la micro numero cuatro se fue, confirmó su renuncia a la geometría del desamparo. –Lo siento por ella, realmente le he tomado aprecio. Pero no… no, no, no. Más bien sí… es necesario afirmar, afirmar ante el mundo que existo. Es necesario ser tajante… no mirar atrás… contar con lo poco que tengo, lo que llevo encima… dar un giro, caer estrepitoso, absurdo, insospechado, inaudito, lejos de mi mismo, de ese yo prefabricado… él no soy yo. Yo no debo ser él, nunca he querido ser así, me he obligado, malicioso, por interés, por dinero más que por comodidad o placer… pensé que lo ultimo vendría como parte de lo primero… de nada sirve negar el pasado, amparar los actos más insignificantes y diarios, como tomar locomoción y sometido, inconsciente, elegir un rumbo que se repetirá hasta el cansancio… No había marcha atrás, rechazó todo, la comodidad de la rutina, el placer junto a Ella, el dinero bien ganado pero a costa de que… pasó la quinta y ultima…Si se viera sentado en ella, desde lejos, desde su ventana, avanzando en el tráfico agazapado y con una tenue esperanza de cambio cifrada en un aumento de sueldo y años de circulares como compañía, se avergonzaría. No quería eso, quería mirarse desde otro ángulo, uno inesperado, atrevido, interesante, ojala ella le acompañara, quizá estaba siendo duro… Ella le entendería, era sensible, sensata, podrían ir juntos en una nueva carroza… Así ya no se quejaría de tener que ser esclava de dos monstruosas máquinas… No, ella estaba demasiado acostumbrada, era inteligente claro, pero hace rato que había perdido ese matiz dorado que te da el inconformismo. Temía admitirlo, pero estaba opaca, gris como el cielo, como el edificio donde trabajaban juntos… gris como el jefe y su discursillo… era hora de brillar, de entablar un diálogo real consigo mismo… por eso sin pensarlo más, sin mayores expectativas… se subió sin rumbo fijo y tiempo de llegada, a la primera micro extraña que paso. Pago se sentó y antes de desvanecerse en el movimiento relajante de un incierto porvenir, miró en señal de despedida hacia su ventana, allí estaba Él, sonriéndome, le devolví un gesto que no puedo entrar a definir… Todo estaba cambiando…



Autor: Daniel Rojas P

Eels


Novocaine for the soul.

Life is hard and so am i
You better give me something
So I dont die
Novocaine for the soul
Before I sputter out

Life is white and I am black
Jesus and his lawyer
Are coming back
Oh my darling will you be here
Before I sputter out

Guess whos living here
With the great undead
This paint by numbers life is fucking with my head
Once again

Life is good and I feel great
cause mother says I was
A great mistake

Novocaine for the soul
You better give me something
To fill the hole
Before I sputter out (repeat)





  • Publicado: Miércoles, 26 Diciembre 2007 14:37:19 GMT
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Deli-Cado.





Delicado
ensoñar
poros gimen
y los defenestrados ojos
aciagos párpados muertos.
Vuelan las corsarias
delicuescencias,
el erial suspiro
de cada purga
en vano ruega:
Con manos abiertas
y crucificados dedos.
La espera.
Muerta lógica,
garganta que rauda
saborea,
la gota
de cicuta.



Autor: Daniel Rojas P.

Poeta+arica, poesía+ariqueña, escritor, Daniel+Rojas+Pachas, carrollera, música+histórica, Daniel+Rojas, escritor+ariqueño, escritor+chileno, poeta+chileno

Rodolfo Enrique Fogwill

muchacha



Rodolfo Enrique Fogwill
MUCHACHA PUNK (Completo)


En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir "hice el amor"
es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y
aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que "hicimos" ella y yo, no
eran el amor y ni siquiera –me atrevería hoy a demostrarlo–, eran un amor: eran
eso y sólo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y
yo nos "acostamos juntos".
Otro decir, porque todo habría sido igual si no hubiésemos renunciado a nuestra
posición bípeda, –integrando eso (¿el amor?) al hábitat de los sueños: la
horizontal, la oscuridad del cuarto, la oscuridad del interior de nuestros cuerpos;
eso.
Primera decepción del lector: en este relato soy varón. Conocí a la muchacha
frente a una vidriera de Marble Arch. Eran las diez y treinta, el frío calaba los
huesos, había terminado el cine, ni un alma por las calles. La muchacha era rubia:
no vi su cara entonces. Estaba ella con otras dos muchachas punk. La mía, la
rubia, era flacucha y se movía con gracia, a pesar de su atuendo punk y de cierto
despliegue punk de gestos nítidamente punk. El frío calaba los huesos, creo
haberlo contado. Marcaban dos o tres grados bajo cero y el helado viento del norte
arañaba la cara en Oxford Street y en Regent Street. Les cuatro –yo y aquellas
tres muchachas punk– mirábamos esa misma vidriera de . En el ambiente cálido
que prometía el interior de la tienda, una computadora jugaba sola al ajedrez. Un
cartel anunciaba las características y el precio de la máquina: 1.856 libras.
Ganaban blancas, el costado derecho de la máquina. Las negras habían perdido
iniciativa, su defensa estaba liquidada y acusaban la desventaja de un peón
central.
Blancas venían atacando con una cuña de peones que protegía su dama,
repatingada en cuatro torre rey. Cuando las tres muchachas se acercaron era
turno de negras. Negras dudaron quince según dos o tal vez más; era la movida
l16 ó l18, y los mirones –nadie a esas horas, por el frío–, habrían podido
recomponer la partida porque una pequeña impresora venía reproduciendo el
juego en código de ajedrez, y un gráfico, que la máquina componía en su pantalla
en un par de segundos, mostraba la imagen del tablero en cada fase previa del
desenvolvimiento estratégico del juego. Las muchachas hablaron un slang que no
entendí, se rieron, y sin prestarme la menor atención siguieron su camino hacia el
oeste, hacia Regent Street. A esas horas, uno podía mirar todo a lo largo de la
ciudad arrasada por el frío sin notar casi presencia humana, salvo las tres
muchachas yéndose.
Cerca de Selfridges alguien debía esperar un ómnibus, porque una sombra se
coló en la garita colorada de esperar ómnibus y algún aliento había nublado los
cristales. Quizás el humano se hallase contra el vidrio, frotándose las manos,
escribiendo su nombre, –garabateando un corazón o el emblema de su equipo de
fútbol; quizá no.
Confirmé su existencia poco después, cuando un ómnibus rumbo a Kings Road
se detuvo y alguien subió. Al pasar frente a nuestra vidriera, semivacío, pude ver
que la sombra de la garita se había convertido en una mujer viejísima, harapienta,
que negociaba su boleto.
Pocos autos pasaban. La mayoría taxis, a la caza de un pasajero,
calefaccionados, lentos, diesel, libres. Pocos autos particulares pasaban;
Daimlers, Jaguars, Bentleys. En sus asientos delanteros conducían hombres
graves, maduros, sensibles a las intermitentes señales de tránsito.
A sus izquierdas, mujeres ancestrales, maquilladas de party o de ópera,
parecían supervisarlos. Un Rolls paró frente a mi vidriero de Selfridges y el
conductor hechó un vistazo a la computadora, (ensayaba la jugada 127, turno de
blancas), y dijo algo a su mujer, una canosa de perfil agrio y aros de brillantes. No
pude oírlo: las ventanillas de cristal antibalas de estos autos componen un espacio
hermético, casi masónico: insondable.
Poco después el Rolls se alejó tal como había llegado y en la esquina de
Glowcester Street vaciló ante el semáforo, como si coqueteara con la luz verde
que recién se prendía. Primera decepción del narrador: la computadora decretó
tablas en la movida 147. Si yo fuese blancas, cambiando caballo por torre y
amenazando jaque en descubierto, reclamaría a negras una permuta de damas
favorable, dada mi ventaja de peones y mi óptima situación posicional. Me fui con
rabia: había dormido toda la tarde de aquel viernes y era temprano para meterme
en el hotel.
El frío calaba los huesos. Traía bajo los jeans un polar–suit inglés que había
comprado para un amigo que navega a vela en Puerto Belgrano y decidí
estrenarlo aquella noche para ponerlo a prueba contra el frío atroz que anunciaba
la BBC.
Sentía el cuerpo abrigado, pero la boca y la nariz me dolían de frío. Las manos,
en los hondos bolsillos de la campera de duvet, temían tanto un encuentro con el
aire helado que me obligaron a resistir a la feroz jauría de ganas de fumar, que
aullaba y se agitaba detrás de la garganta, en mi interior. En mi exterior, las orejas
estaban desapareciendo: tarde o temprano serían muñones, o sabañones, si no
las defendía; intenté guarecerlas con las solapas de mi campera. Sin manos,
llevaba las puntitas de las solapas entre los dientes y así, mordiente y frío, entré a
un taxi que olía a combustible diesel y a sudor de chofer, y una vez instalado en el
goce de aquel tufo tibión, nombré una esquina del Soho y prendí un cigarrillo.
Afuera, nadie. El frío calaba los huesos. El inglés, adelante, manejando, era una
estatua llena de olor y sueño. Antes de bajar, verifiqué que hubiesen taxis por la
zona; vi varios. Pagué con un papel y sólo después de recibir el cambio abrí mi
puerta. El aire frío me ametralló la cara y la papada se me heló, pues las solapas,
chorreadas de saliva, habían depositado sobre mi piel una leve película de baba,
que ahora me hería con sus globitos quebradizos de escarcha.
vi poca gente en el barrio chino de Londres: como siempre, algunos árabes y
africanos salían rebotando de los tugurios pomo. En una esquina, un grupo de
hombres –obreros, pinches de vigilancia, tal vez algunos desgraciados sin hogar
se ilusionaban alrededor de un fueguito de leñas y papeles improvisado por un
negro del kiosco de diarios. Caminé las tres o cuatro cuadras del barrio que sé
reconocer y como no encontré dónde meterme, en la esquina de Charing Cross
abrí la puerta trasera izquierda de un taxi verde, subí, di el nombre de mi hotel, y
decidí que esa noche comería en mi cuarto una hamburguesa muy condimentada
y una ensalada bien salada para fortalecer la sed que tanto se merece la cerveza
de Irlanda. ¡Lástima que la televisión termine tan temprano en Londres! Miré el
reloj: eran las once; quedaba apenas media hora de excelente programación
británica.
Conté del frío, conté del polar–suit. Ahora voy á contar de mí: el frío, que calaba
los huesos, desalentaba a cualquier habitante y a cualquier visitante de la antigua
ciudad, pues era un frío de lontananza inglesa, un frío hecho de tiempo y de
distancia y –¿por qué no?– hecho también de más frío y de miedo, y era un frío
ártico y masivo, resultante de la ola polar que venía siendo anunciada y promovida
durante días en infinitos cortes informativos de la radio y la televisión. En efecto, la
radio y la televisión, los diarios y las revistas y la gente, los empleados y los
vendedores, los chicos del hotel y las señoras que uno conoce comprando discos
–todos no hablaban sino de la ola de frío y de la asombrosa intensidad que había
alcanzado la promoción de la ola de frío que calaba los huesos.
Yo soy friolento, normalmente friolento, pero jamás he sido tan friolento como
para ignorar que la campaña sobre el frío nos venía helando tanto, o más aún, que
la propia ola de frío que estaba derramándose sobre la semiobsoleta capital.
Pero yo estaba ya en la calle, no tenía ganas de volver a mi hotel y necesitaba
estar en un lugar que no fuese mi cuarto, protegido del frío y protegido
cuidadosamente de cualquier referencia al frío. Entonces vi, dos cuadras antes del
hotel, un local que días atrás me había llamado la atención. Era una pizzería
llamada The Lulu, que no existía en oportunidad de mi último viaje.
Yo recordaba bien aquel lugar porque había sido la oficina de turismo de
Rumania en la que alguna vez hice unos trámites para mis clientes italianos.
Desde el taxi leí el cartel que probaba que el boliche permanecía abierto, vi
clientes comiendo, noté que la decoración era mediocre pero honesta, y de las
mesas y las sillas de mimbre blanco induje una noción de limpieza prometedora.
Golpeé los vidrios del chofer, pagué 60 pence, bajé del auto y me metí en la
pizzería.
Era una pizzería de españoles, con mozos españoles, patrones españoles y
clientes españoles que se conocían entre sí, pues se gritaban –en español–, de
mesa a mesa, opiniones españolas, y frases españolas. Me prometí no entrar en
ese juego y en mi mejor inglés pedí una pizza de espinaca y una botella chica de
vino Chianti. El mozo, si ya había padecido un plazo razonable de exilio en
Londres, me habrá supuesto un viajero del continente, o un nativo de una colonia
un disparate. Los precios que la URSS y los
nuevos ricos petroleros seguían inflando con su descabellada política de compras
no auguraban nada bueno para Europa Occidental. Entonces aparecieron las tres
muchachas punk. Eran las mismas tres que había visto en Selfridges. La mía
eligió la peor mesa junto a la ventana; sus amigotas la siguieron. La gorda, con
sus pelos teñidos color zanahoria, se ubicó mirando hacia mi mesa. La otra, de
estatura muy baja y con cara de sapo, tenía pelos teñidos de verde y en la solapa
del gabán traía un pájaro embalsamado que pensé que debía ser un ruiseñor. Me
repugnó. Por fortuna, la fea con pájaro y cara de sapo se colocó mirando hacia la
calle, mostrándome tan solo la superficie opaca de la espalda del grasiento gabán.
La mía, la rubia, se posó en su sillita de mimbre mirando un poco hacia la gorda,
un poco hacia la calle: yo sólo podía ver su perfil mientras comía mi pizza y
procuraba imaginar cómo sería un ruiseñor.
Un ruiseñor: recordé aquel soneto de Banchs.
El otro tipo también decía llamarse Banchs y era teniente de corbeta o fragata.
Era diciembre; lo había cruzado muchas veces durante el año que estaba
terminando. Esa misma mañana, mientras tomaba mi café, se había acercado a
hablarme de no sé qué inauguración de pintores, y yo le mencioné al poeta, y él,
que se llamaba Banchs juró que oía nombrar al tal Enrique Banchs por primera
vez en su vida. Entonces comprendí por qué el teniente desconocía la existencia
de los polar–suit (al ver mi paquetito con el Helly Hansen, se había asombrado) y
también entendí por qué recorría Europa derrochando sus dólares, tratando de
caerle simpático a todos los residentes argentinos y buscando colarse en toda
fiesta en la que hubiese latinoamericanos. Fumaba Gitanes también en esto se
parecía al Nono.
Jamás vi un ruiseñor. Estaba por terminar la pizza y desde atrás me vino un
vaho de musk.
Miré. La más fea de las gallegas de la mesa del fondo estaba sentándose.
Vendría del baño; habría rociado todo su horrible cuerpo con un vaporizador de
Chanel, de Patou, o de –alguna marquita de esas que ahora le agregan musk a
todos sus perfumes. ¿Cómo sería el olor de mi muchacha punk? Yo mismo, como
el tal Banchs, me había condenado a averiguar y averiguar; faltaba bien poco para
finiquitar la pizza y el asuntito de las cotizaciones de metales. Pero algo sucedía
fuera de mi cabeza.
Los dueños, los mozos y los otros parroquianos, en su totalidad o en su mayoría
españoles, me miraban. Yo era el único testigo de lo que estaban viendo y eso
debió aumentar mi valor para ellos.
Tres punks habían entrado al local, yo era el único no español capaz de
atestiguar que eso ocurría, que no las habían llamado, que ellos no eran punk y
que no había allí otro punk salvo las tres muchachas punk y que ningún punk
había pisado ese local desde hacía por lo menos un cuarto de hora. Sólo yo
estaba para testimoniar que la mala pizza y el excelente vino del local no eran
desde ningún punto de vista algo que pudiera considerarse punk. Por eso me
miraban, para eso parecían necesitarme aquella vez.
Trabado para mirar a mi muchacha –pues la forma de la de pájaro embalsamado
y cara de sapo la tapaba cada vez más– me concentré sobre mi pizza y mi lectura
desatendiendo las miradas cómplices de tantos españoles. Al termianar la pizza y
la lectura, pedí la cuenta, me fui al baño a pishar y a lavarme las inanes y allí me
hice una larga friega con agua calentísima de la canilla. Desde el espejo, nitré
contento cómo subían los tonos rosados de los cachetes y la frente reales. Habían
vuelto a nacer mis orejas; fui feliz.
Al volver, un rodeo injustificable me permitió rozar la mesa de las muchachas y
contemplar mejor a la mía: tenía hermosos ojos celestes casi transparentes y el
ensamble de rasgos que más irte gusta, esos que se suelen llamar
"aristocráticos", porque los aristócratas buscan incorporarlos a su progenie,
tomándolos de miembros de la plebe con la secreta finalidad de mejorar o refinar
su capital genético hereditario. ¡Florecillas silvestres! ¡Cenicientas de las masas
que engullirán los insaciables cromosomas del señor! ¡Se inicia en vuestros óvulos
un viaje ala porvenir soñado en lo más íntimo del programa genético del amo). Es
sabido, en épocas de cambio, lo mejor del patrimonio fisiognómico heredable
(esas pieles delicadas, esos ojos transparentes, esas narices de rasgos exactos
"cinceladas" bajo sedosos párpados y justo encima de labios y de encías y
puntitas de lengua cuyo carmín perfecto titila por el inundo proclamando la belleza
interior del cuerpo aristocrático) se suele resignar a cambio de un campo en
Marruecos, la mayoría accionaria del Nuevo Banco tal, una Acción heroica en la
guerra pasada o un Premio Nacional de Medicina, y así brotan narices chatas,
ojos chicos, bocas chirlonas y pieles chagrinadas en los cuerpitos de las recientes
crías de la mejor aristocracia, obligando a las familias aristocráticas o recurrir a las
malas familias de la plebe en busca de buena sangre piara corregir los rasgos y
restablecer el equilibrio estético de las generaciones que catapultarán sus
apellidos y un poco de ellas mismas, a vaya a saber uno dónde en algún
improbable siglo del porvenir.
La chica me gustó. Vestía un traje de hombre holgado, tres o más números
mayor que su talle.
De altura normal, no pesaría más de 44 kilos. su piel tan suave (algo de ella me
recordó a Grace Kelly, algo de ella me recordó a Catherine Deneuve) era más que
atractiva para mí. Calzaba botitas de astrakán perfectas, en contraste con la
rasposa confección de su traje de lana. Una camisa de cuello Oxford se le abría a
la altura del busto mostrando algo que creí su piel y comprobé después que era
tina campera de gimnasta. Ella, a mí, ni me miró.
Pero en cambio, su amiga, la más gorda, la del pelo teñido color naranja, venía
emitiendo una onda asaz provocativa. No quise sugerir sexual: provocativo, como
buscando riña, como buscando o planificando un ataque verbal, como buscando
tina humillación, como ella misma habría mirado a un oficial de la policía inglesa.
Así mirábame la gorda de pelo zanahoria. La mía, en cambio no me mira ha. Pero.
. .
Tampoco miraba a sus acompañantes. Miraba hacia la calle vacía de
transeúntes, con las pupilas extraviadas en el paso del viento. Así me dije: "se
pierde su mirada pincelando el frío viento de Oxford Street". Era etérea. Esa nota,
lo etéreo, es la que mejor habría definido a mi muchacha para mí, de no mediar
aquellas actitudes punk y los detalles punk, que lucía, punk, como al descuido,
negligentemente punk, ella. Por ejemplo: fumaba cigarrillos de hoja; los tomaba
con el gesto exhultante de un europeo meridional, pitaba fuerte el humo y lo tiraba
insidiosamente contra el cristal de la vidriera. Al pasar por su mesa había visto en
sus manos una mancha amarilla, azafranada, de alquitrán de tabaco. ¡Y jamás vi
manitas sucias de alquitrán de tabaco como las de mi muchachita punk! El índice,
el mayor y el anular de su derecha, desde las uñas hasta los nudillos, estaban
embebidos de ese amarillo intenso que sólo puede conseguir algún gran fumador
para la primer falange del dedo índice, tras años de fumar y fumar evitando
lavados. Me impresionó. Pero era hermosa, tenía algo de Catherine Deneuve y
algo de Isabelle Adjani que en aquel momento no pude definir: me estaba
confundiendo. Pagué la cuenta, eché las rémoras de mi botella de Chianti en la
copa verde del restaurante, y copa en mano –so british–, como si fuese un
parroquiano de algún pub confianzudo, me apersoné a la mesa de las muchachas
punk asumiendo los riesgos. Antes de partir había calculado mi chance: una en
cinco, una en diez en el peor de los casos; se justificaba. voy a contarlo en
español: –¿Puedo yo sentarme? Las tres punk se miraron. La gorda punk
acariciaba su victoria: debió creer que yo bajaba a reclamar explicaciones por sus
miradas punk provocativas. Para evitar un rápido rechazo me senté sin esperar
respuestas. Para evitar desanimarme eché un trago de vino a mi garguero. Para
evitar impresionarme miré hacia arriba, expulsando de mi campo visual al pajarito
embalsalmado. La gorda reía. La punk mía miró a la del pelo verde, miró a la
gorda, sopló el humo de su cigarro contra la nada, no me miró, y sin mirarme tomó
un sorbito de aquella mezcla de Coca Cola y Chianti que estuvo preparando en la
página anterior, pero que yo, con esta prisa por escribirla, había olvidado registrar.
Habló la punk con pájaro
–¿Qué usted quiere? –Nada, sentarme... Estar aquí como una sustancia de
hecho... –dije en cachuzo inglés.
Sin duda mi acento raro acicateó los deseos de saber de la gorda: –¿Dónde
viene usted de...? –ladró.
La pregunta era fuerte, agresiva, despectiva.
–De Sudamérica... Brasil y Argentina –dije, para ahorrarles una agobiante
explicación que llenaría el relato de lugares comunes. Me preguntaba si era inglés:
se asombraba "¿Cómo puede venir uno de Brasil y Argentina sin ser británico?",
imaginé que habría imaginado ella.
¿Sería un inglés? –No. Soy sudamericano, lamentado –dije.
–Gran campo Sudamérica –se ensañaba la gorda.
–Sí: lejos. Así, lejos. Regresaré mes próximo –le respondí.
–Oh sí... Yo veo dijo la gorda mirando fijo a la cara de sapo que hamacó su
cabeza como si confirmase la más elaborada teoría del universo. Entonces habló
por vez primera y sólo para mí mi Muchacha Punk. Tenía voz deliciosa y tímbrica
en este párrafo: –¿Qué usted hace aquí? –quiso saber su melodía verbal.
–Nada, paseo –dije, y recordé un modelo que siempre marchó bien con beatniks
y con hippys y que pensé que podía funcionar con punks. Lo puse a prueba: –Yo
disfruto conocer gente y entonces viajo... Conocer gente, ¿Me entiende?... Viajar...
Conocer... ¡Gente!.. ¿Eh.? ¡Ah..! ¡Así..! ¡Gente..!
Funcionó: la carita de mi Muchacha Punk se iluminaba. –Yo también amo viajar
–fue desgranando sin mirarme–. Conozco África, India y los Estados (se refería a
USA). Yo creo que yo conozco casi todo. ¡Yo no nunca he ido yo a Portugal!
¿Cómo es Portugal? –me preguntó.
Compuse un Portugal a su medida: –Portugal es lleno de maravilla... Hay allí
gente preciosamente interesante y bien buena. Se vive una ola en completo
distinta a la nuestra...
" seguí así, y ella se fue envolviendo en mi relato. Lo percibí por la incomodidad
que comenzaban a mostrar sus punks amigas. Lo confirmé por esa luz que vi
crecer en su carita aristocráticamente punk. Susurraba ella: –Una vez mi avión
tomó suelo en Lisboa y quise yo bajar, pero no permitieron –dijo–: Encuentro que
la gente del aeropuerto de Lisboa son unos cerdos sucios hijos de perra. ¿Es no,
eso ...Lisboa, Portugal?–. La duda tintineaba en su voz.
–Sí –adoctriné, pero en todos los aeropuertos son iguales: son todos piojosos
malolientes sucios hijos de perra.
–Como los choferes de taxi, así son –me interrumpió la gorda, sacudiendo el
humo de su Players.
–Como los porteros del hotel, sucios hijos de perra –concedió la pajarófora
gorda cara de sapo, quieta.
–Como los vendedores de libros –dijo la mía –¡Hijos de una perra!–. Y flotaba en
el aire, etérea.
–Sí, de curso –dije yo, festejando el acuerdo que reinaba entre los cuatro.
Entonces ocurrió algo imprevisto; la de pelo verde habló a la gorda: –Deja
nosotros ir, dejemos a estos trabajar en lo suyo, eh... –y desenrolló un billete de
cinco libras, lo apoyó en el platillo de la cuenta, se paró y se marchó arrastrando
en su estela a la cara de sapo. Bien había visto yo que ellas habían con sumido
diez o quince libras, pero dejé que se borraran, eso simplificaba la narración.
–Bay, Borges –me gritó la cara de sapo desde la vereda, amagando sacar de su
cintura una inexistente espadita o un puñal; entonces yo me alegré de ver tanta
fealdad hundiéndose en el frío, y me alegré aún más, pensando que asistía a otra
prueba de que el prestigio deportivo de mi patria ya había franqueado las peores
fronteras sociales de Londres. Pregunté a mi muchacha por qué no las había
saludado: –Porque son unas ceras sucias hijas de perra.
¿Ve? –dijo mostrándome los billetitos de cinco libras que iba sacando de su
bolsillo para completar el pago de la cuenta. Asentí.
Como un cernícalo, que a través de las nubes más densas de un cielo
tormentoso descubre los movimientos de su pequeña presa entre las hierbas,
atraído por el fluir de las libras, un mozo muy gallego brotó a su lado, frente a mí.
Guiñó un ojo, cobró, recibió los pocos penns de propina que mi muchacha dejó
caer en su platillo, y yo pedí otra botella de Chianti y dos de Coke y ella me
devolvió un hermoso gesto: abrió la boca, frunció un poquito la nariz, alzó la ceja
del mismo lado y movió la cabeza como queriendo devolver la pelota a alguien
que se la habría lanzado desde atrás.
Conjeturé que sería un gesto de acuerdo. Poco después, su manera golosa de
beber la mezcla de vino y Coca Cola, acabó de confirmándome aquella presunción
de momento: todo había sido un gesto de acuerdo.
Me contó que se llamaba Coreen. Era etérea: al promediar el diálogo sus ojos se
extraviaban siguiendo tras la ventana de la pizzería española de Graham Avenue
al viento de la calle. Tomamos dos botellas de Chianti, tres de Coke. Ella
mezclaba esos colores en mi copa. Yo bebía el vino por placer y la Coke por la
sed que habían provocado la pizza, el calor del local y este mismo deseo de
averiguar el desenlace de mi relato de la Muchacha Punk. La convidé a mi hotel.
No quiso. Habló: –Si yo voy a tu hotel, tendrás que a ellos pagar mi permanencia.
Es no sentido –afirmó y me invitó a su casa. Antes de salir pagamos en alícuotas
todo lo bebido; pero yo necesito hablar más de ella. Ya escribí que tenía rasgos
aristocráticos. A esa altura de nuestra relación (eran las 12.30, no había un alma
en la calle, el frío inglés del relato, calaba, los huesos, argentinos, del narrador), mi
deseo de hacerla mía se había despojado de cualquier snobismo inicial. Mi
Muchacha –aristocrática o punk, eso ya no importaba–, me enardecía: yo me
extraviaba ya por ese ardor creciente, ya era un ciego, yo. Yo era ya el cuerpo sin
huellas digitales de un ahogado que la corriente, delatora, entra boyando al fiord
donde todo se vuelve nada. Pero antes, cuando la vi frente a mi vidriera de
Selfridges había notado detalles raros, nítidamente punk, en su tenue carita: su
mejilla izquierda estaba muy marcada, no supe entonces cómo ni por qué, y el
lado derecho de su cara tenía una peculiaridad, pues sobre el ala derecha de su
nariz, se apoyaba –creí– una pieza de metal dorado (creí) que trazando una
comba sobre la mejilla derecha ascendía hasta insertarse en la espiga de trigo,
que creí dorada, afeando el lóbulo de su oreja a la manera de un arete de fantasía.
Del tallo de esa espiga, de unos dos centímetros, colgaba otra cadena, más
gruesa, que caía sobre su cuello libremente y acababa en la miniatura de la lata
de Coke, de metal dorado y esmalte rojo que siempre iba y venía rozándole los
rubios pelos, el hombro, y el pecho, o golpeaba la copa verde provocando una
música parecida a su voz, y algunas veces se instalaba, quieta, sobre su hermosa
clavícula blanca, curvada como el alma de una ballesta, armónica como un golpe
de tai chi. Durante nuestra charla aprendí que lo que había creído antes metal
dorado era oro dieciocho kilates, y descubrí que lo que había creído un grano de
maíz de tamaño casi natural aplicado sobre el ala de su nariz era una pieza de oro
con forma de grano de maíz y tamaño casi natural, sostenido por un mecanismo
de cierre delicadísimo, que atravesaba sin pudor y enteramente la alita izquierda
de su bella nariz. Ella misma me mostró el orificio, haciendo un poco de palanca
con la uña azafranada de su índice, entre el maíz y la piel, para lucir mejor su
agujerito en forma de estrella, de unos cuatro milímetros de diámetro. ¡Estaba
chocha de su orificio... ! Del lado izquierdo, lo que temprano en Oxford Street me
había parecido una marca en su mejilla, era una cicatriz profunda, de unos tres
centímetros de largo, que parecía provocada por algo muy cortante. Surcaban ese
tajo tres costuras bien desprolijas, trabajo de un aficionado, o de algún practicante
de primer año de medicina más chapucero que el común de los practicantes de
medicina ingleses y en ausencia de los jefes de guardia. Segunda decepción del
narrador: la cicatriz de la izquierda, a diferencia de las cositas de oro de su lado
derecho, era falsa. La había fraguado un maquillador y mi muchachita se apenaba,
pues había comenzado a deshacerse por la humedad y por el frío y ahora
necesitaba un service para recuperar su color y su consistencia original.
Poco antes de irnos, ella fue al baño y al volver me sorprendió cavilando en la
mesa: . –¿Cuál es el problema con tú? –me preguntó en inglés–. ¿Qué eres tú
pensando? –Nada –respondí–. Pensaba en este frío maldito que estropea
cicatrices...
Pero mentí: yo había pensado en aquel frío sólo por un instante. Después había
mirado la calle que se orientaba hacia la nada, y había tratado de imaginar qué
andaría haciendo la poca gente que, de cuando en cuando, producía breves
interrupciones en la constancia de aquel paisaje urbano vacío. Toqué el cristal
helado; olí los bordes de la copa verde de ella para reconocer su olor, y volví a
pensar en las figuras que iban pasando tras los cristales, esfumadas por el vapor
humano de la pizzería. Entonces quise saber por qué cualquier humano
desplazándose por esas calles, siempre me parecía encubrir a un terrorista
irlandés, llevando mensajes, instrucciones, cargas de plástico, equipos médicos en
miniatura y todo eso que ellos atesoran y mudan, noche por medio, de casa en
casa, de local en local, de taller en taller, y hasta de cualquier sitio en cualquier
otro sitio. "¿Por qué?" –me preguntaba" ¿Por qué será?" Trataba de entender,
mientras mi bella Muchachita estaría cerquísima pishando, o lavándose con agua
tibia, y cuando apenas tironeé del hilito de la tibieza de su imagen, estalló en mil
fragmentos una granada de visiones y asociaciones íntimas, intensas, pero por
rúas, por argentinas y por inconfesables, poco leales hacia ella. ¿Hay Dios? No
creo que haya Dios, pero algo o alguien me castigó, porque cuando advertí que
estaba siendo desleal e innoble con mi Muchachita Punk y sentí que empezaba a
crecer en mi cuerpo –o en mi alma–, la deliciosa idea del pecado, cruzó por la
vidriera la forma de un ciclista, y lo vi pedalear suspendido en el frío y supe que
ése era el hombre cuyo falso pasaporte francés ocultaba la identidad del ex jesuita
del IRA que alguna vez haría estallar con su bomba de plástico el pub donde yo,
esperando algún burócrata de BAT, encontraría mi fin y entonces cerré los ojos,
apreté los puños contra mis sienes y la vi pasar a ella apurada por la vereda del
pub, zafé de allí, corrí tras ella respirando el aire libre y perfumado de abril en
Londres, y en el instante de alcanzarla sentimos juntos la explosión, y ella me
abrazaba, y yo veía en sus ojos –dos espejos azules que ese hombre que
rodeaban los brazos de mi Muchacha Punk no era más yo, sino el jesuita de piel
escarbada por la viruela, y adiviné que pronto, entre pedazos de mampostería y
flippers retorcidos, Scotland Yard identificaría los fragmentos de un autor' que
jamás pudo componer bien la historia de su Muchacha Punk. Pero ella ahora
estaba allí, salía del texto y comenzaba a oír mi frase: ' –Nada... pensaba en este
frío maldito que arruina cicatrices... –oía ella.
Y después inclinaba la cabeza (¡chau irlandeses!), me clavaba sus espejos
azules y decía "gracias", que en inglés ("agradecer tú", había dicho en su lengua
con su lengua), y en el medio de la noche inglesa, me hizo sentir que agradecía mi
solidaridad; yo, contra el frío, luchando en pro de la consevación de su preciosa
cicatriz, y que también agradecía que yo fuera yo, tal como soy, y que la fuera
construyendo a ella tal como es, como la hice, como la quise yo.
Debió advertir mis lágrimas. Justifiqué: –Tuve gripe. . . además. . . ¡El frío me
entristece, es un bajón...! "¡lt downs me!" traduje–. ¡Eso abájame! –¡Vayamos al
hotel! –dije yo, ya sin lágrimas.
–¡Hotel no! –dijo ella, la historia se repite.
No insistí. Entonces no sabía –sigo sin saber–, cómo puede alguien imponer su
voluntad a una muchacha punk. Salimos al frío; calaba. Los huesos. Ni un alma.
Por las calles. Llamé a un taxi. El no paró. Pronto se acercó otro. Se detuvo y
subimos. Olía a transpiración de chofer y a gas oil. Mi Muchacha nombró una calle
y varios números. imaginé que viviría en un barrio bajo, en una pocilga de
subsuelo, o en un helado altillo y calculé que compartiría el cuarto con media
docena de punks malolientes y drogados, que a esa altura de la noche se
arrastrarían por el suelo disputando los restos de la comida, o, peor, los restos de
una hipodérmica sin esterilizar que circularía entre ellos con la misma arrogante
naturalidad con que nuestros gauchos se dejan chupar sus piorreicas bombillas de
mate frío y lavado. Me equivoqué: ella vivía en un piso paquetísimo, frente a Hyde
Park. En la puerta del edificio decía "Shadley House". En la puerta de su
apartamento –doble batiente, de bronce y de lujuria –decía "R. H. Shadley".
–Es la casa de mi familia –dijo humilde mi Punk y pasamos a una gran
recepción. A la derecha, la sala de armas conservaba trofeos de caza y
numerosas armas largas y cortas se exhibían junto a otras, más medianas, en
mesas de cristal y en vitrinas. A la izquierda, había un salón tapizado con capitoné
de raso bordeaux que brillaba a la luz de tres arañas de cristal grandes como
Volkswagens. El pasillo de entrada desembocaba en un salón de música, donde
sonaban voces. Al pasar por la puerta ella gritó "hello" y una voz le devolvió en
francés una ristra de guarangadas. Detrás pasaba yo, las escuché, memoricé
nuestra oración "queterrecontra" y con una mirada relámpago, busqué la boca
sucia y gala en el salón. No la identifiqué. En cambio vi dos pianos, una pequeña
tarima de concierto, varios sillones y dos viejos sofás enfrentados.
Entre ellos, sobre almohadones, media docena de punks malolientes fumaban
haschich disputando en francés por algo que no alcancé a entender.
Un negro desnudo y esquelético yacía tirado sobre la alfombra purpúrea. Por su
flacura y el color verdoso de su piel me pareció un cadáver, pero después vi sus
costillas que se movían espasmódicamente y me tranquilicé: epilepsia.
Imaginé que el negro punk entre sus sueños estaría muriéndose de frío, pero no
sería yo quien abrigase a un punk esa noche de perros, estando él, punk,
reventado de droga punk entre tantos estúpidos amigos punk.
Copamos la cocina. Mi Muchacha me dijo que los batracios del salón de música
eran "su gente" y mientras trababa la puerta me explicó que estaban enculados
("angry", dijo) con ella, porque les había prohibido la entrada a la cocina. Ellos
argumentaban que era una "zorra mezquina", creyendo que la veda obedecía a su
deseo de impedir depredaciones en heladeras y alacenas, pero el motivo eran las
quejas y los temores de los sirvientes de la casa, que en varias oportunidades
habían topado contra semidesnudos punks que comían con las manos en un área
de la casa que el personal consideraba suya desde hacía tres generaciones y en
la que siempre debían reinar las leyes de El Imperio. Ese día había recibido
nuevas quejas del ama de llaves, pues uno de los punks, el marroquí, había
estado toqueteando las armas automáticas de la colección y cuando el viejo
mayordomo lo reprendió, el punk le había hecho oler una daga beduina, que
siempre llevaba pegada con cinta adhesiva en su entrepierna. Coreen estaba
entre dos fuegos y muy pronto tendría que elegir entre sus amigos y la
servidumbre de la casa. Vacilaba: –Son unos cerdos malolientes hijos de perra –
me dijo refiriéndose a los dos franceses, cl marroquí, el sudanés y el americano,
quien además –contenía "costumbres repugnantes". No pude saber cuáles, pero
me senté en un banquito a imaginar media docena de posibilidades punk, mientras
ella filtraba un delicioso café con canela. Cuando la cafetera ya borboteaba, me
contó que aquel departamento había sido de los abuelos de su madre, que era
una crítica de museos que trabajaba en New York. El padre, veinte años mayor, se
había casado por prestigio, tomando el apellido de la mujer cuando lo hicieron
caballero de la reina vieja en recompensa de sus 'sevicios de espía, o policía, en
la India.
Vinculado a la compañía de petróleo del gobierno, el viejo había hecho una
apreciable fortuna y ahora pasaba sus últimos años en África, administrando
propiedades. Mi Muchacha Punk lo admiraba. También admiraba a su madre. No
obstante, al referirse a las relaciones de los dos viejos con ella y con su hermana
mayor, puntualizó varias veces que eran unos "hijos de perra malolientes". Creí
entender que había un banco encargado de los gastos de la casa, los sueldos de
los sirvientes y choferes y las cuentas de alimentos, limpieza e impuestos, y que
las dos muchachas –la mía y su hermana recibían cincuenta libras. "Cerdos
malolientes", había vuelto a decir tocándose la cicatriz y explicando que el service
–que en tiempos de humedad debía realizarse semanalmente le costaba
veinticinco libras, y que así no se podía vivir. Pedía mi opinión. Yo preferí no tomar
el partido de sus padres, pero tampoco quise comprometerme dando a su posición
un apoyo del que, a mí, moralmente, no me parecía merecedora. Entonces la
besé.
Mientras bebía el café la muchacha salió a arreglar algunos asuntos con sus
amigos. Yo aproveché para mirar un poco la cocina: estábamos en un cuarto piso,
pero uno de los anaqueles se abría a un sótano de cien o más metros cuadrados
que oficiaba de bodega y depósito de alimentos. Había jamones, embutidos y
ciento cuarenta y cuatro cajas con latas de bebidas sin alcohol y conservas. vi
cajones de whisky, de vinos y champañas de varias marcas.
Contra la pared que enfrentaba a mi escalera, dormían millares de botellas de
vino, acostadas sobre pupitres de madera blanca muy suave.
Había olor a especias en el lugar. Calculé un stock de alimentos suficiente para
que toda una familia y sus amigos argentinos sitiados pudiesen resistir el asedio
del invasor normando por seis lunas, hasta la llegada de los ejércitos libertadores
del Rey Charles, y al avanzar los atacantes, obligándonos a lanzar nuestras
últimas reservas de bolas de granito con la gran catapulta de la almena oeste,
apareció otra vez mi princesita punk, que repuesta del fragor del combate, volvía a
trabar la puerta con dos vueltas de llave y me miraba, carita de disculpa.
Yo dije, por decir, que me parecía justificado el temor de sus sirvientes. "Nunca
se sabe", dije en español, y le aclaré en inglés "es no fácil saber". Ella se encogió
de hombros y dijo que sus amigos eran capaces de cualquier cosa, "como pobre
Charlie". Quise saber quién era "pobre Charlie" y me contó que era un pariente,
que se había hecho famoso cuando arrancó las orejas de una bebita en Gilderdale
Gardens pero que ahora envejecía olvidado en un asilo cercano a Dundall,
fingiéndose loco, para evitar una condena.
Entonces volvió a preguntar mi nombre y el de mis padres y se rió. También
volvió a hablarme de su cicatriz que había costado cincuenta libras: el precio de su
pensión semanal, "como una substancia de hecho". El banco le liquidaba
cincuenta libras por semana a mi Muchacha y otras tantas a su hermana mayor,
pero el maquillaje requería service. (Estoy seguro de haberlo escrito, pero ella
volvía a contármelo y yo soy respetuoso de mis protagonistas. El arte –pienso
debe testimoniar la realidad, para no convertirse en una torpe forma de onanismo,
ya que las hay mejores.) Necesitaba service la cicatriz y le impedía, entre otras
cosas, la práctica de natación y de esquí acuático. Coreen adoraba el esquí y las
largas estadías al aire libre en tiempo de humedad y me invitó con un cigarrillo de
marihuana: un joint. Lo rechacé porque había bebido mucho, me sentía ebrio de
planes, y no quería que una caída súbita de mi presión los echara a perder. Mi
Muchacha empapaba el papel de su pequeño joint con un líquido untuoso que
guardaba en la miniatura de Coke de su colgante de oro. "Aceite de heroína",
explicó. Ella había sido adicta y friendo ese juguito que impregnaba el papel y la
yerba, tranquilizaba sus deseos.
Hacía un año que venía abandonando el hábito, temía recaer en los pinchazos
que habían matado a sus mejores amigos una noche en París –septicemia y ahora
quería curarse y salir de aquello porque su pensión no le alcanzaba para solventar
el hábito: ya bastantes problemas le traía el service de su maquilladora. Después
volvió a dejarme solo en la cocina, fue al baño y yo robé del sótano una lata de
queso cammembert, y a medida que me lo iba comiendo con mi cuchara de
madera, hice una recorrida por las dependencias de la cocina: arte testimonial.
Amén de varios hornos verticales, y un gran hogar revestido de barro para hacer
pan en la sala contigua tenían una máquina de asar eléctrica, con un spiedo que
mediría tres metros de ancho por uno de circunferencia. Calculé que un pueblo en
marcha hacia la liberación podía asar allí media docena de misioneros mormones
ante un millar de fervientes watussi desesperados por su alícuota de dulzona
carne de misionero mormón rotí. Más allá de la sala estaba el depósito de tubos
de gas, leñas, carbón y especias. Olía a ajo el lugar, pero no vi ajo sino ramas de
laurel y bolsas de yute con hierbas aromáticas que no supe calificar. ¿Romero?
¿Peter Nollys? ¿Kelpsias? ¡vaya uno a distinguir las sofisticadas preferencias de
esos maniáticos magnates británicos...! Cuando Coreen –mi Muchacha Punk,
dueña y señora de la casa volvía del –baño, trabó la puerta que separaba la
cocina del office –al que ella llamaba "hogar" en inglés de los salones donde
seguían gritándose barbaridades sus amigos. Ignoro lo que habrán dicho ellos,
pero como resumen dijo que eran unos piojos hijos de perra; grave. Prendió otro
joint con la brasa de mis 555, y –¡Achalay!– nos fuimos con él a apestar el
dormitorio de su hermana, donde, dormiríamos, pues el suyo venía desordenado
de la tarde anterior.
El pasillo que llevaba a los cuartos, estaba custodiado por grandes cuadros que
parecían de buena calidad. Reparé en el piso: listones de roble enteros se
extendían a lo largo de quince o veinte metros. Sin alfombra ni lustre alguno, la
madera blanca repulida me evocó la cubierta de aquellos clippers que se hacía
construir la pandilla de nobles que rondaba a Disraeli para gastar sus vacaciones
en Gibraltar. ¡Un derroche! El cuarto de la hermana era amplio, sobriamente
alfombrado, y en un rincón había una piel de tigre, en otro, una de cebra viel y
otras pieles gruesas que supuse serían de algún lanar exótico, pues eran más
grandes que las pieles de las ovejas más grandes que mis ojos han visto y que las
que cualquier humano podría imaginar con o sin joints embebidos en substancias
equis.
Nos acostamos. Tercera decepción del narrador: mi Muchacha Punk era tan
limpia como cualquier chitrula de Flores o de Belgrano R. Nada previsible en una
inglesa y en todo discordante con mis expectativas hacia lo punk. ¡Las sábanas...!
¡Las sábanas eran más suaves que las del mejor hotel que conocí en mi vida! Yo,
que por mi antigua profesión solía camouflarme en todos los hoteles de primera
clase y hasta he dormido –en casos de errores en las reservas que de ese modo
trataron los gerentes de repararen suites especiales para noches de bodas o para
huéspedes VIP, nunca sentí en mi piel fibras tan suaves como las de esas
sábanas de seda suave, que olían a lima o a capullitos de bergamota en vísperas
de la apertura de sus cálices. Tercera decepción del lector: Yo jamás me acosté
con una muchacha punk. Peor: yo jamás vi muchachas punk, ni estuve en
Londres, ni me fueron franqueadas las puertas de residencias tan distinguidas.
Puedo probarlo: desde marzo de 1976 no he vuelto a hacer el amor con otras
personas. (Ella se fue, se fue a la quinta, nunca volvió, jamás volvió a llamarme.
La franquean otros hombres, otros. Nos ha olvidado; creo que me ha olvidado).
Cuarta decepción del narrador: no diré que era virgen, pero era más torpe que la
peor muchacha virgen del barrio de Belgrano o de Parque Centenario. Al
promediar eso (¿el amor?) le largó a declamar la letanía bien conocida por
cualquier visitante de Londres: "ai camin ai camin ai camin ai camin ai camin",
gritaba, gritaba, gritaba, sustituyendo los conocidos "ai voi ai voi ai voi ai voi" de
las pebetas de mi pago, que sumen al varón en el más turbado pajar de dudas
sobre la naturaleza de ese sitio sagrado hacia el que dicen ir las muchachas del
hemisferio sur y del que creen venir sus contrapartidas británicas. Pero uno hace
todo esto para vivir y se amolda. ¡vaya si se amolda! Por ejemplo: Y después se
durmió. Habrá sido el vino o las drogas, pero durmió sonriendo, y su cuerpo fue
presa de una prodigiosa blandura. Miré el reloj: eran las 5.30 y no podía pegar un
ojo, tal vez a causa del café, o de lo que agregamos al café.
Revisé los libros que se apilaban en la mesa de luz del cuarto de la hermana (le
mi Muchacha Punk. ¡Buenos libros! Blake, Woolf, Sollers: buena literatura.
¡Cortázar en inglés! (¡Hay que ver en una de esas camas señoriales lo que parece
el finado Cortázar puesto en inglés!) Había manuales de física y muchos números
de revistas de ciencias naturales y de Teoría de los Sistemas.
Separé algunas para informarme qué era esa teoría que yo desconocía pero que
justificaba tina publicación mensual que ya iba por el número ciento treinta y
cuatro. Las miré. interesante: enriquecería mi conversación por un tiempo.
Andaba en eso citando llegó la hermana de mi Muchacha Punk con su novio. La
chica dijo llamarse Dianne y era naturista, marxista, estudiaba biología, odiaba las
drogas, despreciaba a los punks y no tomó nada bien que estuviésemos
acostados en su cuarto, pero disimuló. Cuando le hablé, su expresión se hizo aún
más severa como reprochando que un desnudo, desde su propia cama, se
dirigiese a ella en un inglés tan choto.
No le gusté y ella no pudo disimularlo más.
En cambio el novio me mostró simpatía. Era estudiante de biología, naturista,
marxista, odiaba profundamente a las punks y manifestó un intenso desprecio
hacia las drogas y sus clientes.
Creo que de no haber mediado el episodio del encuentro y la irritación de su
novia, habríamos podido entablar tina provechosa amistad. Me convidaron con sus
frutas, algo muy delicioso, parecido al níspero y muy refrescante, que erradicó de
mis encías el gustito a Coreen. Ella, a pesar de nuestra conversación en voz muy
alta, mis gritos angloargentinos, mis carcajadas y 1()s mendrugos de risa que
alguno de mis chistes lograron de la bióloga, no despertaba.
Dije a los chicos que me vestiría y que debía partir pues me –esperaban en mi
hotel. Ellos dijeron que no era necesario, que siempre dormían en el suelo por
motivos higiénicos y que yo podía seguir leyendo, pues "'la luz de la luz no nos
molesta". Así dijeron. Se desnudaron, se echaron sobre una piel de oso y se
cubrieron hasta los ojos con una manta hindú. De inmediato entraron en un
profundo sueño y los vi dormir y respirar a un mismo ritmo, boca arriba y
agarraditos de las manos. Pero yo no podía dormir; apagué la luz de la luz y
estuve un rato velando y escuchando el contraste entre las respiraciones
simétricas de la pareja, y la de Coreen, más fuerte y de ritmo más que sinuoso.
Prendí la luz y revisé el reloj: serían las siete, pronto amanecería. Acaricié los
pelos de mi Muchacha, su carita, sus lindísimos hombros y sus brazos, y casi
estuve a punto de hacer el amor una vez más, pero temí que un movimiento
involuntario pudiese despertarla. Aproveché para mirar su piel delicada y suave.
Nada punk, muy aristocrática la piel de mi Muchacha. Le estudié bien el agujerito
de la nariz: medía seis milímetros de ancho y formaba una estrella de cinco
puntas. ¿O eran cinco milímetros y la estrella tenía seis puntas? Nunca lo volveré
a mirar. Para esta historia basta consignar que estaba dibujado con precisión y
que debió ser obra de algún cirujano plástico que habrá cargado no menos de
quinientos pounds de honorarios. ¡Un derroche! Miré la cicatriz de la mitad
izquierda de mi chica: había perdido más color y estaba apelmazada por el roce
de mi mentón que la barba crecida de dos días tornó abrasivo. Me apenó imaginar
que en la tarde siguiente, al despertar, mi Muchachita Punk me guardaría rencor
por eso. Escribí un papelito diciendo que el service quedaba a mi cargo y lo dejé
abrochado con un clip junto a un billete de cincuenta libras que había comprado
tan barato en Buenos Aires, en la garganta de su botita de astrakán. Así asumía
mi responsabilidad, y ella no necesitaría esperar otra semana para poner su
cicatriz a cero kilómetro. Actué como hombre y como argentino y aunque nadie
atine nunca a determinar qué espera un punk de la gente, yo no podía permitir que
al otro día mi Muchachita se amargase y anduviera por todas las discotheques de
Londres insinuando que nosotros somos unos hijos de perra que perturbamos sus
cicatrices y no pagamos el service, desmereciendo aún más la horrible imagen de
mi patria que desde hace un tiempo inculcan a los jóvenes europeos. Me vestí. Al
dejar el cuarto apagué las luces. Para salir destrabé la cerradura de la cocina pero
volví a cerrarla y deslicé la llave bajo la puerta. Los punks seguían peleando: el
africano reprochaba a los otros no haberlo despertado para la cena. Otro lloraba,
creo que era el francés.
Después oí una sílabas rarísimas: era alguien que hablaba en holandés.
Gracias a Dios no me vieron y encontré un taxi no bien salí a la calle, fría como
una daga rusa olvidada por un geólogo ruso recién graduado en la heladera de un
hotel próximo a las obras suspendidas de Paraná Medio.
La tarde siguiente, leí en The Guardian que durante la noche catorce
vagabundos, a causa del frío, habían muerto, o crepado, estirando sin rencor sus
veintitantas vagabundas patas inglesas, en pleno corazón de la ciudad de
Londres.
Hicieron no sé cuántos grados Farenheit; calculo que serían unos diez grados
bajo cero, penique más, penique menos. En el hotel me pegué un baño de
inmersión y calentito y con el agua hasta la nariz leí en la edición internacional de
Clarín las hermosas noticias de mi patria. Quise volver.
Al día siguiente 'volé a Bonn y de allí fui a Copenhague. Al cuarto día estaba lo
más campante en Londres y no bien me instalé en el hotel quise encontrar a mi
Muchacha Punk. No tenía su teléfono; su nombre no figura en el directorio de la
vieja ciudad. Corrí a su casa. Me recibió amistosamente Ferdinand, el novio de la
hermana: mi Muchacha estaba en New York visitando a la madre y de allí saltaría
a Zambia, para reunirse con el padre. volvería recién a fines de abril, y él no me
invitaba a pasar porque en ese momento salía para la universidad, donde daba
sus clases de citología. Tipo agradable Ferdinand: tenía un Morris blanco y negro
y manejaba con prudencia en medio de la rougb hour de aquel atardecer de
invierno. Se mostró preocupado porque hacía un año le venían fallando las luces
indicadoras de giro del autito. Le sugerí que debía ser un fusible, que seguramente
eso era lo más probable que le sucedería al Morris. Rumió un rato mi hipótesis y
finalmente concedió: –No lo sé, tal vez tengas razón...
Me dejó en victoria Station, donde yo debía comprar unos catálogos de armas y
unos artículos de caza mayor para mi gente de Buenos Aires.
Nos despedimos afectuosamente. El armero de Aldwick era un judío inglés de
barbita con rulos y trenzas negras, lubricadas con reflejos azules.
Entre él y el librero de victoria Embankment –un paquistaní– acabaron de
estropearme la tarde con su poca colaboración y su velada censura a mi acento.
El judío me preguntó cuál era mi procedencia; el pakistano me preguntó de dónde
yo venía. Contesté en ambos casos la verdad. ¿Qué iba a decir? ¿Iba a andar con
remilgos y tapujos cuando más precisaba de ellos? ¿Qué habría hecho otro en mi
lugar...? ¡A muchos querría ver en una situación como la de aquel atardecer
tristísimo de invierno inglés...! Oscurecía. Inapelable, se nos estaba derrumbando
la noche encima. Cuando escuchó la palabra "Argentina", el armero judío hizo un
gesto con sus manos: las extendió hacia mí, cerró los puños, separó los pulgares
y giró sus codos describiendo un círculo con los extremos de los dedos. No
entendí bien, pero supuse que sería un ademán ritual vinculado a la manera de
bautizar de ellos.
El paqui, cuando oyó que decía "Buenos Aires, Argentina, Sur" arregló su
turbante violeta y adoptó una pose de danzarín griego, tipo Zorba (¿O sería una
pose de danza del folklore de su tierra...?). Giró en el aire, chistó rítmicamente,
palmeó sus manos y (cantó muy desafinado la frase "cidade maravilhosa
dincantos mil", pero apoyándola contra la melodía de la opereta Evita.
Después volvió a girar, se tocó el culo con las dos manos, se aplaudió, y se
quedó muy contento mostrándome sus dientes perfectos de marfil.
Sentí envidia y pedí a Dios que se muriera, pero no se murió. Entonces le sonreí
argentinamente y él sonrió a su manera y yo miré el pedazo visible de Londres
tras el cristal de su vidriera: pura noche era el cielo, debía partir y señalé varias
veces mi reloj para apurarlo. No era antipático aquel mulato hijo de mala perra,
pero, como todo propietario de comercio inglés, era petulante y achanchado: tardó
casi una hora para encontrar un simple catálogo de Webley & Scott. ¡Así les va...!


Invalid Litter Dept.


At the Drive-In.





"Invalid Litter Dept."

intravenously polite it was the walkie-talkies
that had knocked the pins down
as their shoes gripped the dirt floor
in the silhouette of dying
dancing on corpses' ashes

yeah, they had plans for him
they has spun the last of the pimps
polyester, satin nailed jewelry lips
while the guillotine just laughed again
dancing on the corpses' ashes

paramedics fell into the wound
like a rehired scab at a barehanded plant
an anesthetic penance beneath
the hail of contraband

they had been defected and excommunicated
and all the pulses were subverted
and they made sure the obituaries
showed pictures of smoke stacks

a vivid dissection that mocked
the strut of vivisection
semi-automatic colonies
and a silencing that still walks the streets

in the company of wolves
was a stretcher made of
cobblestone curfews
the federales performed
their custodial customs quite well

callous heels
numbed in travel
endless maps made
by their scalpels

on my way
nails broke and fell
into the
wishing well

  • Publicado: Domingo, 23 Diciembre 2007 21:15:43 GMT
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Bastardaje II





Y catando la ausente caridad
palpo la codicia del amor,
es el horno macabro
en que miles de veces cae,
caigo.
Esperanzado,
mi esperanza…
Alimenta,
nutre
la ceniza
y tu cama lengua.
Recibes la humedad
del trago…
La amarga sequedad
y la soldada de mi afecto.
Mutilado, cobrizo,
mudando
a cada instante
en cada rápida imagen
que tus cámaras
de carnicera,
cuelgan de sus dedos garfio…

La línea es una paralela,
oblicua oquedad,
túneles de cera
que en su costra fermentada,
revelan el rostro.
La enajenación bruja,
la paridad de nuestro sexo.
Allí preso de tu maraña
furibunda…
Soy cualquiera, luego otro,
Más tarde mientras
llueve mi costado,
vuelvo a ser yo mismo
y pierdo mi principio,
la identidad de mis ojos,
el color de mis pies,
la rapidez de mi boca
y ya no se qué puede ser,
lo que rezo y como,
lo que tengo y deje pasar…
pues en tu centro
gravitatorio,
las partes de mi trizada
figura…
son un recordatorio,
opaco,
mustio,
anegado
de un retrato que olvide…
Es el canto del pájaro mudo,
la sórdida difamación,
la carcajada irresponsable,
la droga en mi párpado
y nueva-mente
la mente re-nueva,
el friolento
trato,
el acuerdo tácito,
la violencia
de ese
útero a la moda,
que anda
pariendo,
despojos…


Autor: Daniel Rojas P.






Helor.




Mudo manco,
eléctrico relámpago.
El dios cieno,
rodea nenúfares sinópticos;
muladares y labios
lluviosa blanca roca.

Retozando en las brumas,
veleidades belicosas.

El regazo de mujer gorda,
un cencerro pende de su ombligo
y cobija el uni-verso.

De tus amados rencores;
de tus sucintas pretensiones.
Helminto tu hijo;
reside jocoso
en las floraciones huecas.
El osario de tus labios, las cuencas
desastrosas.

Astroso, desértico,
padre oído
excelso pájaro
con rostro de niño amargo…
Marino en las dunas,
arenales pasajes del tiempo.
Odio.
Y
la gruta sabia, precipita cóncavos cuerpos.
Tus manos reciben el sacro vertedero,
emociones y
poesías ardiendo.


Autor: Daniel Rojas Pachas.

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Bastardaje I



Formulas reptantes, hondan la vanidad del llanto, esa críptica necesidad del yo

y la alteridad crucificada,
desnuda,

arrastrada por los confines del abandono.

Son los huérfanos del alma, los porno-míseros que tienden su emoción,

al alba cristalina y enferma,
a la noche cerrada,

que pende de una sonrisa afable que todo el tiempo de todas las otras noches,

menos ambiguas y descorazonadas, le niegan

sin piedad.

Y como dios manda, tu dios: el fuego,

se prende el terrón infame de esta maldita cumbre de primates grandilocuentes.

Y la ardiente negación regresa,
sintoniza la desconfianza.

En nuestra maldad encarada, descansa un tango hipnotizado por su gloria ignota

y sabia tentación de pasajes bellos,

aún no han sido recorridos por los pies descalzos

y tallos mágicos
de la enredadera humana…

Por qué lloras madre, pregunto confundido

y luego corro,

corro entronizado por las callejuelas de mi desdicha

temiendo la respuesta.

Soy yo la desgracia y la poesía o sólo un refugio pasajero.

Soy yo la otredad que carcome tu vientre rutilante,

tu juventud desaforada que aguanta y vuelve al cauce de su inocente miedo…

Tan devastador es el reflejo, en verdad; saberse un sabedor.

Rata pensante, carcomida desde el rabo a la cabeza,

por la furia de los dientes y esas millones de interrogantes.

Este roer y saltar vallas,

se ha vuelto un maratón y cataclismo… Idas y venidas,

tantos cruces y circunvalaciones.

Soy entonces un narciso erostrato, un errado enamorado de su imagen al viento.

Odiando al mundo,
sin nada mejor que hacer

que pasar al recuerdo. Al inconsciente colectivo,

con el horror de mis arrebatos
y el tatuaje perenne.
Ese retorno constante y fallido
de mi violación a la cordura.
De mis remansos atávicos,
de mis desviaciones genuinas,
nace este canto infame,

esta impúdica salvación a mi propio utero

y la gesta de mi nacimiento nuevo, que se reconoce en la resurrección del error

y la palpitación del henchido mal.
Oculto en los numerosos
vacíos de una corriente desconectada,
drenan el raud odintel
a mi propia destrucción.

Las uñas largas, el cabello como un océano de relámpagos.

No despejan,

la polvareda ominosa de mi abrevadero…

Allí,
aquí,
acá,
allá,
destronado en la puerta del sol.
Desuso mis espasmos
y las variantes de la carcajada…
Tu desnudez empalma con mi vacilar

y mi blasfemia se materializa, en solipsismos de autoengaño y autoafirmación.

A quién engaño y afirmo,

si no es a mi mismo, a este íncubo fracasando,

en las aceras delicadas, del yacer en soledad…


Autor: Daniel Rojas P



God Bless America.





Una metáfora de la política norteamericana, directo hacia el mundo, un arma de destrucción masiva (Governator) sin palabras, empuñando su metralleta con un feretro sobre los hombros...

No hay mejor poesía que esa...

Ultramotiv.





Rebobinado, somnoliento

Prendido apagado, sin batería y recargado

en los múltiples huecos.

Pálidos vacíos, rellenos de porquería y sonidos muertos.

La voz de mi generación, encontrada

y yo,

que preferiría se perdiese…

Tú.

¿Qué me dices?

¿Qué crees?

En cada poema y delirio,

en cada despertar onírico y oneroso,

Luzco tu sueño.

Lúcido vuelvo al cauce enfermo,

al vomitar de la raza humana.

Desde la cutícula rota

por la mirada sarnosa.

La portezuela agrietada muestra,

esa infame alteridad.

Esa maniaca alteridad.

Nos-otros

que nos hace

Objetos.


Autor: Daniel Rojas P.


Poeta+arica, poesía+ariqueña, escritor, Daniel+Rojas+Pachas, carrollera, música+histórica, Daniel+Rojas, escritor+ariqueño, escritor+chileno, poeta+chileno

Leitmotiv.






Quiebra el escudo
la imantada imagen.
Atraviesa lo pasmado celular.

El recurrir rumiante de rezos,

esos rezos;
míos no son.
Tuyos, creo que no.
Nos enseñaron a creer,

nos enseñaron a pensar temiendo.

El placer.
La bendita túnica,
cubre nuestro
escaso tiempo.
Aún no logro,

romper el espejo de mis creencias,

descubrir el sol,
cabalgar la tierra.
Ojalá mañana,
no amanezca.


Autor: Daniel Rojas P.

Bukowski





Vallejo escribiendo sobre la soledad
mientras muere de hambre;
la oreja de Van Gogh
rechazada por una prostituta;
Rimbaud buscando oro en África
encuentra una sífilis incurable;
Beethoven, sordo;
Pound arrastrado en una jaula por las calles;
Chatterton comiendo veneno para ratas;
el cerebro de Hemingway
escurriendo en el jugo de naranja;
Pascal cortándose las venas en la bañera;
Artaud encerrado con los locos;
Dostoievsky estrellado contra una pared;
Crane lanzándose a las hélices de un barco;
Lorca baleado por soldados españoles;
Berryman saltando de un puente;
Burroughs baleando a su esposa;
Mailer acuchillando a la suya;

—eso es lo que ellos quieren,
un maldito espectáculo,
una marquesina iluminada
en medio del infierno.
Eso es lo que ellos quieren,
ese racimo de anodinos inarticulados
inocuos aburridos admiradores de carnavales.

Autor: Charles Bukowski

Comunión




Y vienen aquí de nuevo
como furiosa embestida inconsciente,
esos ojos tendidos, en la línea magna de lo misericorde.
Ellos son la sombra cuerda
Las batientes alas del negro ejército.
Podridas almas
esperan la consulta ingrata,
el beso tuerto y la opaca pila,
manos bañadas en gracia enferma.
La purga digital
recita y baila
destila elogios y confabula sueños aborto.
Existencias negli-gentes
y su consumación,
fábrica concreta
de rápido atragantarse y aún más veloz degradar.
Compradas en el baratijo de la historia,
son prueba fehaciente
del errado círculo.
Feliz com-unión…
a todos, esos entes globales.





Autor: Daniel Rojas P



El sol esta por salir.






El sol esta por salir, amo estas horas imprecisas en que la naturaleza desafía al arte con su gusto por degradar tonos opacos y luminosas aberturas aéreas… cubierto por la sal y arena… algo inexplicable, indefinible que ni siquiera intento pensar, tan sólo reconocer,
destila el hondo vació del fin. Es un placer real, protegido por solidarias capas… bellos segundos para contraer los pulmones y dejarse marear por la inmensidad, la plenitud infinita… sentir que todo terminará pronto… más allá del humo y la polvareda frenética… No vale la pena recordar… ahora estoy aquí…


-Trata de respirar… así lento, no te muevas, guarda energía L, pronto llegarán los helicópteros… vamos, no intentes hablar… ¿qué? Quieres que te acerque al mar, a la orilla… vamos L, no vale la pena… sólo aguanta… estas en shock aguanta quieres… debemos esperar… aguanta L, aguanta…


-Muéranse chinos de mierda, fritos como pescado… jajajajaja… quiero aloz con mis pescado señol… jajajajaj saluden a Ho Chi Minh en el infierno


-F, qué demonios haces, apaga esa maldita cosa lunático imbecil… apágala te digo… Esto no es un juego… que no te das cuenta que debemos salir de aquí… estamos rodeados… era una emboscada hombre, una trampa… el resto esta esperándonos en la playa… En el punto de encuentro… hay que moverse…


-¿De qué hablas?


-de la playa tío, la playa… han hecho la llamada, G se llevo a los que pudo junto a L y están ahí… esperándonos… debemos darnos prisa… Vamos hombre, yo no quiero morir aquí, vámonos…


-Yo no voy…

-pero qué dices, debes estar bromeando…


-no que va, yo de aquí, no me muevo… no sin saldar cuentas con estos comemierda, no a esta altura del partido…


-Deja eso F, no te parece que ya fue suficiente… lo que hemos hecho… qué quieres ahora… quemar toda la condenada villa…


-Si es necesario… si es necesario lo haré.


-Estas demente… son civiles viejo… niños y ancianos, sólo eso, mocosos y abuelos, hay que dejarlos en paz… eran cebo nada más… lo único que querían era traernos aquí… ahora debemos irnos…


-Mira escuálido… yo no me enrole para hacer amigos y jugar al rescate del espíritu humano…


-Pero nos están masacrando allí fuera, míralo tu mismo… tenemos que reagruparnos y esperar a los helicópteros… como nos dijeron… ¿vienes o no? dime… ¿vienes o no?



-Surcando el cielo con mi amigo en brazos, aún sostengo la helada jeringa de morfina entre los dedos y a medida que el motor de esta bestia brama cortando la pálida mudez… pienso en los que quedaron atrás y nos alejamos y vuelvo a pensar en ellos y veo sus cuerpos entre un verde palúdico y mostazas corrientes… la selva arde, la villa es un cenicero y las anónimas ráfagas muerden hasta devorar la idea de esos rostros ausentes. Sus siluetas tan sólo puedo imaginarlas, corriendo de un lado a otro como insectos justicieros, saldando una afrenta que nace de una lucha mayor, estúpida pero más grande que nuestras vidas y sin saber por qué… no puedo llorar, sólo me queda la mueca de L, esa extraña postura de sus labios… quizá soñando sin respirar, con este paraíso profanado…


Autor: Daniel Rojas P.

Thanato-Marte.



Sacude tu piensa-ser.

Esa piente serpentosa,

delinea

la voraz dantesca,

boca de libertina águila.



Vorágine retorcida

en la cumbre radical.

Con desdeñosa vigilia

de tu Partenón encanecido,

pardas murallas y franjas multicolor,

erectan enjutas cercas

y lanzas coloradas,

penetran

la regia global.



Cuerpos famélicos

cuelgan de tu tripa derecha

y el mercado de organismos

palabra,

gozan un alza

del noventa por ciento.

Noventa cadáveres, cada vez

más pequeños

y desnutridos cadavéricos.



Pulsa e impulsa, maestro matador,

la lógica repulsa de tu imperial predio.

El bursátil dígito,

la comatosa pantomima

de tu risa de mula.



El apocalípto muladar,

muda y asalta,

las carreteras

con pancartas…

de neón púrpura y fecal

ham-burgues…

Desayuna cerebros y

bloody Cola,

cae del riñón humanitario,

y suelta los huesos

de revolucionarios mimos…

Así se cumple la sagrada promesa,

dulce Arcadia, soñada en

castillos de castrada

castellanidad.



Cargando al bebe,

bailas entre jovencitas puercas

y un brandy y careta ominosa,

son tu patrimonio cultural.

Cortaespinas, dorsalvagina.

Instaura en tus pies callosos

a la reina de ases, la pútrida hembra

de tu lascivia poética…



El ministerio de tu mirada,

es arriero de primates,

usan cinturón y

raudos crecen a raudales, en los tallos partidistas.

Los pretores, ediles mascatabaco,

Escribe-libelos y yemas de papel sellado.

Son tu conclave de cortesanos.

Doctos pater familias,

lamen tu gloria

y empapan con seminales elogios,

la campaña que emprende,

tu pesadilla a cuatro patas.



Los jinetes del génesis hambreado,

son la majamama esplendida.

El traje con charretera,

justificación de tu códice

y caos de millar…



Hay que humillar

la sonoridad opaca,

de esos mudos que remiendan,

zapatillas a la moda…

Por veinte centavos al día, venden su

culo y

ponen los pies sobre la tierra.



La yaga zurcida en tu bolsillo,

dorado pasadizo,

directo a tu esplendida

multitud, de

pergaminos

falseados.



Es tu lengua verborrea,

la sífilis de tus papilas amistosas

y los

mudos, enredados,

duermen placidos

en la cuna.

Patalean como moscas

privadas de pan.



El tesorito oscuro, elixir

de tu ígnea oquedad,

negro petróleo

y UNI-VERSAL
esfinge.
Master Zeus,

glorioso red bank.



El trono libertario

inflama motores

y

qué hay de los

anónimos juegos.

La tímida confusión y

el bendito pleonasmo

de fetos tullidos…

Eyaculas nucleares discursos.

Átomos penden,

como trofeos de tu cuello.



Junto al núcleo molecular,

las orejas de madres

brillan,

por reclamar a sus fantasmas

castigados.



“Al rincón de los olvidados”

dicen tus oraciones…

En el dulce terrón

del foso empedrado,

raspados del ojo ciclópeo

y testimonio oficial.

El eterno retorno a ti,

es el anatema de nuestro tiempo.



La guerra de los siete días y las siete noches

Qué voluptuoso proyecto,

de tu sangre y justo capital.

No el de Capitán Marx y su séquito ruso,

No el de Smith

y su cábala neoliberal…

Aquí yacemos, todos juntos,

en la pesadilla de Stephen Dedalus…




Autor: Daniel Rojas.






Vendrá la muerte y tendrá tus ojos




Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, amada esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.




Autor: Cesare Pavese fue un escritor italiano, uno de los más importantes del S.XX. Nacido en Santo Stefano Belbo ( Cuneo ) el 9 de septiembre de 1908 y fallecido en Turín el 27 de agosto de 1950 ). Durante toda su vida tratará de vencer la soledad interior, que veía como una condena y una vocación.

Estudioso y pensador que se reconocía en la izquierda italiana, se suicidó a los cuarenta y dos años de edad. Su gran amigo el escritor Davide Lajolo describió en un libro titulado El vicio absurdo el malestar existencial que envolvió siempre su vida. Fue importante su obra como escritor, traductor y crítico, que además de la Antología americana que coordinó Elio Vittorini incluyó también la traducción de clásicos de la literatura, desde el Moby Dick de Melville en 1932 a obras de Dos Passos, Faulkner, Defoe, Joyce y Dickens .

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Nuevos Reyes 7



Descuellan los gritos inmundos,
esa purga corpórea
que tu rabia desnuda.
Hechos trizas,
en la palestra de tus fauces,
La sonrisa de hiena escupe,
mortíferas moscas
Y un mar de venas abiertas,
arrebola
la carreta de tu gloria.

Nacen pies y manos,
sus grilletes labran
las sendas del cuchillo
y vindicta.

Siguen reposando,
como nenúfares
siderales,
Cráneos que
rebalzan la tarea.
Esa mágica voz,
con que edificas nuevos muros
y fosas de abyecto pasado.

La sabrosa corporación de terror…
Erecta garras de maestro,
titiri-dueño,
hilos y bailes,
mezclan el compás
de tu concertina.

Polifonía de torturas,
botas bandera y espolones trinchera.
Y en tu palco cordillera,
eres demiurgo del Ragnarok

y paradisíaca bestia …


Autor: Daniel Rojas P.

Pienso en todos aquellos



Pienso en todos aquellos
allá fuera, ganándose el derecho a vivir
con sus trabajos.
Orgullosos caminan
y cortan el cielo con la silueta de sus vestidos…
Corriendo respiran, realizan más de un acto,
el prodigio inunda el silencio
de aquí para acá
y en sus autos, el portento de su gloria,

define el pulso humano…

Atestando las oficinas
las filas, los supermercados,
brillan como lindas estatuas…
Símbolos de lo que el hombre debe ser
Y yo en cambio,
hasta una palabra me duele.
Algo se ha roto,
No puedo
Identifi-carme
Carezco de esa pasión inútil
¿Quién soy?
¿Qué soy?
Y

por qué todo, se diluye en esto,


Sencilla-


Miserable-
-mente en esto
Condenada-




Un par de letras ilusas, bailando tímidas sobre el papel. Algo me falta

Algo saben ellos



-me
He perdido la capacidad de negar -lo

-nos


Me debato en lo que no fue-no será- no tuve- no tendré – no quise- no pude por miedo
Pero esos “no”, jamás terminaron;

Así que están abortados

Perdidos de cuajo
como yo…
Son afirmaciones camufladas.
Estúpidos sí, condicionados por una débil sensi-bilidad…
Los verdaderos nihilistas son ellos
y son felices,
en el conformismo de la nada que me quema…


Autor: Daniel Rojas P.
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